domingo, 24 de julio de 2016

Carta a Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera: sálvennos.

Querido Mariano, querido Pedro, querido Pablo y querido Albert:

                Llevo semanas rumiando esta carta, frenando el impulso de venir al ordenador y estampar con furia contra el teclado tres o cuatro cosas que me gustaría decirles. Me he resistido, entre otras cosas, porque hace tiempo que dejé de escribir de política, pero no puedo más.

No puedo más, del mismo modo que no pueden millones de españoles. Nos ahogamos. Y lo peor de todo, es que nos empieza a dar igual. Y yo no sé si ustedes han estado alguna vez en ese punto, en ese trance vital en el que te da igual seguir respirando que cerrar los ojos y desaparecer; porque si han estado sabrán –y si no ya se lo cuento yo-, que ahí, en el infierno, uno ya no tiene valores, ni principios, ni distingue la luz de la oscuridad. Y como te cuesta lo mismo abrir los ojos que cerrarlos para siempre, tanto te da, entrar, que salir del inframundo.

Sálvennos. Eso es lo que les vengo a pedir en esta carta, que nos salven; que no nos condenen a un futuro de tinieblas. Sí, ustedes, ustedes cuatro tienen la capacidad de salvarnos a todos nosotros. ¿Les sobrecoge?, ¿les intimida?, ¿les acobarda? Deberían haber pensado en ello antes de presentarse a las elecciones, ahora ya es tarde. Esto va en serio. Esto es serio.

Dejen de pensar en sí mismos. Desechen de una vez por toda la idea que tienen de sus partidos como empresas privadas donde los votantes somos sus clientes; donde lo único que importa es maximizar votos.

No se mueven de sus casillas porque temen que si se posicionan lejos de la etiqueta a la que se han aferrado para sobrevivir, desaparecerán. Se equivocan. Si nos salvan, nosotros les salvaremos después a ustedes. Se lo aseguro. Pero si nos abocan a enfrentarnos de nuevo en unas elecciones, si nos condenan a no saber entendernos, algunos de ustedes lograrán sobrevivir, pero todos habrán sido responsables de sembrar el principio del final. No nos pongan delante un espejo que nos devuelva la imagen insoportable de un pueblo condenado a no entenderse. Sálvennos.

¿Se han planteado el Señor Sánchez, el Señor Iglesias y el Señor Rivera que en unas terceras elecciones Mariano Rajoy podría ganar con mayoría absoluta? ¿Han pensado que en tal escenario ustedes ya no podrán hacer nada por nosotros? ¿De verdad están dispuestos a desperdiciar la oportunidad de que Rajoy les necesite? ¿Ninguno de ustedes se ha planteado el poder de negociación que tendrían en un Gobierno que les necesita? ¿Creen que los españoles no sabremos premiar su trabajo dentro de cuatro años? ¿Tan estúpidos nos consideran?

Señor Rajoy, ¿qué está Usted dispuesto a hacer por su patria? ¿Y usted Señor Sánchez?, ¿en qué trastero guarda ahora la desproporcionada bandera de España con la que se presentó al mundo? Sacrifíquense. Entiendan de una vez que no están ahí por méritos propios, están ahí por la inercia con la que millones de españoles votan al PP y al PSOE, del mismo modo que son del Madrid o del Barça. A ustedes les ha salvado su marca. Den un paso atrás si es precioso. Presidente, hay personas en su partido que saben hasta pasear del brazo de ancianas revolucionarias. No nos prive a los españoles de saborear algo tan delicioso. Pedro, con todo el respeto del mundo, quizá en otro momento, quizá en otro lugar…

Señor Iglesias, Señor Rivera, ustedes sí. Ustedes han construido el suelo por el que caminan, pero tampoco eso les concede carta blanca para hacer de su voluntad una cruzada. También tendrán que hacer sacrificios. Se me ocurre que pueden comenzar por convocar en Plaza Catalunya a sus electorados. Pero el mismo día, a la misma hora. Pueden subir al mismo estrado y explicar juntos que serán, que seremos, capaces de encontrar una solución. Pero juntos. Hablen y escuchen, pero no a los que han escuchado siempre; a los otros.

Sean ustedes –los cuatro- ejemplo de concordia. Porque lo que está en juego es mucho más que el incremento de las pensiones o de los sueldos de los funcionarios, es más incluso que los millones de personas que están en paro –y fíjense lo que digo, algo todavía más importante que el sustento económico de una parte de nuestro país-, lo que está en juego es la PAZ. Es el riesgo de fracturarnos, de no volvernos a entender nunca, de aferrarnos a fanatismos que nos devuelvan la esperanza.

Asómense al mundo si no me creen, si les parezco exagerado. Hagan el ejercicio de parar la vida por un instante y observar nuestros días desde el silencio, desde la calma. Pregúntense entonces si podemos arriesgarnos a más crispación, a más ruptura; si creen que podemos soportar más dolor.

Porque, ¿saben dónde conduce la desidia política?, ¿tienen idea cómo terminan los conflictos que no se resuelven?, ¿conocen el resultado de las heridas que no se curan? Miren a Europa y si nada de lo que está ocurriendo les resulta familiar, piensen en esta frase que tanto me gusta escuchar al profesor Casanova: <<la historia no se repite, pero de vez en cuando rima>>.

Atentamente,

@elfarodelmar

martes, 5 de enero de 2016

Guardar la savia

Tengo la suerte de tener un rincón del que poder apearme del mundo de vez en cuando. La suerte, de poder estar en él en menos de una hora y la suerte de que mis padres todavía lo custodien para que nadie lo profane, para que cuando yo me asomo siga encontrando la vida tal como fue; no la mía, sino la vida hecha con las manos, ésa que hemos cedido y que ahora tanto nos asusta no tener.


Tengo la suerte de que allí, todavía se ven las estrellas cuando salimos a pasear después de cenar. La suerte, de no tener que andar mucho más de cien metros para que ningún neón se interponga entre ellas y  nosotros.

Y tengo la suerte, de seguir aprendiendo en cada paseo cosas que quizá nunca me hagan falta, pero que el mero hecho de saber me tranquiliza. La fortuna, de que mi padre le dé una bofetada a mi humilde arrogancia y me enseñe, a estas alturas del partido, que la madera debe cortarse en invierno, cuando los árboles se encuentran en ese trance vital que los deja, al menos en apariencia, más cerca de la muerte que de la vida.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

El final

Belinda abandonó su casa París porque no soportaba el peso de los sueños frustrados de Guillaume y Matilde. Cargada con una maleta repleta de palabras comenzó a recorrer el mundo sin sueños ni ambiciones; sin mayor pretensión que encontrar el modo de honrar a sus padres y desprenderse por fin del pesado lastre del fracaso.

Recorrió los lugares más insólitos del planeta. Rincones, en los que llegó a dudar si se encontraba en esta Tierra. Puentes, plazas, calles, puertas, mares, caminos, desiertos, ríos… Cada palabra le llevó a un lugar y cada lugar a una nueva palabra.

Regaló palabras que dejaron mudos a quienes las recibieron; palabras que cayeron olvidadas al fondo de un cajón; palabras para comenzar y palabras para terminar. Palabras de vida y palabras de muerte; de dicha y desdicha, de amor y de fracaso…

domingo, 29 de noviembre de 2015

Volar: el mensaje de Sofía

Antes de que llegaran, Sofía se juró que sería una madre paciente, una madre tranquila, una madre serena. Se juró, que escucharía a sus hijos y se dejaría llevar ligera por el cauce de la vida como una compañera de viaje, un apoyo, una mano a la que agarrase si ellos lo estimaban oportuno.

Pero Sofía, no midió las consecuencias de levantarse a mitad de noche para ver si Martín y Valentina seguían bien la primera vez que durmieron solos. No midió las consecuencias de seguir haciéndolo cada noche hasta que fueron sus propios hijos los que le exigieron que dejara de hacerlo.

Sofía no valoró otra opción, quiso ser ella quien los llevara al colegio en su primer día de escuela; y quiso seguir haciéndolo cada día durante doce años aunque eso implicara tener que mendigar el favor de su jefe y soportar las críticas de sus compañeros. Sólo viéndolos entrar, solo viéndolo ella, podía pasar el día tranquila.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Perdón, el mensaje de Jacinto

Jacinto lo entendió en el mismo momento en el que Belinda le regaló su palabra. No en vano, Jacinto llevaba más de media vida buscando sin suerte aquellas seis letras.

Ocurrió como ocurren las cosas importantes: el día menos pensado.

El día menos pensado tuvo lugar un 25 de febrero; el día, en cual Jacinto celebraba que ya eran 72 primaveras las que cargaba a sus espaldas.

Como todos los años, se citó a comer con sus tres hijos, sus tres nueras y sus siete nietos en el mismo restaurante de los últimos cuarenta años. El mismo restaurante, la misma compañía, la misma ausencia y el mismo menú. Caldo y ternasco asado, vino tinto para los adultos y agua para los niños y para él; Jacinto dejó de beber vino el día que encontró muerta a su mujer hacía ya más de treinta años.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Regresar: el mensaje de Julián.

Cuando Julián dejó la casa de sus padres no metió en el equipaje el sueño de una casa en Notting Hill, ni una oficina con vistas al Támesis.
No soñó con chimeneas, ni soñó con un vinilo de los Beatles sonando en una buhardilla enmoquetada. No soñó con encontrarse por sorpresa con ese músico al que tanto admiraba una tarde cualquiera en Camden Town, ni soñó con mañanas de domingo montando a caballo en High Park. 

Julián llegó a Londres con un cuarto de maleta cargada de esperanza pero más de la mitad cargada de realismo.

lunes, 9 de noviembre de 2015

9 de noviembre, el mensaje de Cecilia

Si hubiera podido elegir, le hubiera gustado tener el pelo cano y una de esas melenas desairadas que tan bien sientan a algunos hombres.

No hubiera pedido ser más alto, ni más delgado, ni siquiera más guapo; pero sí hubiera elegido un rostro más amable y unas manos menos toscas.

También, habría cambiado el ceño fruncido por una espontánea sonrisa; sus torpes oídos por unos afinados; y aquella aséptica mirada por una capaz de disfrutar del arte.

Y puestos a pedir, hubiera pedido despojarse de su mal genio; desterrarlo de una vez por todas a las antípodas de su vida y de la su mujer.  

Pero lo cierto es que no pudo elegir y cada día convivía con una negra y rígida cabellera, unas  manos zafias y un pronto que anegaba cualquier rastro de paz.

No pudo elegir porque fue a nacer en un lugar y en un tiempo donde vivir no importaba, sólo importaba sobrevivir. Nadie le enseñó a hablar, no con el corazón. Nunca un abrazo, nunca un susurro, nunca un pedazo de amor improvisado en forma de palabra.

Por eso, cuando una mañana descubrió que alguien le había dejado en el limpia parabrisas un trozo de papel que decía “Escríbelo”, tuvo una revelación. Entendió que aquello era un regalo providencial, una señal divina; tal vez una obviedad, pero que él, no había sido capaz de descifrar solo.

No pudo esperar a la noche, comenzó a escribir en aquel mismo instante sentado en el coche, en cada semáforo en rojo; en el metro, en la fila para el ascensor, en la hora del café… Escribir en papeles nuevos, en papeles usados, en servilletas y hasta escribir sin papel.

Escribir para dar rienda suelta a la ternura, a la locura, a la luz. Escribir para llegar, por primera vez en más de veinte años, al corazón de su mujer.

Y así, dibujando las palabras que no sabía pronunciar, empezó a convertir la casa que habitaban en un hogar donde vivir; empezó a crear un mundo de gardenias y tangos para su esposa en forma de cartas y poemas.

Cartas escritas por un hombre que sufre en silencio, un hombre de pelo cano y ternura en las manos. Cartas llenas de poesía, que a ella, le han devuelto la alegría. Cartas acompañadas de flores cuando es primavera y flores sin tarjeta si es nueve de noviembre; si son violetas…