lunes, 29 de diciembre de 2014

La importancia de la palabra pero


Comparto aspectos del diagnóstico del Jefe del Estado pero se equivoca si piensa que los responsables de la crisis nos sacarán de ella -escribía Pablo Iglesias en su cuenta de Twitter el día 24 de diciembre-.

Hace muchos años un profesor de historia me explicó la importancia de la palabra pero. Me invitó a observar como las personas solemos colocar esta inocente conjunción justo antes de aquello que realmente opinamos, de aquello que realmente nos gustaría decir y no decimos, o si lo hacemos, lo edulcoramos para que sea más fácil de digerir. Por ejemplo, cuando decimos “Me cae muy bien Fulanito, pero cuando empieza a hablar de política…” en realidad lo que estamos pensando es “No soporto a Fulanito, al menos cuando habla de política”.  Desde entonces, y han pasado más de quince años, el análisis de este tipo de afirmaciones se ha convertido en un obsesivo –lo reconozco- acto reflejo.

Qué manera tan sutil de contentar a propios y extraños: para los simpatizantes del Rey las ocho primeras palabras, para los detractores, para los más críticos con el sistema, las quince últimas. Según la teoría de mi profesor, lo que verdaderamente piensa Pablo Iglesias, lo que realmente opina se esconde a partir de la octava palabra. Pero conjeturas aparte, lo que a mí me preocupa y me enfada a partes iguales no es que sea o no sea republicano, es la falta de posicionamiento claro y determinante ante esta y otras tantas cuestiones.  

Era el primer discurso de Felipe VI como Jefe del Estado y esto es todo lo que Pablo Iglesias tenía que decir al respecto. Pablo Iglesias no ha debido entender la relevancia de su figura política y mediática: los españoles no esperábamos de él su opinión como telespectador en bata y babuchas; los españoles esperábamos su opinión como aspirante a inquilino de la Moncloa. Sin lugar a dudas el líder de Podemos tiene una profunda reflexión al respecto de la cuestión monárquica –de hecho la ha manifestado en otras ocasiones- pero ahora se la guarda para él. Ahora el partido está en el segundo round de su premeditada estrategia, ahora toca la parte más difícil: pasar de haber convencido a muchos a convencer a la mayoría; y para tan ambicioso cometido hay que empezar a desdibujarse.

Pablo Iglesias sabe que el país que lloró ríos de tinta por la muerte de una duquesa no está preparado emocionalmente para sufrir la decapitación de la figura máxima de la Corte; sabe, que incluso los votantes de partidos de izquierdas defienden la idea de Felipe VI como Jefe del Estado; por tanto, arremeter contra la monarquía, dejar clara su postura y sembrar dudas sobre el futuro de la Institución es dibujarse, es retratarse a cambio de perder un buen puñado de votos, y ese, no es el camino que conduce a la Moncloa.  

La nueva estrategia de Podemos  es hábil pero peligrosa para los ciudadanos y para su partido. Es hábil porque la ambigüedad ante ciertas cuestiones es la única forma de contentar a todos. Es peligrosa para los ciudadanos porque corremos el riesgo de encumbrar a una formación política que una vez en el poder necesariamente nos decepcionaría a una parte de la población. Peligrosa porque esta manera de actuar puede –y digo puede- esconder la figura de un líder con tintes paternalistas y dictatoriales; alguien que se consideraría poseedor de la verdad absoluta –en términos políticos- y que creería que los ciudadanos no tenemos talla política suficiente para definir ni elegir lo que nos conviene; alguien para quien lo importante sería llegar al poder y una vez allí instalado, emprender el rumbo que él considerara, que sin lugar a dudas y en su opinión, sería más acertado y beneficioso para el país que el que habríamos decidido torpemente varios millones de iletrados votantes.  Y finalmente, es una estrategia peligrosa para el partido porque todas las estrategias lo son, porque ni siquiera Pablo Iglesias es más astuto que el conjunto de los españoles.

Pero todo esto no son nada más que palabras, una suerte de conjeturas probablemente injustas construidas en torno al  tuit con el que comenzaba este artículo y a la importancia de la palabra pero. Y como es deseo de todo el que escribe escribir obras redondas, con un tuit empieza este artículo y con un tuit termina:

A mí no me parece que ningún rey esté legitimado para darnos lecciones de nada. El pueblo no necesita tutelaje, y menos de un Borbón –tuiteaba Alberto Garzón unas horas después del discurso del Rey-.

Queda para el lector la tarea de sacar sus propias conclusiones.

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domingo, 23 de noviembre de 2014

La relación entre Carmen, el Rayo y las prospecciones de Repsol


Llevo muchos días sin escribir, más de los que me gustaría y cuando encuentro un rato para hacerlo hay tantas cosas de las que me gustaría hablar, tantos titulares… Y es que esta semana hemos asistido a un nuevo desahucio, a una violación;  el espejo de la muerte de la grande de España nos ha devuelto el reflejo del servilismo que seguimos padeciendo en este país y hemos sido anestesiados con un encarcelamiento que nos venden de ejemplarizante.

Si gozara de la capacidad literaria de escritores como Maruja Torres o de Arturo Perez Reverte, sería capaz de encontrar un hilo conductor hábil y ácido para resolver en unas cuantas líneas todas estas cuestiones con una elegante acidez. Lamentablemente no gozo de tales virtudes pero sí de cierto sentido autocrítico así que me centraré en dos, dejaré aparcados los episodios de la Corte  que cobertura mediática no les falta.

El pasado martes, los que nos sentimos parte de la Tierra fuimos violados por un incierto puñado de euros que en el mejor de los casos disfrutará un chulo llamado Repsol. El pasado martes asistimos impotentes a una nueva perforación de la Tierra, esta vez, en nuestro propio país. Nada pudimos hacer para evitar ser ultrajados, nosotros contábamos con el apoyo de Greenpeace (asociación no gubernamental), Repsol contaba con el apoyo de la armada española (la que debería estar al servicio de los españoles): paradójico e irritante, luego se sorprenden del auge de Podemos (sí, al final todos los caminos conducen a Roma…).  Quizá no hemos sabido canalizar correctamente nuestras fuerzas, quizá no hemos tuiteado lo suficiente #CanariasDiceNo ¿O quizá no basta con tuitear? ¿Por qué ya no salimos a la calle? ¿Hubiéramos conseguido frenar a ese monstruo llenando la Gran vía madrileña de gente venida de toda España al grito de “Canarias dice NO, España dice NO”? ¿Hubieran conseguido los aragoneses parar el trasvase del Ebro con un simple hashtag? ¿Hubiera retirado Zapatero las tropas de Irak por un trending topic?

No lo sé, de hecho, nunca lo sabremos, ya nunca lo sabremos. Hasta hace dos días me inclinaba a pensar que no, que no basta con sentarnos en el sofá y descargar nuestra furia contra el teclado; lo pensaba incluso cuando las dolorosas imágenes de Carmen –la anciana desahuciada en Vallecas- comenzaban a circular por la red pidiendo justicia social –todo sea dicho de paso, porque la casualidad quiso que coincidiera en el tiempo con la muerte de la Duquesa de Alba-. ¿Qué íbamos a conseguir así? ¿De qué sirve compartir fotos sensacionalistas de una anciana que pierde su hogar? ¿Qué nos pasa? ¿Por qué no nos arrancamos del sofá y salimos a la calle a gritar ‘Basta ya’ –como tantas veces hemos gritado-? Y de repente, una vez más las redes sociales: el Rayo pagará el alquiler a Carmen de una nueva casa –no creo que ésta llegue nunca a ser su hogar-.

Algo así hace reflexionar,  una vez más ha quedado claro que lo que funcionaba ya no funciona, o al menos, que lo que antes no funcionaba ahora sí. Ya no se puede negar que existe un nuevo poder, que entre todos hemos creado una nueva fuerza capaz de modificar la realidad.  

Ahora bien, ¿es suficiente? ¿Puede el Rayo  asumir el alquiler de todas las señoras desahuciadas en Vallecas? ¿Puede el Rayo cambiar la legislación actual? Definitivamente no, ni puede ni debe. No debemos otorgar a ninguna organización privada tamaño encargo. No debemos delegar las labores del Estado en ninguna institución privada. Si verdaderamente sentimos que no estamos de acuerdo con la legislación actual en materia de desahucios, si no queremos vivir en un país donde personas como Carmen puedan ser despojadas del derecho de acabar sus días con dignidad: luchemos. Luchemos por el país que queremos porque nos pertenece y no nos conformemos con el alivio de pensar que Carmen ya tiene donde dormir.

Hemos olvidado que nosotros damos legitimidad al poder, hemos olvidado que este país es nuestro y que nosotros decidimos como queremos vivirlo y dudo mucho que algo tan importante podamos recuperarlo machando un teclado.



Foto de Andrés Kudacki (AP). Fuente: El Pais

jueves, 23 de octubre de 2014

De la pana de Felipe González a la mochila de Pedro Sanchez


Mi abuelo poseía una habilidad innata para hacer pareados y convertir en jocosa rima cualquier conversación cotidiana. Como todo legado familiar, lo hemos ido heredando las generaciones venideras –curiosamente sólo los varones-, pero como en todo legado familiar, hemos ido perdiendo parte de la fortuna en cada salto dado en el árbol genealógico.  De hecho, creo que yo ya sólo he recibido la capacidad técnica de rimar con cierta ligereza mental, pero no poseo el mayor tesoro de esta herencia: el sentido del humor y la capacidad de síntesis que contiene una frase como la que me dijo ayer mi padre entre risas, “Felipe llevaba chaqueta de pana, y Pedro va con mochila de buena mañana.”

Sólo una mente despierta, ágil, pero sobre todo, a vueltas ya de la indignación, la frustración y del desvelo, es capaz de resumir tanto en tan poco sin entrar en cólera.  Huelga decir, que de esta manera tan sencilla mi padre duda, creo que con bastante fundamento, de cuánto hay de real y cuánto de estrategia mediática en la desenfadada imagen de Pedro Sánchez acudiendo con mochila al Congreso.  Sobre decir, que mi padre, y tantos otros, creen estar sufriendo un patético déjà vu.

Porque en el mismo sillón del Congreso en el que aspira a descansar la mochila deportiva de Pedro Sánchez, descansó un día la chaqueta de pana de Felipe González, y son muchos los que vieron, los que vivieron, los que sufrieron, la certeza de comprobar que la chaqueta era de pana, pero comprada en la calle Serrano . Son muchos los que todavía recuerdan con plenas facultades mentales el engaño que supuso Felipe González. Otros, las preferencias textiles de Felipe ya las juzgamos desde la historia. Mi generación no sintió el jarro de agua fría de la entrada en la OTAN, ni la falta de agallas para acabar con cualquier tipo de privilegio a la Iglesia Católica y convertir este país en un país verdaderamente aconfesional; mucho menos asistimos al comienzo del proceso privatizador de algunas de las empresas más rentables o estratégicas de España.

Son muchos los que todavía vivos, recuerdan la trampa a la que con maestría fueron dirigidos y somos muchos los que ya, desde el análisis histórico, hemos comprendido las consecuencias de la deficiente gestión Sr. González,  los que siempre le reprocharemos lo que no hizo. Tenía un país emergente, efervescente y el apoyo de la inmensa mayoría de los españoles; sólo él, y en aquel momento, podría haber cambiado las estructuras de España desde la raíz, sin embargo, se dedicó a poner bonita una tierra que ya lo era, que no necesitaba maquillaje y se olvidó de curarla por dentro.

Y ahora llega el Sr. Sánchez y se encuentra con que recibe la herencia fraudulenta y corrupta de un partido al que la inmensa mayoría miramos con recelos. Los más viejos afilan sus garras porque ya sufrieron, en sus ingenuas, tiernas y esperanzadas carnes democráticas, las dentelladas de un lobo camuflado en la piel de un cordero; y los más jóvenes, porque hoy en día las argucias mediáticas son de sobras conocidas por el común de los mortales, y porque las circunstancias nos han llevado a dejar de creer en el sistema político; hemos tenido que dejar de creer para sobrevivir, para no morir de frustración.

Pero de unos y otros, el denominador común es el miedo: el miedo  a descubrir qué esconde la mochila de Pedro Sánchez. Porque no tenemos ni fuerzas ni ganas de soportar un desengaño más. Porque nadie parece atreverse a concluir si hay un farsante disfrazado de político o hay un político encerrado en el cuerpo de un farsante.  Porque cuando le vemos tirado por el suelo del plató del Hormiguero, vemos verdad y espontaneidad, y al menos yo, me siento esperanzado porque un Presiente del Gobierno tiene que saber tirarse al suelo y tiene que saber saltar –recuerden la vergüenza ajena que provocaba ver a Mariano Rajoy saltar en el balcón de Génova-. Porque cómo va a gestionar una crisis, un ataque militar o un atentado alguien que no sabe gestionar sus propios complejos, su propio cuerpo…  Podrá parecer baladí pero no lo es, el futuro Presidente de España tiene que ser ante todo un líder con templanza y arrojo, y eso no se aprende en ninguna Universidad, eso se tiene o no se tiene: es de justicia decir que Pedro Sánchez parece tenerlo a raudales.

Ahora bien, cuando con la que está cayendo, le vemos adentrándose en terrenos pantanosos y demagógicos como dejar  al país sin ejército -ahora, justo ahora-, o declarar funeral de Estado las muertes por violencia de género -por citar alguna perla-: la piel se eriza; y el frío nos hace recordar nuestras ropas de abrigo, y la mente que es así de caprichosa, sin saber cómo, nos rescata del olvido esa chaqueta de pana que pensábamos habíamos desterrado por siempre de nuestro armario al baúl de los recuerdos.


Foto original www.abc.es

sábado, 20 de septiembre de 2014

El Ice Bucket Challenge o la vuelta a la beneficencia.

¡Qué difícil resulta a veces volver! Volver a subirse a los tacones, volver a dejarse la piel cada mañana frente al espejo, volver a pelearse para conseguir el último reducto de oxígeno en el metro, volver a ir corriendo a todos los sitios para no llegar a ninguna parte… Es difícil abandonar ese limbo temporal en el que por unos días nos atrevemos a sentarnos al lado de nosotros mismos, de nuestros sueños, de la vida que realmente nos gustaría vivir.

Volver a zambullirnos en las enfurecidas aguas heladas de la cotidianidad es una ardua tarea que se hace más liviana si comenzamos a caminar por la orilla, y poco a poco, nos vamos sumergiendo; así, para cuando queremos darnos cuenta ya estamos rodeados de mar.

Los hay sin embargo, quienes prefieren recuperar la realidad con un cubo de agua helada. Y eso, que un cubo de agua helada no siempre supone un baño de realidad repentina. Este verano, sin ir más lejos, hemos asistido a un fenómeno mediático en el que los cubitos de hielo han servido precisamente de bálsamo social.

Mientras nos hemos entretenido viendo a Cristiano Ronaldo lucir abdominales o a Miguel Ángel Revilla lucir gracejo, nos hemos ido sumergiendo poco a poco, sin darnos cuenta, en aguas heladas. Nos dirigimos peligrosamente hacia un lugar del que salimos hace muchos años y al cual no deberíamos volver: la beneficencia y el mecenazgo.

Apelando a la caridad, a los buenos sentimientos en unos casos, y  a las ganas de lucir torso mediático en otros, los Estados han comenzado a dejar en manos de quien pueda y quiera pagar, cuestiones que son y deberían ser de su competencia.

Merece el reconocimiento y el agradecimiento el gesto a título privado de todo aquel que se suma a pelear contra la pobreza o a favor de la investigación, a través de un cubo de agua, de una portada en Hello o de una transferencia de 20 millones a Cáritas.  Sin embargo, no debemos olvidar qué es responsabilidad de quién y por qué. 

Solucionar los problemas sociales y de escasez es una labor del Estado, destinar recursos a la investigación también (la cuestión es la misma). Lo es porque así lo hemos decido los ciudadanos con la elección de nuestro modelo de estado (el problema es que ahora las economías occidentales no sienten la amenaza del comunismo y ya no ven la necesidad de regalarnos un Estado de Bienestar); y lo es, porque un sistema no puede sostenerse en el tiempo basado en los deseos e impulsos particulares de nadie. Porque en un estado así, estaríamos supeditados a los intereses o debilidades del mecenas. Se investigaría sólo lo que a él o a ella le interesara y se ayudaría a quienes él o ella considerara necesario. Sólo el Estado puede asumir una tarea como esta, solo el Estado puede seguir poseyendo la función paternalista de decidir qué y quién es importante, porque sólo siendo el Estado (democrático y carente de corrupción) el encargado de partir y repartir conseguiremos que las únicas injusticias en el reparto sean la escasez y la perversidad de la regla de la mayoría, que ya son bastantes.


domingo, 13 de julio de 2014

La corrupta teoría de los seis grados

Existe un teoría que dice – textualmente según Wikipedia- que cualquiera en la Tierra puede estar conectado a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios (conectando a ambas personas con sólo seis enlaces)… El concepto está basado en la idea de que el número de conocidos crece exponencialmente con el número de enlaces en la cadena, y sólo un pequeño número de enlaces son necesarios para que el conjunto de conocidos se convierta en la población humana entera. A esta teoría se la conoce como la teoría de los seis grados.

Por tanto, y siempre de acuerdo con la citada hipótesis,  si usted es una de esas personas que beben los vientos por  conocer a algún personaje famoso, sólo tiene que tirar de contactos. Si se esmera, en cinco movimientos está usted hablando de deportes con María Escario o de las últimas tendencias con Sara Carbonero –si lo intenta al revés creo que quedará profundamente desilusionado-.

Lo que el precursor de esta teoría, Frigyes Karinthy también según Wikipedia, no contempló, es que hay idiosincrasias tales en algunos países, como el nuestro, que hacen que el número de conocidos necesario se reduzca hasta límites insospechados.

Ilustremos esta última afirmación con un ejemplo práctico. Piense el lector en un día cualquiera, el día de hoy, o el día de ayer; piense en una actividad cotidiana, recuerde por ejemplo su paso por la peluquería y centrémonos en sus últimos minutos en el establecimiento: el momento del pago. Quizá necesite hacer un esfuerzo adicional, suele ocurrir cuando tratamos de recordar actos cotidianos interiorizados en nuestra día a día. Pero con un poco de voluntad conseguirá visualizar como sus veinte euros caen directamente en la cartera de la peluquera al tiempo que una libreta de papel se convierte en el único testigo de su paso por allí.  Horas más tarde, el inocente billete junto con otros tantos inocentes billetes sirve de medio de pago al pintor que ha rematado con pulcritud la faena encomendada en casa de la peluquera. El pintor, sin dejar rastro de pintura ni rastro de su paso por allí, se marcha pensando que tendrá que renovar el sobre donde recoge sus pagos, ya está un poco desgastado. Tiene 4 años y medio –recuerda con exactitud-, lo recuerda perfectamente porque es el sobre en el que la constructora donde trabajaba le pago parte de su finiquito, en diferido. Sonríe mientras baja las escaleras pensando que quizá ese mismo sobre, meses antes a su despido, fue y vino de la Castellana a Génova sin llamar la menor atención de nadie.

Y así, sin llamar la menor atención, queda demostrado empíricamente y con total rigor –note el lector la ironía- que sólo harían falta tres personas para que usted pudiera conocer a personajes del calado mediático, por ejemplo, del Señor Bárcenas; por citar a un famoso cualquiera…

La teoría de los seis grados se reduce perversamente en nuestro país.

Y aunque usted sabe que de este modo, su acción individual merma el erario público y por tanto limita el Estado de Bienestar que sin matices reclama; también sabe  que con lo que se ahorra de IVA en la peluquería, compra el pan de toda la semana; que la peluquera, con lo que sisa a Hacienda paga la factura de la luz, y que el pintor, entre pagar la cuota de la Seguridad Social y la matrícula de la universidad de su hija, ha elegido dar futuro a su primogénita y rezar cada noche para no ponerse enfermo.


Sabe usted, que no entiende ni lo más mínimo de economía, al menos de la  que se imprime en páginas color salmón, que mientras el Estado español no revise en profundidad su sistema fiscal, no predique con el ejemplo, no ponga un sistema recaudatorio justo, no adopte medidas disuasorias determinantes, no reparta con equidad la carga impositiva, no tome conciencia de que nos guste o no, nos cueste asumirlo o no, somos una sociedad con un deficiente sentido cívico en materia fiscal –y algo habrá que hacer para solucionarlo-, mientras todo, o algo de eso no cambie; 

sabe usted que la teoría de los seis grados es ciertamente exagerada en nuestro país. 

viernes, 20 de junio de 2014

Carta de despedida a Cataluña

He tardado en entender que el día que me dijiste que te querías ir, en realidad, ya hacía mucho tiempo que te habías marchado, que ya no estabas conmigo. He tardado tanto que a punto he estado de reducir nuestras vidas, literalmente, a las ruinas de una batalla campal.

Imagino que el tiempo, como siempre, me dará perspectiva y cuando observe, cuando observemos lo ocurrido desde la distancia, comprenderé qué hice mal, qué hicimos mal.

Con el devenir de los años hasta nos atreveremos a decir qué ganamos y qué perdimos con todo esto. Pero ahora no, ahora ambos nos encontramos en medio de una tormenta emocional; tú enfurecida y llena de vida, yo abatido y triste; triste porque te quieres ir mientras yo te sigo queriendo, mientras yo sigo queriendo compartir la vida contigo. Por eso me ha costado tanto atreverme a desprenderme de ti, porque te quiero. Y porque te quiero sé que aún estamos a tiempo; a tiempo de escribir con dignidad el nuevo capítulo de nuestra historia.  

A tiempo, de poder mirarnos a los ojos y recodar con nostalgia aquel maravilloso verano que pasamos juntos en el 92, los años en los que el puente aéreo unía y separaba nuestras vidas, o el brillo de tus ojos la primera vez, que por fin, nos montamos juntos en ese tren que devoraba los kilómetros entre tu casa y la mía.

Todavía podemos repartirnos los recuerdos de una vida sin hacer sangrar las heridas. De momento, tú te quedas con la camiseta azulgrana -te advierto que nunca volverá a lucir igual de bien sin mí a tú lado-,  yo con la Corona que portabas el día de nuestra boda. Tú con los cuadros de Dalí y con las esculturas que nos regaló Gaudí – ¿te acuerdas?, al principio nadie los entendía-, yo me quedo con el resto. Tú la casa de Cadaqués, yo con la de Fontibre. Para ti la réplica del primer tren Barcelona-Mataró, para mí el antiguo mapa del Reino de Aragón. Tú te quedas con los discos de Joan Manuel Serrat pero los libros se vienen conmigo, al menos los de la colección Planeta. Tiempo habrá para pensar que hacemos con las deudas, con los caminos que hicimos juntos, con todas la horas que pasé construyendo aquel salto de agua para que tuvieras luz en la casa del pueblo; o con el Seat Ibiza que te regaló mi padre.

Tiempo habrá para todo ello; ahora es tiempo de partir, de dejar partir. Porque no quiero que te vayas, pero mucho menos quiero que estés a mi lado si ese no es tu deseo. Yo no quiero ser tu lastre.

Yo quería ser tus alas y que tú fueras las mías. Yo quería volar a tu lado; yo pensaba que volaba a tu lado. Creía, de verdad creía, que ambos nos encontrábamos en lo mejor de la vida, que todos nuestros problemas eran meros problemas económicos, que lejos quedaban ya los complejos y los miedos de la adolescencia, la ambición y la bravura de la juventud.

Ahora que creía saber quién era, saber quién éramos, nos queda lo más difícil. Nos queda la dura tarea de volver a encontrar nuestra identidad, volver a ser yo sin ti y tú sin mí.


Aprender a ser España sin Cataluña y Cataluña sin España.

viernes, 30 de mayo de 2014

La cívica respuesta electoral del Norte de África

Resulta sorprendente que unas elecciones que tradicionalmente poco han importado a la mayoría de los ciudadanos españoles, esta vez hayan causado tanto revuelo mediático y social. A decir verdad, no ha sido diferente esta vez, la campaña no ha suscitado un gran interés general, y la cita con los comicios se ha mantenido en ratios similares a los de otras ocasiones,  lo que ha sido diferente es la repercusión de los extraordinarios resultados.

Mucho se ha dicho y se dirá acerca del PP, del PSOE o del peligroso y chavista nuevo partido Podemos. Mucho se ha vaticinado sobre lo que ocurrirá en las siguientes elecciones y sobre la república bananera en la que podría llegar a convertirse nuestro país.  Son muchos los espectros desde los que se mira con temor o se siembra el miedo ante lo ocurrido. Más allá de la lógica reacción de los tertulianos de 13TV o de los periodistas de ABC, sorprende mucho más la actitud adoptada por aquellos que en otro tiempo –no tan lejano- se proclamaban valientes justicieros sociales, defensores a ultranza de las clases trabajadoras. De hecho, tan desproporcionada –Podemos ha obtenido 5 eurodiputados, nada más- ha sido la reacción de políticos, ex políticos, periodistas o escritores, que invita a pensar que además del temor al final de un statu quo, exista algún tipo de campaña de desprestigio orquestada por los poderes financieros de ésta nación.  

Conjeturas aparte, lo que es un hecho incuestionable es que en España ha ocurrido algo insólito, se ha puesto en entre dicho la eterna consigna de que los votantes de derecha son más fieles que los de izquierdas. Esta vez en España los votantes de izquierdas han sido fieles, pero fieles a sus ideales, no fieles al PSOE. Quizá en Ferraz deberían hacer un profundo análisis de todo esto. Quizá deberían empezar a entender que España no es, al menos ahora, un país de centro, que si se movieron al centro porque creían que ahí estaba ahora el grueso de los electores se equivocaron, y que si se quitaron la chaqueta de pana porque ahora se ven mejor con traje y corbata, ya no representan al ciudadano medio español, ahora España empieza a vestir de Alcampo. En el PP, por su parte, deberán analizar que aunque han ganado las elecciones, sus votantes, fieles por naturaleza al PP y fieles por naturaleza al ejercicio democrático del voto, esta vez se han quedado en casa. Quizá, si como dicen quieren conectar de nuevo con los ciudadanos, podrían empezar por pedirles a todos los cargos corruptos de su partido que vayan a tirar a la basura la televisión de plasma en la que comparece Rajoy, pedirles que cierren las puertas de Génova al salir y decirles que no hace falta que regresen.   

El 25M PP y PSOE recibieron un justo castigo electoral  pero lo más importante es que, por mucho que ahora se trate de enturbiar los resultados, los ciudadanos españoles dieron una respuesta absolutamente cívica a la crítica situación que vive el país.

Mientras que en Francia, Grecia o Dinamarca, la extrema derecha, cargada de mensajes xenófobos avanza sin freno ni control, en España hemos dado respuesta electoral a una situación de crisis, en la mayoría de los casos peor que la de nuestros vecinos, desde el civismo. Porque por mucho que se empeñen ahora medios, partidos y otros grupos de interés en desprestigiar a Podemos y a su cabeza visible Pablo Iglesias, aunque pretendan infundir el miedo de una España chavista… Yo me quedo con este país. Me quedo con una España que votando a Podemos o votando al PP, alza el grito para protestar por lo que no le gusta sin necesidad de menospreciar a otros seres humanos para ello, y me quedo con unos ciudadanos que saben que nuestra pobreza no se debe a que cada día cientos de inmigrantes salten desesperados la valla de Melilla.

Ese es el triunfo de estas elecciones, que éste país tantas veces menospreciado y auto menospreciado, a pesar de la dureza de su día a día, no ha olvidado donde está el Norte.





viernes, 2 de mayo de 2014

Votemos, rompamos la baraja y empecemos de nuevo

No creo que haya nadie que no sea un firme defensor del derecho al voto, yo, además, siempre he sido un firme defensor de la obligación al voto; la obligación que yo desearía habitara en el interior de cada uno de nosotros, la simple obligación moral. Por muchos motivos, pero principalmente dos: por respeto a todos aquellos que murieron luchando para dignificarnos como ciudadanos (también a los que murieron sin poder votar nunca) y  porque es, en mi opinión, la expresión más cívica que existe de nuestro poder, de nuestra legitimidad.

Sin embargo, no es difícil entender que en el contexto político actual haya quien, decepcionado, desilusionado, derrotado o cansado de seguir cabreándose, considere que el mejor recado que puede mandar a la clase política sea precisamente no votar. Hay quien en este clima, que siendo generosos podríamos tildar de soporífero,  piensa que la abstención es un claro mensaje que los candidatos deberían saber interpretar. No les falta razón, la abstención es un mensaje claro, contundente y de fácil comprensión; ahora bien, es un mensaje perfectamente interpretado por azules y rojos pero sin repercusión alguna. El pastel a repartir va a ser el mismo votemos 5 o 50. Sería ésta, la abstención, una opción a tener en cuenta si el número de diputados (totales) e incluso el presupuesto del que dispusieran,  dependiera del porcentaje de participación en las elecciones, entonces sí, entonces el mensaje, además de ser claro tendría consecuencias.  
Por tanto, mi recomendación es evidente, se advierte con facilidad: votemos. Votemos porque es la única manera de que nuestro acto (o ausencia de) tenga consecuencias, porque es la única manera real que tenemos de ser escuchados.  Pero votemos con diligencia.
Yo, hasta las pasadas elecciones consideraba que ante dos males hay que elegir al menor de los dos. Ahora no, hoy no, no sé mañana. Hoy creo que nuestra acción cívica y legítima debe ir encaminada a mostrar nuestro absoluto descontento. Con nuestro voto debemos decirles al PP y al PSOE que no nos gustan, que ni nos gusta este Gobierno, ni el anterior, ni sendas oposiciones. Tenemos la herramienta para romper la baraja y condenarles a entenderse. El próximo 25 de Mayo votemos, votemos a Podemos a 
Movimiento red  a Primavera Europea a VOX a Partido X a UPyD o incluso a Izquierda Unida, pero votemos.

Votemos decididamente y en masa, llenemos las calles de tantos colores que el azul y el rojo se vean intimidados. No comentamos la torpeza de pensar que en Europa ya está todo el pescado vendido, que un grupo minoritario no tiene nada que decir. Tiene mucho que decir, porque quienes nosotros elijamos van a verse las caras muy a menudo con los que hasta ahora sentían que tenían el sillón asegurado allí, van a levantar a alguno de su cómodo sillón y van a sembrar la duda y el miedo en PP y PSOE de lo que está por llegar. También en Europa harán lectura de estos resultados, también ellos sabrán interpretar que un solo sillón robado al PP o al PSOE, en estas elecciones, implica mucho más que un voto favorable o no en las decisiones finales. Si sabemos votar, unos y otros van a ver por fin la grieta que se está abriendo en la política y en el continente europeo.

Que estas elecciones sean el ensayo general del nuevo mapa político español, que sean el preludio de un Gobierno formado por grupos condenados a entenderse, condenados a esforzarse y a trabajar en el consenso. Porque sólo de este modo las medidas adoptadas serán medidas que perdurarán a lo largo de los años y dejaremos de vivir en cuatrienios legislativos, sólo de este modo el largo plazo volverá a ser un objetivo real, sólo así los tres poderes dejarán de contaminarse y quizá, y sólo quizá, de este modo  electores y elegidos recuperemos del cajón de los trastos los apuntes de griego y recordemos el significado de la palabra democracia.


Votemos, rompamos la baraja y empecemos de nuevo sin miedo. 

viernes, 11 de abril de 2014

El ciber juego de Rafa Nadal

A estas alturas del partido a nadie le sorprenden ya las decisiones del grupo Mediaset en general,  y de Telecinco, en particular. Nos han acostumbrado de tal modo a una parrilla de contenidos  tan carente de cualquier tipo de código ético, que hemos normalizado los insultos, las lágrimas y el regocijo en el dolor ajeno hasta hacerlos cotidianos. Hoy, podemos merendar sin que se nos corte la digestión viendo como Raquel Bollo, Ángela Portero o  Chelo García Cortés, son usadas como la diana mediática donde el resto de compañeros lanzan sus afilados puñales. Observamos sin inmutarnos como unos y otros reciben estoicamente dagas dialécticas que al resto de los mortales nos llevarían de urgencia a un centro psiquiátrico, incluso sabiendo que todo responde a un guion previamente acordado.

En esta perversa y tóxica atmósfera donde nos han acostumbrado a vivir –televisivamente hablando-, ha pasado desapercibida la última vuelta de tuerca moral: ahora se han convertido en anunciantes de varias páginas web de juego on line. Escondido entre anuncios de colchones y cortaúñas, tan sólo parece un anuncio más. Sin embargo, no es un anuncio más. En esta ocasión, no le están prometiendo a una señora que adelgazará como ha adelgazado Rosa Benito, ni que dormirá mejor si compra el colchón en el que duerme Jorge Javier… Le están diciendo a miles, a millones de personas, que se gasten su dinero en el peligroso juego de jugar. Están pidiendo, con total impunidad, a millares de parados, jubilados, amas de casa con escasos recursos… que cojan la tarjeta de crédito en la que apenas les queda dinero para acabar el mes, entren en una web y se precipiten a un abismo donde la caída rara vez tiene final feliz. Porque son  precisamente las personas que pasan el día acompañadas de Telecinco el colectivo más susceptible de acabar víctima del juego, son los más débiles socialmente (no por una cuestión de inferioridad intelectual sino por el momento histórico que les está tocando vivir)  

No creo que entre los usos y maneras de estos nuevos anunciantes haya lugar para la reflexión, para el debate interior. Y si lo hay, creo que el resquicio de dignidad que les queda será acallado rápidamente con alguna frase del tipo: “Cada uno con su dinero sabe lo que hace” “Tú no estás poniendo una pistola a nadie” o “Además, que también pueden ganar dinero si tienen suerte” Y aunque sea imposible negar ni uno solo de estos sólidos argumentos, hay, en mi opinión, una cuestión que está por encima de todos ellos; y es que, y  aunque a algunos nos cueste creerlo, hay personas cuyas únicas referencias morales son Belén Esteban o Kiko Matamoros. Por tanto, lo que hagan o digan unos y otros, es “Ley” para miles de personas corrientes. Deberían ser conscientes del gran poder de difusión que tienen y de la responsabilidad que eso conlleva, deberían ocupar aunque nada más fueran diez minutos al día a pensar como están contribuyendo con la  sociedad, qué hacen ellos (además de entretener) para hacer un mundo mejor.

Sin embargo, aunque reprobable, resulta comprensible en todos ellos; justificable desde el punto de vista de la supervivencia mediática, incluso de la supervivencia real.  Ahora bien, cuesta encontrar un argumento lógico cuando el anunciante es Rafa Nadal. En este caso, cuestiones de necesidad (de ningún tipo) no explican una decisión como ésta, y sin embargo, con su colaboración quizá el daño es incluso mayor al que causan las marionetas de Telecinco. Porque para aquellas personas alejadas del ruido de Sálvame, del cinismo siempre redicho de Jorge Javier o del veneno que bombea el corazón de Mila; ver a un referente deportivo y personal como es Rafa Nadal -el mismo que renunció a un avión privado ofrecido por el Estado porque España no puede permitirse un derroche así- anunciando juegos, invita a pensar que lo anunciado no es peligroso ni es adictivo; invita a jugar…


Probablemente existan razones que se escapan a una mente corriente y expliquen el porqué unos y otros alientan a jugar sin tapujos. Porque esto va más a allá de haber cobrado 5 o 50 por el anuncio, más allá de haberlo donado a Cáritas o a ACNUR… Esto es una cuestión de mayor calado, donde 30 segundos pueden tener consecuencias individuales y sociales dramáticas e irreparables.

domingo, 23 de marzo de 2014

¿Quién cuidará de nosotros?


Hace unos días, casi por casualidad, di con un reportaje sobre el papel de los médicos en el medio rural. El reportaje se circunscribía a un área minera en el interior de España y aunque no era el objetivo del mismo, se podía advertir con facilidad como la envejecida  población padecía las consecuencias de haber trabajado en la mina


En realidad, los pacientes eran en todos los casos la población masculina; y en casi todos los casos, sus esposas, visiblemente más sanas, cuidaban de ellos y ejercían con destreza de enfermeras a tiempo completo.  Obvio, fueron ellos quienes se sumergieron día y noche en esas cavernas de sílice, antracita y hulla.

A medida que iba avanzando el reportaje la tristeza se iba apoderando poco a poco de mí. Sentí tristeza al poner rostro y voz a la crueldad de la vida: alguien que ha pasado la mitad de sus días bajo tierra, sin poder ver la luz del sol ni sentir el aire fresco, al final de su camino, ni siquiera tiene la justa recompensa de una vejez apacible y se tiene que resignar a sobrevivir conectado a una máquina para poder respirar… Uno sabe que las cosas son así, que este viaje no es una cadena de acciones y reacciones justas y proporcionadas. Quizá por eso, porque ya es bastante difícil asumir los ensañamientos del destino, la tristeza cedió su espacio a la rabia cuando intenté encontrar el fin o el sentido de todo aquello; encontrar sentido al desgaste de esos hombres. Respuesta sencilla: hacer rico a otro hombre. Me indigna que haya (ayer, hoy o mañana) trabajadores que se dejan (o dejamos) la vida en hacer rico a otro hombre, ni más ni menos que ellos, sólo otro hombre . 
Quizá porque la mente de algunos seres humanos funciona así -se auto protege- o quizá porque el adoctrinamiento social ya ha hecho mella en mí, surgió repentinamente un argumento que a priori calmó mi irritación. Pensé,  que quizá estas personas podrían haber elegido otra suerte, o al menos podrían haber tratado de compensar los efectos devastadores de la mina. Podrían haber dedicado el resto de su tiempo a hacer deporte, a comer convenientemente, a hacer curas de salud… En definitiva, a paliar los efectos de lo que no podían evitar. Afortunadamente, esta indigna reflexión no duró nada más que unos minutos en mi mente, se vio interrumpida por el asalto de una nueva interconexión neuronal en forma de pregunta: ¿qué pensarán nuestros hijos de nosotros dentro de 50 años?

¿Qué pensarán cuando nos vean aquejados de las enfermedades que claramente nos ha causado esta vida laboral? Seguramente pensarán que no supimos decirles a nuestros jefes que nuestro horario laboral acaba a las siete de la tarde; que no entendimos que encendiendo el ordenador en fin de semana para adelantar un informe lo que adelantábamos en realidad era el riesgo de sufrir un infarto; que  realizando durante ocho horas el mismo gesto improductivo no poníamos en peligro nuestros pulmones pero si le poníamos una alfombra roja al alzheimer o a la demencia senil. Seguramente, pensaran que al menos podríamos haber sido capaces de saber gestionar el estrés y evitar la alienación, que podríamos haber comprendido que salir de la oficina después de doce horas y bebernos un gintonic no nos ayudaba; que vivir en una ciudad de más de 7 millones de personas agravaba los síntomas de la ansiedad y la depresión; nos preguntarán cómo no vimos que perdiendo toda conexión con el mundo rural nos precipitábamos hacia toda suerte de enfermedades físicas y mentales.  

Y con la mente ya instalada en el futuro, en nuestro futuro, sentí miedo; miedo porque nosotros no tendremos a nuestra señora que nos cuide, ni ella nos tendrá a nosotros; ambos estaremos aquejados de los mismos males. Apagué la televisión preguntándome quién cuidará de nosotros 

sábado, 8 de marzo de 2014

Ahora Rusia, ahora si

Algunos ingenuos creímos que firmado el acuerdo entre Yanukóvich y los opositores llegaba el fin del conflicto en Ucrania, sobra decir que nos equivocamos. Algunos, ingenuos también, creían que la defensa de Ucrania desde Occidente era una cuestión de derechos humanos, de principios y valores. También sobra decir que se equivocaban.

El conflicto ucraniano ha puesto encima de la mesa muchas cosas, algunas incluso positivas: la fuerza del pueblo, la legitimidad real de un Gobierno –o donde radica ésta-, la valentía que aflora en los oprimidos… Pero también ha mostrado la cara más cínica de las economías occidentales. Y es que, no nos engañemos, nadie estaría levantando ningún teléfono para hablar con Putín si el gas que calienta a Alemania no viniera de Rusia y pasara por Ucrania. Es así de sencillo y cruel. A nadie le ha importado lo que ha hecho Rusia todos estos años, mientras no ha supuesto una amenaza para nuestras cómodas vidas. Las economías occidentales hemos cerrado los ojos ante lo que allí ocurría, y me temo que seguiremos haciéndolo cuando todo esto pase, porque Rusia tiene gas y petróleo. Les hemos consentido encarcelar a activistas pacíficos, arruinar a empresarios poderosos contrarios al régimen; hemos cerrado los ojos con ellos ante los ataques homófobos e incluso les hemos premiado con unos JJOO. Y ahora, hablamos de respetar los tratados internacionales, el derecho de los pueblos a elegir su futuro… Cinismo.

El mismo cinismo que acompaña las relaciones con China, los Emiratos Árabes, la India o Suráfrica, entre otros. Miramos hacia otro lado mientras los contrarios al régimen son cruelmente asesinados, las mujeres carecen de derecho alguno, los trabajadores que levantan los estadios donde veremos los próximos mundiales de fútbol son tratados como esclavos, las violaciones se suceden en los lugares públicos sin que nadie haga nada determinante para evitarlo, la distribución de la riqueza adquiere estructuras vergonzantes… Pero son los países que están calentando nuestros cómodos hogares, comprando nuestros productos y ahora también, los dueños de nuestra deuda pública

Y el cinismo se torna desvergüenza cuando la señora Ángela Merkel, hace unos meses -antes de estar preocupada por sus elecciones, sea dicho de paso- se atreve incluso a poner a estos países como ejemplo en lo que a Economía de Bienestar se refiere. Si bien es cierto que no los cito de manera taxativa; de su argumentación pronto se deduce que son referencia para ella. Proclamaba a los cuatro vientos, la señora, que era inconcebible que Europa, que aportaba al PIB mundial un porcentaje del 20% - no recuerdo las magnitudes exactas pero si los términos de la comparación-, tuviera un gasto público que supusiera un 50% del gasto público mundial; que teníamos que reducir decididamente nuestro Estado de Bienestar. EL argumento, puede resultar lógico si uno no lo procesa o si carece absolutamente de conocimientos matemáticos. Sin embargo, reflexionado unos minutos, se advierte rápido el despropósito. Es cierto que nuestro porcentaje de gasto público debería ser mucho menor al que es, pero no porque nosotros estemos sobredimensionados, sino porque los países que más están aportando al P.I.B. mundial no están aportando nada (a penas migajas) al gasto público mundial. Son ellos quienes deberían incrementar el gasto en educación, en sanidad, en derechos sociales… Son ellos quienes deberían tomarnos como referencia y no al contrario como sugiere la señora Merkel.


El conflicto de Ucrania pasará, y nosotros seguiremos mirando hacia otro lado…

domingo, 23 de febrero de 2014

Cierren puertas y ventanas, vallas y fronteras

Hace unos días, cuando Suiza decidió –es justo decir que con escasa mayoría- que vuelven las restricciones a la entrada de personas en sus fronteras, vimos por fin las nubes de  una tormenta que llevaba años formándose.  Porque Suiza, al decir que cierra sus puertas dijo mucho más; dijo que tiene miedo de cómo va a evolucionar la economía, dijo que no confía en que el resto de Europa se recupere, dijo que no comparte el optimismo de políticos y medios, dijo, que si hay un plato de comida primero comerán ellos, dijo, en definitiva, ¡“cierren puertas y ventanas que se avecina tormenta”!  Y aunque las reacciones de los dirigentes europeos han sido discretas, seguramente para no contravenir ese discurso optimista y evitar que los ciudadanos nos alarmemos, la noticia no ha pasado desapercibida para nadie.  En la intimidad de nuestros hogares, o incluso en la intimidad que se siente cuando uno apaga la luz y apoya la cabeza en la almohada, la gran mayoría de los emigrantes , emigrantes en potencia, amigos de, o familiares de; nos hemos sentido rechazados, limitados y asustados. Hay quienes si hemos entendido el mensaje, alto y claro.

Y así,  mientras con una mano nos rasgamos las vestiduras porque nuestra hermana rica nos ha limitado el régimen de visitas, con la otra disparamos pelotas de goma a los que desesperados, intentan entrar en nuestra casa por la puerta de Melilla. Y podrá parecer demagogia,  incluso una exageración extrema, pero ¿acaso no se trata de lo mismo?, ¿acaso unos y otros no hemos dicho “aquí no hay sitio para usted”?
Llamemos las cosas por su nombre, digamos sin remilgos que aquellos que se juegan la vida para entrar en España son pobres y negros. Seamos honestos con nosotros mismos y reconozcamos que no podemos entender como a nosotros, a nuestros “hermanos” alemanes o a nuestros “primos” franceses  -que vamos limpitos, bien aseados y con un título universitario debajo del brazo- nos rechacen en cualquier lugar del mundo. No podemos entender que nos digan que no somos bienvenidos.  Y si nos duele el mero hecho del rechazo, qué insoportable sería el dolor y la humillación si las fuerzas del orden suizas nos estuvieran esperando para lanzarnos todo tipo de elementos inofensivos pero denigrantes. A nosotros, que llegaríamos exhaustos de haber cruzado los Alpes en traje y mocasines, cargados con maletas Samsonite rebosantes de todos los títulos que acreditarían que somos ciudadanos de primera…


Qué suerte que esto sólo sea demagogia en negro sobre blanco…

sábado, 8 de febrero de 2014

Los jueces de la E.G.B

Las mareas, como la mayor parte de los fenómenos naturales, surgen, valga la redundancia, de manera natural, y eso las hace mágicas. Aunque hoy sabemos que el Sol y la Luna son capaces de generar una marea, aunque a posteriori es posible dar con la explicación científica que argumenta como se ha puesto en marcha una en concreto; afortunadamente en unos casos y desgraciadamente en otros, no somos capaces de vaticinar con precisión cómo de intensas van a ser ni qué se van a llevar por delante. Y cuando una marea llega, cuando nos vemos inmersos en medio de una tormenta en el mar, solo podemos esperar. Los rompeolas sufren los primeros golpes, las playas quedan desiertas, los barcos zarpan a puerto o capean el temporal…. Pero no hay nada que podamos hacer para detenerla, para pararla. Ella decide cuando llega y ella decide cuando se va.
Una cuestión de principios, y no de egoísmo como apuntaban algunos, hizo estallar una marea humana sobre los adoquines, una marea blanca. Cada mes, miles de profesionales han salido a las calles de Madrid a defender simple y llanamente el derecho a la Sanidad. Y con su gesto defendían sin saberlo, o sabiéndolo, la sanidad de todos los españoles.  Cada tercer domingo de cada mes nos han honrado a todos los residentes en este país con su lucha pacífica pero tenaz. Médicos, enfermeros y demás personal sanitario –muchos de ellos funcionarios con plaza garantizada- han recorrido las calles sonrojando a aquellos que incluso han rozado el absurdo al afirmar que la protesta encubierta versaba sobre la cancelación de las pagas extras; argumento que tendría algo de fundamento si bomberos, policías, forestales, profesionales de Hacienda… no se hubieran visto privados de dicha remuneración o formaran parte de una reivindicación tan sólo similar.

Parece que las olas blancas se han reconciliado con la costa en la sentencia de unos jueces que han interpretado la ley, esta vez, como la hubiéramos interpretado cualquier ciudadano iletrado pero justo. Por todos es sabido que un juez sólo debe aplicar la ley de manera independiente, que los jueces deben ser seres asépticos moralmente. Sin embargo, a tenor de algunas resoluciones, sin lugar a dudas justas desde el punto de vista legislativo pero moralmente discutibles para el común de los mortales, a veces existe la duda de si podrán o no olvidarse de su bagaje personal, de sus convicciones éticas y de toda suerte de presiones antes de emitir una sentencia. Por eso, ahora que el sol nos revela un final  -que no un punto y final- queda la duda o el miedo de qué desenlace habría tenido esta marea si estos jueces no fueran hijos de la España de Suarez y González, si no fueran hijos de los que  no votaron por primera vez a los dieciocho años, hijos de una generación que nunca pudo soñar con pisar una universidad; si no fueran hijos de la E.G.B.; sino hijos de una educación segregada por sexos y clases sociales, jueces que desde niños hubieran sido  apartados de la realidad social, de otros grupos de personas con toda clase de circunstancias, usuarios de diccionarios donde se hubiera borrado la palabra empatía… En tal caso, y sólo si los jueces resultara que son humanos,  no nos quedaría otro remedio que confiar nuestro rumbo al Legislativo y al Ejecutivo…

domingo, 26 de enero de 2014

Carta abierta a Fátima Bañez y Ana Mato

Muy señoras mías:

Me dirijo a ustedes en esta carta abierta que trataré de hacerles llegar a través de algún medio de comunicación o red social ya que de otro modo imagino será imposible contactar sus señorías.
Les escribo para alertarles de algo que quizá no se han percatado y es qué me sorprende que les preocupe tanto la vida de los no nacidos cuando la de los que ya estamos aquí no parece importarles demasiado. Como digo, les escribo porque quizá están ustedes errando sin ser conscientes de ello y dado que les elegimos para que trabajasen por nosotros, por los que ya estamos aquí, me veo en la obligación de presentar mis discrepancias ante algunas de sus actuaciones.
Son muchas las cuestiones que a mí me preocupan pero creo que hay dos pilares sociales básicos que no deben ser cuestionados jamás: la educación y la sanidad. Ambas, bien gestionadas, son garantía de redistribución, igualdad y progreso, entre otras cuestiones importantes para un país.  Sin embargo, y en lo que a ustedes respecta, creo que no compartimos la misma visión de lo que sería un sistema socio-sanitario deseable.
Primero fueron los inmigrantes ilegales; fueron ellos los primeros en perder el derecho a una asistencia sanitaria digna y sin matices. Me indignó y entristeció a partes iguales y tuve la certeza de que eso sólo era el principio. Aquella medida hubo quién incluso la vio con buenos ojos: “Si no eres español no tienes derecho a sanidad en España”, decían algunos, “Si son ilegales que los devuelvan a su país”, decían otros. Y ustedes se aprovecharon de esa visión visceral de muchos españoles para desafiar nada más y nada menos que a la Constitución y los Derechos Humanos.
Los españoles somos especialistas en mezclar churras con merinas. No cabe duda que no debería haber ni una sola persona viviendo de manera ilegal en nuestro país, pero ese es otro asunto. La cuestión es que quién se encuentre en territorio español, bajo la figura legal o ilegal que sea, debe ser atendido y tratado por nuestro sistema sanitario. Por cuestiones médicas y de salubridad civil no cabe duda; porque así lo hemos decidido los españoles con nuestra manifestación política en democracia, tampoco; pero sobre todo, por humanidad. Porque todos somos vulnerables de ser víctimas de atrocidades bélicas o sociales, nunca debe fallar la solidaridad entre los pueblos. Quizá faltaron ustedes a las clases de historia donde se explicaba las innumerables ocasiones en las que los españoles hemos tenido que dejar atrás nuestras fronteras; debieron faltar unas cuantas veces porque han sido muchas las ocasiones y no siempre de la manera más sosegada y apacible…
Pero es que ahora ustedes han ido mucho más lejos. Hace unos días anuncian ustedes, qué digo anuncian, ojalá hubieran tenido el valor de salir y anunciarlo, deciden ustedes que aquellos españoles que se ausenten tres meses de nuestro país se quedan sin cobertura sanitaria; con matices sí, pero en definitiva existen colectivos de personas de nuestro país en riesgo de quedar excluidas del sistema sanitario español y no tener derecho a ningún otro sistema sanitario público. Personas que han trabajado en España o son hijos de honrados trabajadores que han dedicado toda su vida a construir este país se quedan excluidos, sin derechos.  Esto ya queda fuera de toda lógica, incluso de la económica. Ya me explicarán ustedes que se ahorran en el corto plazo (el único horizonte temporal que entienden ustedes los políticos) excluyendo de la cobertura sanitaria precisamente al colectivo más joven y sano.  Han metido la pata. La medida no va a ahorrar nada, calderilla para un Estado, pero han causado una herida social porque han dejado excluidos e indefensos precisamente a quien más necesita ahora nuestra ayuda.
En estos últimos días me he preguntado si serían ustedes cristianas. Me lo he preguntado porque sabrán que un buen cristiano, un buen padre de familia, dedica todos sus esfuerzos, toda su energía, hasta el último aliento para ayudar a su hijo más débil, al enfermo… Y sin embargo ustedes, al que está herido socialmente, al que el sistema le ha dicho “Usted aquí no tiene sitio, váyase a otro lugar a ver si allí le dan un plato de comida”, a ése, que se va humillado, cabizbajo y herido; van ustedes y le añaden un peso más a su espalda justo antes de partir: “Ah, se me olvidaba, encuentre usted trabajo antes de tres meses porque de otro modo puede que se quede sin tarjeta sanitaria”. ¿Se han parado a pensar lo angustioso que debe ser eso?, ¿la presión que se debe sentir en el pecho cada día que avanza el calendario sin encontrar un trabajo? Intuyo que no, a tenor de los hechos parece que a ustedes les cuesta ponerse en el lugar de los demás. De tal modo, trataré de ponerles en un escenario que espero les sea más familiar para ver si así son capaces de percibir, al menos por un minuto, algo parecido a lo que sienten hoy miles de españoles. Imagine la Señora Báñez que una autoridad competente con capacidad supranacional se dirige a usted y le dice que o es capaz de reducir la tasa de paro un 3% en tres meses o queda relegada del mercado laboral de cualquier país desarrollado para el resto de su vida. Reconocerá que no he sido duro, sólo un 3%. Por si no ha sacado ya la cuenta, a ese ritmo conseguiríamos acabar con la pandemia del paro en unos 8 años; creo que sobra cualquier comentario adicional...  No seremos duros tampoco con la señora Mato, no le pediremos que su ministerio dé con la solución al cáncer; algo que por otra parte reportaría inmensurables beneficios a la marca España. Algo más fácil: consiga usted que en los tres próximos meses no haya ni un solo afectado más por la gripe A y no haya ninguna muerte entre los ya aquejados de esta enfermedad; de lo contrario, quedará excluida de cualquier sistema sanitario público o privado el resto de su vida, aquí, o en cualquier otro país desarrollado. Entenderá la señora Mato que a usted le tengamos que poner la coletilla de “público o privado” para que conciba la gravedad del asunto.
Pero no se preocupen, obvio es que no existe autoridad competente, por el momento, para exigir algo así, pero es que además los españoles no somos tan malas personas. No les vamos a juzgar por no haber sido capaces de acabar con la tasa del paro, por no haber acabado de un plumazo con todos los dramas que ocasiona una crisis. Somos conscientes de que algo así no depende de una persona ni de un ministerio, pero si les juzgaremos por haber sido o no haber sido buenas personas, por cómo nos han tratado.
Pídannos esfuerzos, pídannos sacrificios, pero no nos humillen. Ya es bastante duro lo que nos está tocando vivir como para que ustedes nos humillen. Permítanos salir a buscar trabajo sin otro  miedo que el de no encontrarlo, o el de no regresar jamás; pero no nos priven del derecho a poder estar enfermos ni desprecien lo que nosotros o nuestros padres hemos trabajado por España. No permitan que nos marchemos ni enfurecidos ni cabizbajos sino arropados por un país que verdaderamente lamenta nuestro éxodo y que como un buen padre de familia siempre guardará algo de lo poco que tiene por si necesitamos volver. No nos priven del derecho de salir de España orgullosos de nuestro país.

Atentamente