domingo, 23 de febrero de 2014

Cierren puertas y ventanas, vallas y fronteras

Hace unos días, cuando Suiza decidió –es justo decir que con escasa mayoría- que vuelven las restricciones a la entrada de personas en sus fronteras, vimos por fin las nubes de  una tormenta que llevaba años formándose.  Porque Suiza, al decir que cierra sus puertas dijo mucho más; dijo que tiene miedo de cómo va a evolucionar la economía, dijo que no confía en que el resto de Europa se recupere, dijo que no comparte el optimismo de políticos y medios, dijo, que si hay un plato de comida primero comerán ellos, dijo, en definitiva, ¡“cierren puertas y ventanas que se avecina tormenta”!  Y aunque las reacciones de los dirigentes europeos han sido discretas, seguramente para no contravenir ese discurso optimista y evitar que los ciudadanos nos alarmemos, la noticia no ha pasado desapercibida para nadie.  En la intimidad de nuestros hogares, o incluso en la intimidad que se siente cuando uno apaga la luz y apoya la cabeza en la almohada, la gran mayoría de los emigrantes , emigrantes en potencia, amigos de, o familiares de; nos hemos sentido rechazados, limitados y asustados. Hay quienes si hemos entendido el mensaje, alto y claro.

Y así,  mientras con una mano nos rasgamos las vestiduras porque nuestra hermana rica nos ha limitado el régimen de visitas, con la otra disparamos pelotas de goma a los que desesperados, intentan entrar en nuestra casa por la puerta de Melilla. Y podrá parecer demagogia,  incluso una exageración extrema, pero ¿acaso no se trata de lo mismo?, ¿acaso unos y otros no hemos dicho “aquí no hay sitio para usted”?
Llamemos las cosas por su nombre, digamos sin remilgos que aquellos que se juegan la vida para entrar en España son pobres y negros. Seamos honestos con nosotros mismos y reconozcamos que no podemos entender como a nosotros, a nuestros “hermanos” alemanes o a nuestros “primos” franceses  -que vamos limpitos, bien aseados y con un título universitario debajo del brazo- nos rechacen en cualquier lugar del mundo. No podemos entender que nos digan que no somos bienvenidos.  Y si nos duele el mero hecho del rechazo, qué insoportable sería el dolor y la humillación si las fuerzas del orden suizas nos estuvieran esperando para lanzarnos todo tipo de elementos inofensivos pero denigrantes. A nosotros, que llegaríamos exhaustos de haber cruzado los Alpes en traje y mocasines, cargados con maletas Samsonite rebosantes de todos los títulos que acreditarían que somos ciudadanos de primera…


Qué suerte que esto sólo sea demagogia en negro sobre blanco…

sábado, 8 de febrero de 2014

Los jueces de la E.G.B

Las mareas, como la mayor parte de los fenómenos naturales, surgen, valga la redundancia, de manera natural, y eso las hace mágicas. Aunque hoy sabemos que el Sol y la Luna son capaces de generar una marea, aunque a posteriori es posible dar con la explicación científica que argumenta como se ha puesto en marcha una en concreto; afortunadamente en unos casos y desgraciadamente en otros, no somos capaces de vaticinar con precisión cómo de intensas van a ser ni qué se van a llevar por delante. Y cuando una marea llega, cuando nos vemos inmersos en medio de una tormenta en el mar, solo podemos esperar. Los rompeolas sufren los primeros golpes, las playas quedan desiertas, los barcos zarpan a puerto o capean el temporal…. Pero no hay nada que podamos hacer para detenerla, para pararla. Ella decide cuando llega y ella decide cuando se va.
Una cuestión de principios, y no de egoísmo como apuntaban algunos, hizo estallar una marea humana sobre los adoquines, una marea blanca. Cada mes, miles de profesionales han salido a las calles de Madrid a defender simple y llanamente el derecho a la Sanidad. Y con su gesto defendían sin saberlo, o sabiéndolo, la sanidad de todos los españoles.  Cada tercer domingo de cada mes nos han honrado a todos los residentes en este país con su lucha pacífica pero tenaz. Médicos, enfermeros y demás personal sanitario –muchos de ellos funcionarios con plaza garantizada- han recorrido las calles sonrojando a aquellos que incluso han rozado el absurdo al afirmar que la protesta encubierta versaba sobre la cancelación de las pagas extras; argumento que tendría algo de fundamento si bomberos, policías, forestales, profesionales de Hacienda… no se hubieran visto privados de dicha remuneración o formaran parte de una reivindicación tan sólo similar.

Parece que las olas blancas se han reconciliado con la costa en la sentencia de unos jueces que han interpretado la ley, esta vez, como la hubiéramos interpretado cualquier ciudadano iletrado pero justo. Por todos es sabido que un juez sólo debe aplicar la ley de manera independiente, que los jueces deben ser seres asépticos moralmente. Sin embargo, a tenor de algunas resoluciones, sin lugar a dudas justas desde el punto de vista legislativo pero moralmente discutibles para el común de los mortales, a veces existe la duda de si podrán o no olvidarse de su bagaje personal, de sus convicciones éticas y de toda suerte de presiones antes de emitir una sentencia. Por eso, ahora que el sol nos revela un final  -que no un punto y final- queda la duda o el miedo de qué desenlace habría tenido esta marea si estos jueces no fueran hijos de la España de Suarez y González, si no fueran hijos de los que  no votaron por primera vez a los dieciocho años, hijos de una generación que nunca pudo soñar con pisar una universidad; si no fueran hijos de la E.G.B.; sino hijos de una educación segregada por sexos y clases sociales, jueces que desde niños hubieran sido  apartados de la realidad social, de otros grupos de personas con toda clase de circunstancias, usuarios de diccionarios donde se hubiera borrado la palabra empatía… En tal caso, y sólo si los jueces resultara que son humanos,  no nos quedaría otro remedio que confiar nuestro rumbo al Legislativo y al Ejecutivo…