lunes, 29 de diciembre de 2014

La importancia de la palabra pero


Comparto aspectos del diagnóstico del Jefe del Estado pero se equivoca si piensa que los responsables de la crisis nos sacarán de ella -escribía Pablo Iglesias en su cuenta de Twitter el día 24 de diciembre-.

Hace muchos años un profesor de historia me explicó la importancia de la palabra pero. Me invitó a observar como las personas solemos colocar esta inocente conjunción justo antes de aquello que realmente opinamos, de aquello que realmente nos gustaría decir y no decimos, o si lo hacemos, lo edulcoramos para que sea más fácil de digerir. Por ejemplo, cuando decimos “Me cae muy bien Fulanito, pero cuando empieza a hablar de política…” en realidad lo que estamos pensando es “No soporto a Fulanito, al menos cuando habla de política”.  Desde entonces, y han pasado más de quince años, el análisis de este tipo de afirmaciones se ha convertido en un obsesivo –lo reconozco- acto reflejo.

Qué manera tan sutil de contentar a propios y extraños: para los simpatizantes del Rey las ocho primeras palabras, para los detractores, para los más críticos con el sistema, las quince últimas. Según la teoría de mi profesor, lo que verdaderamente piensa Pablo Iglesias, lo que realmente opina se esconde a partir de la octava palabra. Pero conjeturas aparte, lo que a mí me preocupa y me enfada a partes iguales no es que sea o no sea republicano, es la falta de posicionamiento claro y determinante ante esta y otras tantas cuestiones.  

Era el primer discurso de Felipe VI como Jefe del Estado y esto es todo lo que Pablo Iglesias tenía que decir al respecto. Pablo Iglesias no ha debido entender la relevancia de su figura política y mediática: los españoles no esperábamos de él su opinión como telespectador en bata y babuchas; los españoles esperábamos su opinión como aspirante a inquilino de la Moncloa. Sin lugar a dudas el líder de Podemos tiene una profunda reflexión al respecto de la cuestión monárquica –de hecho la ha manifestado en otras ocasiones- pero ahora se la guarda para él. Ahora el partido está en el segundo round de su premeditada estrategia, ahora toca la parte más difícil: pasar de haber convencido a muchos a convencer a la mayoría; y para tan ambicioso cometido hay que empezar a desdibujarse.

Pablo Iglesias sabe que el país que lloró ríos de tinta por la muerte de una duquesa no está preparado emocionalmente para sufrir la decapitación de la figura máxima de la Corte; sabe, que incluso los votantes de partidos de izquierdas defienden la idea de Felipe VI como Jefe del Estado; por tanto, arremeter contra la monarquía, dejar clara su postura y sembrar dudas sobre el futuro de la Institución es dibujarse, es retratarse a cambio de perder un buen puñado de votos, y ese, no es el camino que conduce a la Moncloa.  

La nueva estrategia de Podemos  es hábil pero peligrosa para los ciudadanos y para su partido. Es hábil porque la ambigüedad ante ciertas cuestiones es la única forma de contentar a todos. Es peligrosa para los ciudadanos porque corremos el riesgo de encumbrar a una formación política que una vez en el poder necesariamente nos decepcionaría a una parte de la población. Peligrosa porque esta manera de actuar puede –y digo puede- esconder la figura de un líder con tintes paternalistas y dictatoriales; alguien que se consideraría poseedor de la verdad absoluta –en términos políticos- y que creería que los ciudadanos no tenemos talla política suficiente para definir ni elegir lo que nos conviene; alguien para quien lo importante sería llegar al poder y una vez allí instalado, emprender el rumbo que él considerara, que sin lugar a dudas y en su opinión, sería más acertado y beneficioso para el país que el que habríamos decidido torpemente varios millones de iletrados votantes.  Y finalmente, es una estrategia peligrosa para el partido porque todas las estrategias lo son, porque ni siquiera Pablo Iglesias es más astuto que el conjunto de los españoles.

Pero todo esto no son nada más que palabras, una suerte de conjeturas probablemente injustas construidas en torno al  tuit con el que comenzaba este artículo y a la importancia de la palabra pero. Y como es deseo de todo el que escribe escribir obras redondas, con un tuit empieza este artículo y con un tuit termina:

A mí no me parece que ningún rey esté legitimado para darnos lecciones de nada. El pueblo no necesita tutelaje, y menos de un Borbón –tuiteaba Alberto Garzón unas horas después del discurso del Rey-.

Queda para el lector la tarea de sacar sus propias conclusiones.

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sábado, 20 de septiembre de 2014

El Ice Bucket Challenge o la vuelta a la beneficencia.

¡Qué difícil resulta a veces volver! Volver a subirse a los tacones, volver a dejarse la piel cada mañana frente al espejo, volver a pelearse para conseguir el último reducto de oxígeno en el metro, volver a ir corriendo a todos los sitios para no llegar a ninguna parte… Es difícil abandonar ese limbo temporal en el que por unos días nos atrevemos a sentarnos al lado de nosotros mismos, de nuestros sueños, de la vida que realmente nos gustaría vivir.

Volver a zambullirnos en las enfurecidas aguas heladas de la cotidianidad es una ardua tarea que se hace más liviana si comenzamos a caminar por la orilla, y poco a poco, nos vamos sumergiendo; así, para cuando queremos darnos cuenta ya estamos rodeados de mar.

Los hay sin embargo, quienes prefieren recuperar la realidad con un cubo de agua helada. Y eso, que un cubo de agua helada no siempre supone un baño de realidad repentina. Este verano, sin ir más lejos, hemos asistido a un fenómeno mediático en el que los cubitos de hielo han servido precisamente de bálsamo social.

Mientras nos hemos entretenido viendo a Cristiano Ronaldo lucir abdominales o a Miguel Ángel Revilla lucir gracejo, nos hemos ido sumergiendo poco a poco, sin darnos cuenta, en aguas heladas. Nos dirigimos peligrosamente hacia un lugar del que salimos hace muchos años y al cual no deberíamos volver: la beneficencia y el mecenazgo.

Apelando a la caridad, a los buenos sentimientos en unos casos, y  a las ganas de lucir torso mediático en otros, los Estados han comenzado a dejar en manos de quien pueda y quiera pagar, cuestiones que son y deberían ser de su competencia.

Merece el reconocimiento y el agradecimiento el gesto a título privado de todo aquel que se suma a pelear contra la pobreza o a favor de la investigación, a través de un cubo de agua, de una portada en Hello o de una transferencia de 20 millones a Cáritas.  Sin embargo, no debemos olvidar qué es responsabilidad de quién y por qué. 

Solucionar los problemas sociales y de escasez es una labor del Estado, destinar recursos a la investigación también (la cuestión es la misma). Lo es porque así lo hemos decido los ciudadanos con la elección de nuestro modelo de estado (el problema es que ahora las economías occidentales no sienten la amenaza del comunismo y ya no ven la necesidad de regalarnos un Estado de Bienestar); y lo es, porque un sistema no puede sostenerse en el tiempo basado en los deseos e impulsos particulares de nadie. Porque en un estado así, estaríamos supeditados a los intereses o debilidades del mecenas. Se investigaría sólo lo que a él o a ella le interesara y se ayudaría a quienes él o ella considerara necesario. Sólo el Estado puede asumir una tarea como esta, solo el Estado puede seguir poseyendo la función paternalista de decidir qué y quién es importante, porque sólo siendo el Estado (democrático y carente de corrupción) el encargado de partir y repartir conseguiremos que las únicas injusticias en el reparto sean la escasez y la perversidad de la regla de la mayoría, que ya son bastantes.


domingo, 13 de julio de 2014

La corrupta teoría de los seis grados

Existe un teoría que dice – textualmente según Wikipedia- que cualquiera en la Tierra puede estar conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios (conectando a ambas personas con sólo seis enlaces)… El concepto está basado en la idea de que el número de conocidos crece exponencialmente con el número de enlaces en la cadena, y sólo un pequeño número de enlaces son necesarios para que el conjunto de conocidos se convierta en la población humana entera. A esta teoría se la conoce como la teoría de los seis grados.

Por tanto, y siempre de acuerdo con la citada hipótesis,  si usted es una de esas personas que beben los vientos por  conocer a algún personaje famoso, sólo tiene que tirar de contactos. Si se esmera, en cinco movimientos está usted hablando de deportes con María Escario o de las últimas tendencias con Sara Carbonero –si lo intenta al revés creo que quedará profundamente desilusionado-.

Lo que el precursor de esta teoría, Frigyes Karinthy también según Wikipedia, no contempló, es que hay idiosincrasias tales en algunos países, como el nuestro, que hacen que el número de conocidos necesario se reduzca hasta límites insospechados.

Ilustremos esta última afirmación con un ejemplo práctico. Piense el lector en un día cualquiera, el día de hoy, o el día de ayer; piense en una actividad cotidiana, recuerde por ejemplo su paso por la peluquería y centrémonos en sus últimos minutos en el establecimiento: el momento del pago. Quizá necesite hacer un esfuerzo adicional, suele ocurrir cuando tratamos de recordar actos cotidianos interiorizados en nuestra día a día. Pero con un poco de voluntad conseguirá visualizar como sus veinte euros caen directamente en la cartera de la peluquera al tiempo que una libreta de papel se convierte en el único testigo de su paso por allí.  Horas más tarde, el inocente billete junto con otros tantos inocentes billetes sirve de medio de pago al pintor que ha rematado con pulcritud la faena encomendada en casa de la peluquera. El pintor, sin dejar rastro de pintura ni rastro de su paso por allí, se marcha pensando que tendrá que renovar el sobre donde recoge sus pagos, ya está un poco desgastado. Tiene 4 años y medio –recuerda con exactitud-, lo recuerda perfectamente porque es el sobre en el que la constructora donde trabajaba le pago parte de su finiquito, en diferido. Sonríe mientras baja las escaleras pensando que quizá ese mismo sobre, meses antes a su despido, fue y vino de la Castellana a Génova sin llamar la menor atención de nadie.

Y así, sin llamar la menor atención, queda demostrado empíricamente y con total rigor –note el lector la ironía- que sólo harían falta tres personas para que usted pudiera conocer a personajes del calado mediático, por ejemplo, del Señor Bárcenas; por citar a un famoso cualquiera…

La teoría de los seis grados se reduce perversamente en nuestro país.

Y aunque usted sabe que de este modo, su acción individual merma el erario público y por tanto limita el Estado de Bienestar que sin matices reclama; también sabe  que con lo que se ahorra de IVA en la peluquería, compra el pan de toda la semana; que la peluquera, con lo que sisa a Hacienda paga la factura de la luz, y que el pintor, entre pagar la cuota de la Seguridad Social y la matrícula de la universidad de su hija, ha elegido dar futuro a su primogénita y rezar cada noche para no ponerse enfermo.


Sabe usted, que no entiende ni lo más mínimo de economía, al menos de la  que se imprime en páginas color salmón, que mientras el Estado español no revise en profundidad su sistema fiscal, no predique con el ejemplo, no ponga un sistema recaudatorio justo, no adopte medidas disuasorias determinantes, no reparta con equidad la carga impositiva, no tome conciencia de que nos guste o no, nos cueste asumirlo o no, somos una sociedad con un deficiente sentido cívico en materia fiscal –y algo habrá que hacer para solucionarlo-, mientras todo, o algo de eso no cambie; 

sabe usted que la teoría de los seis grados es ciertamente exagerada en nuestro país. 

viernes, 20 de junio de 2014

Carta de despedida a Cataluña

He tardado en entender que el día que me dijiste que te querías ir, en realidad, ya hacía mucho tiempo que te habías marchado, que ya no estabas conmigo. He tardado tanto que a punto he estado de reducir nuestras vidas, literalmente, a las ruinas de una batalla campal.

Imagino que el tiempo, como siempre, me dará perspectiva y cuando observe, cuando observemos lo ocurrido desde la distancia, comprenderé qué hice mal, qué hicimos mal.

Con el devenir de los años hasta nos atreveremos a decir qué ganamos y qué perdimos con todo esto. Pero ahora no, ahora ambos nos encontramos en medio de una tormenta emocional; tú enfurecida y llena de vida, yo abatido y triste; triste porque te quieres ir mientras yo te sigo queriendo, mientras yo sigo queriendo compartir la vida contigo. Por eso me ha costado tanto atreverme a desprenderme de ti, porque te quiero. Y porque te quiero sé que aún estamos a tiempo; a tiempo de escribir con dignidad el nuevo capítulo de nuestra historia.  

A tiempo, de poder mirarnos a los ojos y recodar con nostalgia aquel maravilloso verano que pasamos juntos en el 92, los años en los que el puente aéreo unía y separaba nuestras vidas, o el brillo de tus ojos la primera vez, que por fin, nos montamos juntos en ese tren que devoraba los kilómetros entre tu casa y la mía.

Todavía podemos repartirnos los recuerdos de una vida sin hacer sangrar las heridas. De momento, tú te quedas con la camiseta azulgrana -te advierto que nunca volverá a lucir igual de bien sin mí a tú lado-,  yo con la Corona que portabas el día de nuestra boda. Tú con los cuadros de Dalí y con las esculturas que nos regaló Gaudí – ¿te acuerdas?, al principio nadie los entendía-, yo me quedo con el resto. Tú la casa de Cadaqués, yo con la de Fontibre. Para ti la réplica del primer tren Barcelona-Mataró, para mí el antiguo mapa del Reino de Aragón. Tú te quedas con los discos de Joan Manuel Serrat pero los libros se vienen conmigo, al menos los de la colección Planeta. Tiempo habrá para pensar que hacemos con las deudas, con los caminos que hicimos juntos, con todas la horas que pasé construyendo aquel salto de agua para que tuvieras luz en la casa del pueblo; o con el Seat Ibiza que te regaló mi padre.

Tiempo habrá para todo ello; ahora es tiempo de partir, de dejar partir. Porque no quiero que te vayas, pero mucho menos quiero que estés a mi lado si ese no es tu deseo. Yo no quiero ser tu lastre.

Yo quería ser tus alas y que tú fueras las mías. Yo quería volar a tu lado; yo pensaba que volaba a tu lado. Creía, de verdad creía, que ambos nos encontrábamos en lo mejor de la vida, que todos nuestros problemas eran meros problemas económicos, que lejos quedaban ya los complejos y los miedos de la adolescencia, la ambición y la bravura de la juventud.

Ahora que creía saber quién era, saber quién éramos, nos queda lo más difícil. Nos queda la dura tarea de volver a encontrar nuestra identidad, volver a ser yo sin ti y tú sin mí.


Aprender a ser España sin Cataluña y Cataluña sin España.

viernes, 11 de abril de 2014

El ciber juego de Rafa Nadal

A estas alturas del partido a nadie le sorprenden ya las decisiones del grupo Mediaset en general,  y de Telecinco, en particular. Nos han acostumbrado de tal modo a una parrilla de contenidos  tan carente de cualquier tipo de código ético, que hemos normalizado los insultos, las lágrimas y el regocijo en el dolor ajeno hasta hacerlos cotidianos. Hoy, podemos merendar sin que se nos corte la digestión viendo como Raquel Bollo, Ángela Portero o  Chelo García Cortés, son usadas como la diana mediática donde el resto de compañeros lanzan sus afilados puñales. Observamos sin inmutarnos como unos y otros reciben estoicamente dagas dialécticas que al resto de los mortales nos llevarían de urgencia a un centro psiquiátrico, incluso sabiendo que todo responde a un guion previamente acordado.

En esta perversa y tóxica atmósfera donde nos han acostumbrado a vivir –televisivamente hablando-, ha pasado desapercibida la última vuelta de tuerca moral: ahora se han convertido en anunciantes de varias páginas web de juego on line. Escondido entre anuncios de colchones y cortaúñas, tan sólo parece un anuncio más. Sin embargo, no es un anuncio más. En esta ocasión, no le están prometiendo a una señora que adelgazará como ha adelgazado Rosa Benito, ni que dormirá mejor si compra el colchón en el que duerme Jorge Javier… Le están diciendo a miles, a millones de personas, que se gasten su dinero en el peligroso juego de jugar. Están pidiendo, con total impunidad, a millares de parados, jubilados, amas de casa con escasos recursos… que cojan la tarjeta de crédito en la que apenas les queda dinero para acabar el mes, entren en una web y se precipiten a un abismo donde la caída rara vez tiene final feliz. Porque son  precisamente las personas que pasan el día acompañadas de Telecinco el colectivo más susceptible de acabar víctima del juego, son los más débiles socialmente (no por una cuestión de inferioridad intelectual sino por el momento histórico que les está tocando vivir)  

No creo que entre los usos y maneras de estos nuevos anunciantes haya lugar para la reflexión, para el debate interior. Y si lo hay, creo que el resquicio de dignidad que les queda será acallado rápidamente con alguna frase del tipo: “Cada uno con su dinero sabe lo que hace” “Tú no estás poniendo una pistola a nadie” o “Además, que también pueden ganar dinero si tienen suerte” Y aunque sea imposible negar ni uno solo de estos sólidos argumentos, hay, en mi opinión, una cuestión que está por encima de todos ellos; y es que, y  aunque a algunos nos cueste creerlo, hay personas cuyas únicas referencias morales son Belén Esteban o Kiko Matamoros. Por tanto, lo que hagan o digan unos y otros, es “Ley” para miles de personas corrientes. Deberían ser conscientes del gran poder de difusión que tienen y de la responsabilidad que eso conlleva, deberían ocupar aunque nada más fueran diez minutos al día a pensar como están contribuyendo con la  sociedad, qué hacen ellos (además de entretener) para hacer un mundo mejor.

Sin embargo, aunque reprobable, resulta comprensible en todos ellos; justificable desde el punto de vista de la supervivencia mediática, incluso de la supervivencia real.  Ahora bien, cuesta encontrar un argumento lógico cuando el anunciante es Rafa Nadal. En este caso, cuestiones de necesidad (de ningún tipo) no explican una decisión como ésta, y sin embargo, con su colaboración quizá el daño es incluso mayor al que causan las marionetas de Telecinco. Porque para aquellas personas alejadas del ruido de Sálvame, del cinismo siempre redicho de Jorge Javier o del veneno que bombea el corazón de Mila; ver a un referente deportivo y personal como es Rafa Nadal -el mismo que renunció a un avión privado ofrecido por el Estado porque España no puede permitirse un derroche así- anunciando juegos, invita a pensar que lo anunciado no es peligroso ni es adictivo; invita a jugar…


Probablemente existan razones que se escapan a una mente corriente y expliquen el porqué unos y otros alientan a jugar sin tapujos. Porque esto va más a allá de haber cobrado 5 o 50 por el anuncio, más allá de haberlo donado a Cáritas o a ACNUR… Esto es una cuestión de mayor calado, donde 30 segundos pueden tener consecuencias individuales y sociales dramáticas e irreparables.

domingo, 23 de marzo de 2014

¿Quién cuidará de nosotros?


Hace unos días, casi por casualidad, di con un reportaje sobre el papel de los médicos en el medio rural. El reportaje se circunscribía a un área minera en el interior de España y aunque no era el objetivo del mismo, se podía advertir con facilidad como la envejecida  población padecía las consecuencias de haber trabajado en la mina


En realidad, los pacientes eran en todos los casos la población masculina; y en casi todos los casos, sus esposas, visiblemente más sanas, cuidaban de ellos y ejercían con destreza de enfermeras a tiempo completo.  Obvio, fueron ellos quienes se sumergieron día y noche en esas cavernas de sílice, antracita y hulla.

A medida que iba avanzando el reportaje la tristeza se iba apoderando poco a poco de mí. Sentí tristeza al poner rostro y voz a la crueldad de la vida: alguien que ha pasado la mitad de sus días bajo tierra, sin poder ver la luz del sol ni sentir el aire fresco, al final de su camino, ni siquiera tiene la justa recompensa de una vejez apacible y se tiene que resignar a sobrevivir conectado a una máquina para poder respirar… Uno sabe que las cosas son así, que este viaje no es una cadena de acciones y reacciones justas y proporcionadas. Quizá por eso, porque ya es bastante difícil asumir los ensañamientos del destino, la tristeza cedió su espacio a la rabia cuando intenté encontrar el fin o el sentido de todo aquello; encontrar sentido al desgaste de esos hombres. Respuesta sencilla: hacer rico a otro hombre. Me indigna que haya (ayer, hoy o mañana) trabajadores que se dejan (o dejamos) la vida en hacer rico a otro hombre, ni más ni menos que ellos, sólo otro hombre . 
Quizá porque la mente de algunos seres humanos funciona así -se auto protege- o quizá porque el adoctrinamiento social ya ha hecho mella en mí, surgió repentinamente un argumento que a priori calmó mi irritación. Pensé,  que quizá estas personas podrían haber elegido otra suerte, o al menos podrían haber tratado de compensar los efectos devastadores de la mina. Podrían haber dedicado el resto de su tiempo a hacer deporte, a comer convenientemente, a hacer curas de salud… En definitiva, a paliar los efectos de lo que no podían evitar. Afortunadamente, esta indigna reflexión no duró nada más que unos minutos en mi mente, se vio interrumpida por el asalto de una nueva interconexión neuronal en forma de pregunta: ¿qué pensarán nuestros hijos de nosotros dentro de 50 años?

¿Qué pensarán cuando nos vean aquejados de las enfermedades que claramente nos ha causado esta vida laboral? Seguramente pensarán que no supimos decirles a nuestros jefes que nuestro horario laboral acaba a las siete de la tarde; que no entendimos que encendiendo el ordenador en fin de semana para adelantar un informe lo que adelantábamos en realidad era el riesgo de sufrir un infarto; que  realizando durante ocho horas el mismo gesto improductivo no poníamos en peligro nuestros pulmones pero si le poníamos una alfombra roja al alzheimer o a la demencia senil. Seguramente, pensaran que al menos podríamos haber sido capaces de saber gestionar el estrés y evitar la alienación, que podríamos haber comprendido que salir de la oficina después de doce horas y bebernos un gintonic no nos ayudaba; que vivir en una ciudad de más de 7 millones de personas agravaba los síntomas de la ansiedad y la depresión; nos preguntarán cómo no vimos que perdiendo toda conexión con el mundo rural nos precipitábamos hacia toda suerte de enfermedades físicas y mentales.  

Y con la mente ya instalada en el futuro, en nuestro futuro, sentí miedo; miedo porque nosotros no tendremos a nuestra señora que nos cuide, ni ella nos tendrá a nosotros; ambos estaremos aquejados de los mismos males. Apagué la televisión preguntándome quién cuidará de nosotros 

sábado, 8 de marzo de 2014

Ahora Rusia, ahora si

Algunos ingenuos creímos que firmado el acuerdo entre Yanukóvich y los opositores llegaba el fin del conflicto en Ucrania, sobra decir que nos equivocamos. Algunos, ingenuos también, creían que la defensa de Ucrania desde Occidente era una cuestión de derechos humanos, de principios y valores. También sobra decir que se equivocaban.

El conflicto ucraniano ha puesto encima de la mesa muchas cosas, algunas incluso positivas: la fuerza del pueblo, la legitimidad real de un Gobierno –o donde radica ésta-, la valentía que aflora en los oprimidos… Pero también ha mostrado la cara más cínica de las economías occidentales. Y es que, no nos engañemos, nadie estaría levantando ningún teléfono para hablar con Putín si el gas que calienta a Alemania no viniera de Rusia y pasara por Ucrania. Es así de sencillo y cruel. A nadie le ha importado lo que ha hecho Rusia todos estos años, mientras no ha supuesto una amenaza para nuestras cómodas vidas. Las economías occidentales hemos cerrado los ojos ante lo que allí ocurría, y me temo que seguiremos haciéndolo cuando todo esto pase, porque Rusia tiene gas y petróleo. Les hemos consentido encarcelar a activistas pacíficos, arruinar a empresarios poderosos contrarios al régimen; hemos cerrado los ojos con ellos ante los ataques homófobos e incluso les hemos premiado con unos JJOO. Y ahora, hablamos de respetar los tratados internacionales, el derecho de los pueblos a elegir su futuro… Cinismo.

El mismo cinismo que acompaña las relaciones con China, los Emiratos Árabes, la India o Suráfrica, entre otros. Miramos hacia otro lado mientras los contrarios al régimen son cruelmente asesinados, las mujeres carecen de derecho alguno, los trabajadores que levantan los estadios donde veremos los próximos mundiales de fútbol son tratados como esclavos, las violaciones se suceden en los lugares públicos sin que nadie haga nada determinante para evitarlo, la distribución de la riqueza adquiere estructuras vergonzantes… Pero son los países que están calentando nuestros cómodos hogares, comprando nuestros productos y ahora también, los dueños de nuestra deuda pública

Y el cinismo se torna desvergüenza cuando la señora Ángela Merkel, hace unos meses -antes de estar preocupada por sus elecciones, sea dicho de paso- se atreve incluso a poner a estos países como ejemplo en lo que a Economía de Bienestar se refiere. Si bien es cierto que no los cito de manera taxativa; de su argumentación pronto se deduce que son referencia para ella. Proclamaba a los cuatro vientos, la señora, que era inconcebible que Europa, que aportaba al PIB mundial un porcentaje del 20% - no recuerdo las magnitudes exactas pero si los términos de la comparación-, tuviera un gasto público que supusiera un 50% del gasto público mundial; que teníamos que reducir decididamente nuestro Estado de Bienestar. EL argumento, puede resultar lógico si uno no lo procesa o si carece absolutamente de conocimientos matemáticos. Sin embargo, reflexionado unos minutos, se advierte rápido el despropósito. Es cierto que nuestro porcentaje de gasto público debería ser mucho menor al que es, pero no porque nosotros estemos sobredimensionados, sino porque los países que más están aportando al P.I.B. mundial no están aportando nada (a penas migajas) al gasto público mundial. Son ellos quienes deberían incrementar el gasto en educación, en sanidad, en derechos sociales… Son ellos quienes deberían tomarnos como referencia y no al contrario como sugiere la señora Merkel.


El conflicto de Ucrania pasará, y nosotros seguiremos mirando hacia otro lado…

domingo, 23 de febrero de 2014

Cierren puertas y ventanas, vallas y fronteras

Hace unos días, cuando Suiza decidió –es justo decir que con escasa mayoría- que vuelven las restricciones a la entrada de personas en sus fronteras, vimos por fin las nubes de  una tormenta que llevaba años formándose.  Porque Suiza, al decir que cierra sus puertas dijo mucho más; dijo que tiene miedo de cómo va a evolucionar la economía, dijo que no confía en que el resto de Europa se recupere, dijo que no comparte el optimismo de políticos y medios, dijo, que si hay un plato de comida primero comerán ellos, dijo, en definitiva, ¡“cierren puertas y ventanas que se avecina tormenta”!  Y aunque las reacciones de los dirigentes europeos han sido discretas, seguramente para no contravenir ese discurso optimista y evitar que los ciudadanos nos alarmemos, la noticia no ha pasado desapercibida para nadie.  En la intimidad de nuestros hogares, o incluso en la intimidad que se siente cuando uno apaga la luz y apoya la cabeza en la almohada, la gran mayoría de los emigrantes , emigrantes en potencia, amigos de, o familiares de; nos hemos sentido rechazados, limitados y asustados. Hay quienes si hemos entendido el mensaje, alto y claro.

Y así,  mientras con una mano nos rasgamos las vestiduras porque nuestra hermana rica nos ha limitado el régimen de visitas, con la otra disparamos pelotas de goma a los que desesperados, intentan entrar en nuestra casa por la puerta de Melilla. Y podrá parecer demagogia,  incluso una exageración extrema, pero ¿acaso no se trata de lo mismo?, ¿acaso unos y otros no hemos dicho “aquí no hay sitio para usted”?
Llamemos las cosas por su nombre, digamos sin remilgos que aquellos que se juegan la vida para entrar en España son pobres y negros. Seamos honestos con nosotros mismos y reconozcamos que no podemos entender como a nosotros, a nuestros “hermanos” alemanes o a nuestros “primos” franceses  -que vamos limpitos, bien aseados y con un título universitario debajo del brazo- nos rechacen en cualquier lugar del mundo. No podemos entender que nos digan que no somos bienvenidos.  Y si nos duele el mero hecho del rechazo, qué insoportable sería el dolor y la humillación si las fuerzas del orden suizas nos estuvieran esperando para lanzarnos todo tipo de elementos inofensivos pero denigrantes. A nosotros, que llegaríamos exhaustos de haber cruzado los Alpes en traje y mocasines, cargados con maletas Samsonite rebosantes de todos los títulos que acreditarían que somos ciudadanos de primera…


Qué suerte que esto sólo sea demagogia en negro sobre blanco…

sábado, 8 de febrero de 2014

Los jueces de la E.G.B

Las mareas, como la mayor parte de los fenómenos naturales, surgen, valga la redundancia, de manera natural, y eso las hace mágicas. Aunque hoy sabemos que el Sol y la Luna son capaces de generar una marea, aunque a posteriori es posible dar con la explicación científica que argumenta como se ha puesto en marcha una en concreto; afortunadamente en unos casos y desgraciadamente en otros, no somos capaces de vaticinar con precisión cómo de intensas van a ser ni qué se van a llevar por delante. Y cuando una marea llega, cuando nos vemos inmersos en medio de una tormenta en el mar, solo podemos esperar. Los rompeolas sufren los primeros golpes, las playas quedan desiertas, los barcos zarpan a puerto o capean el temporal…. Pero no hay nada que podamos hacer para detenerla, para pararla. Ella decide cuando llega y ella decide cuando se va.
Una cuestión de principios, y no de egoísmo como apuntaban algunos, hizo estallar una marea humana sobre los adoquines, una marea blanca. Cada mes, miles de profesionales han salido a las calles de Madrid a defender simple y llanamente el derecho a la Sanidad. Y con su gesto defendían sin saberlo, o sabiéndolo, la sanidad de todos los españoles.  Cada tercer domingo de cada mes nos han honrado a todos los residentes en este país con su lucha pacífica pero tenaz. Médicos, enfermeros y demás personal sanitario –muchos de ellos funcionarios con plaza garantizada- han recorrido las calles sonrojando a aquellos que incluso han rozado el absurdo al afirmar que la protesta encubierta versaba sobre la cancelación de las pagas extras; argumento que tendría algo de fundamento si bomberos, policías, forestales, profesionales de Hacienda… no se hubieran visto privados de dicha remuneración o formaran parte de una reivindicación tan sólo similar.

Parece que las olas blancas se han reconciliado con la costa en la sentencia de unos jueces que han interpretado la ley, esta vez, como la hubiéramos interpretado cualquier ciudadano iletrado pero justo. Por todos es sabido que un juez sólo debe aplicar la ley de manera independiente, que los jueces deben ser seres asépticos moralmente. Sin embargo, a tenor de algunas resoluciones, sin lugar a dudas justas desde el punto de vista legislativo pero moralmente discutibles para el común de los mortales, a veces existe la duda de si podrán o no olvidarse de su bagaje personal, de sus convicciones éticas y de toda suerte de presiones antes de emitir una sentencia. Por eso, ahora que el sol nos revela un final  -que no un punto y final- queda la duda o el miedo de qué desenlace habría tenido esta marea si estos jueces no fueran hijos de la España de Suarez y González, si no fueran hijos de los que  no votaron por primera vez a los dieciocho años, hijos de una generación que nunca pudo soñar con pisar una universidad; si no fueran hijos de la E.G.B.; sino hijos de una educación segregada por sexos y clases sociales, jueces que desde niños hubieran sido  apartados de la realidad social, de otros grupos de personas con toda clase de circunstancias, usuarios de diccionarios donde se hubiera borrado la palabra empatía… En tal caso, y sólo si los jueces resultara que son humanos,  no nos quedaría otro remedio que confiar nuestro rumbo al Legislativo y al Ejecutivo…