domingo, 23 de marzo de 2014

¿Quién cuidará de nosotros?


Hace unos días, casi por casualidad, di con un reportaje sobre el papel de los médicos en el medio rural. El reportaje se circunscribía a un área minera en el interior de España y aunque no era el objetivo del mismo, se podía advertir con facilidad como la envejecida  población padecía las consecuencias de haber trabajado en la mina


En realidad, los pacientes eran en todos los casos la población masculina; y en casi todos los casos, sus esposas, visiblemente más sanas, cuidaban de ellos y ejercían con destreza de enfermeras a tiempo completo.  Obvio, fueron ellos quienes se sumergieron día y noche en esas cavernas de sílice, antracita y hulla.

A medida que iba avanzando el reportaje la tristeza se iba apoderando poco a poco de mí. Sentí tristeza al poner rostro y voz a la crueldad de la vida: alguien que ha pasado la mitad de sus días bajo tierra, sin poder ver la luz del sol ni sentir el aire fresco, al final de su camino, ni siquiera tiene la justa recompensa de una vejez apacible y se tiene que resignar a sobrevivir conectado a una máquina para poder respirar… Uno sabe que las cosas son así, que este viaje no es una cadena de acciones y reacciones justas y proporcionadas. Quizá por eso, porque ya es bastante difícil asumir los ensañamientos del destino, la tristeza cedió su espacio a la rabia cuando intenté encontrar el fin o el sentido de todo aquello; encontrar sentido al desgaste de esos hombres. Respuesta sencilla: hacer rico a otro hombre. Me indigna que haya (ayer, hoy o mañana) trabajadores que se dejan (o dejamos) la vida en hacer rico a otro hombre, ni más ni menos que ellos, sólo otro hombre . 
Quizá porque la mente de algunos seres humanos funciona así -se auto protege- o quizá porque el adoctrinamiento social ya ha hecho mella en mí, surgió repentinamente un argumento que a priori calmó mi irritación. Pensé,  que quizá estas personas podrían haber elegido otra suerte, o al menos podrían haber tratado de compensar los efectos devastadores de la mina. Podrían haber dedicado el resto de su tiempo a hacer deporte, a comer convenientemente, a hacer curas de salud… En definitiva, a paliar los efectos de lo que no podían evitar. Afortunadamente, esta indigna reflexión no duró nada más que unos minutos en mi mente, se vio interrumpida por el asalto de una nueva interconexión neuronal en forma de pregunta: ¿qué pensarán nuestros hijos de nosotros dentro de 50 años?

¿Qué pensarán cuando nos vean aquejados de las enfermedades que claramente nos ha causado esta vida laboral? Seguramente pensarán que no supimos decirles a nuestros jefes que nuestro horario laboral acaba a las siete de la tarde; que no entendimos que encendiendo el ordenador en fin de semana para adelantar un informe lo que adelantábamos en realidad era el riesgo de sufrir un infarto; que  realizando durante ocho horas el mismo gesto improductivo no poníamos en peligro nuestros pulmones pero si le poníamos una alfombra roja al alzheimer o a la demencia senil. Seguramente, pensaran que al menos podríamos haber sido capaces de saber gestionar el estrés y evitar la alienación, que podríamos haber comprendido que salir de la oficina después de doce horas y bebernos un gintonic no nos ayudaba; que vivir en una ciudad de más de 7 millones de personas agravaba los síntomas de la ansiedad y la depresión; nos preguntarán cómo no vimos que perdiendo toda conexión con el mundo rural nos precipitábamos hacia toda suerte de enfermedades físicas y mentales.  

Y con la mente ya instalada en el futuro, en nuestro futuro, sentí miedo; miedo porque nosotros no tendremos a nuestra señora que nos cuide, ni ella nos tendrá a nosotros; ambos estaremos aquejados de los mismos males. Apagué la televisión preguntándome quién cuidará de nosotros 

sábado, 8 de marzo de 2014

Ahora Rusia, ahora si

Algunos ingenuos creímos que firmado el acuerdo entre Yanukóvich y los opositores llegaba el fin del conflicto en Ucrania, sobra decir que nos equivocamos. Algunos, ingenuos también, creían que la defensa de Ucrania desde Occidente era una cuestión de derechos humanos, de principios y valores. También sobra decir que se equivocaban.

El conflicto ucraniano ha puesto encima de la mesa muchas cosas, algunas incluso positivas: la fuerza del pueblo, la legitimidad real de un Gobierno –o donde radica ésta-, la valentía que aflora en los oprimidos… Pero también ha mostrado la cara más cínica de las economías occidentales. Y es que, no nos engañemos, nadie estaría levantando ningún teléfono para hablar con Putín si el gas que calienta a Alemania no viniera de Rusia y pasara por Ucrania. Es así de sencillo y cruel. A nadie le ha importado lo que ha hecho Rusia todos estos años, mientras no ha supuesto una amenaza para nuestras cómodas vidas. Las economías occidentales hemos cerrado los ojos ante lo que allí ocurría, y me temo que seguiremos haciéndolo cuando todo esto pase, porque Rusia tiene gas y petróleo. Les hemos consentido encarcelar a activistas pacíficos, arruinar a empresarios poderosos contrarios al régimen; hemos cerrado los ojos con ellos ante los ataques homófobos e incluso les hemos premiado con unos JJOO. Y ahora, hablamos de respetar los tratados internacionales, el derecho de los pueblos a elegir su futuro… Cinismo.

El mismo cinismo que acompaña las relaciones con China, los Emiratos Árabes, la India o Suráfrica, entre otros. Miramos hacia otro lado mientras los contrarios al régimen son cruelmente asesinados, las mujeres carecen de derecho alguno, los trabajadores que levantan los estadios donde veremos los próximos mundiales de fútbol son tratados como esclavos, las violaciones se suceden en los lugares públicos sin que nadie haga nada determinante para evitarlo, la distribución de la riqueza adquiere estructuras vergonzantes… Pero son los países que están calentando nuestros cómodos hogares, comprando nuestros productos y ahora también, los dueños de nuestra deuda pública

Y el cinismo se torna desvergüenza cuando la señora Ángela Merkel, hace unos meses -antes de estar preocupada por sus elecciones, sea dicho de paso- se atreve incluso a poner a estos países como ejemplo en lo que a Economía de Bienestar se refiere. Si bien es cierto que no los cito de manera taxativa; de su argumentación pronto se deduce que son referencia para ella. Proclamaba a los cuatro vientos, la señora, que era inconcebible que Europa, que aportaba al PIB mundial un porcentaje del 20% - no recuerdo las magnitudes exactas pero si los términos de la comparación-, tuviera un gasto público que supusiera un 50% del gasto público mundial; que teníamos que reducir decididamente nuestro Estado de Bienestar. EL argumento, puede resultar lógico si uno no lo procesa o si carece absolutamente de conocimientos matemáticos. Sin embargo, reflexionado unos minutos, se advierte rápido el despropósito. Es cierto que nuestro porcentaje de gasto público debería ser mucho menor al que es, pero no porque nosotros estemos sobredimensionados, sino porque los países que más están aportando al P.I.B. mundial no están aportando nada (a penas migajas) al gasto público mundial. Son ellos quienes deberían incrementar el gasto en educación, en sanidad, en derechos sociales… Son ellos quienes deberían tomarnos como referencia y no al contrario como sugiere la señora Merkel.


El conflicto de Ucrania pasará, y nosotros seguiremos mirando hacia otro lado…