miércoles, 16 de diciembre de 2015

El final

Belinda abandonó su casa París porque no soportaba el peso de los sueños frustrados de Guillaume y Matilde. Cargada con una maleta repleta de palabras comenzó a recorrer el mundo sin sueños ni ambiciones; sin mayor pretensión que encontrar el modo de honrar a sus padres y desprenderse por fin del pesado lastre del fracaso.

Recorrió los lugares más insólitos del planeta. Rincones, en los que llegó a dudar si se encontraba en esta Tierra. Puentes, plazas, calles, puertas, mares, caminos, desiertos, ríos… Cada palabra le llevó a un lugar y cada lugar a una nueva palabra.

Regaló palabras que dejaron mudos a quienes las recibieron; palabras que cayeron olvidadas al fondo de un cajón; palabras para comenzar y palabras para terminar. Palabras de vida y palabras de muerte; de dicha y desdicha, de amor y de fracaso…

domingo, 29 de noviembre de 2015

Volar: el mensaje de Sofía

Antes de que llegaran, Sofía se juró que sería una madre paciente, una madre tranquila, una madre serena. Se juró, que escucharía a sus hijos y se dejaría llevar ligera por el cauce de la vida como una compañera de viaje, un apoyo, una mano a la que agarrase si ellos lo estimaban oportuno.

Pero Sofía, no midió las consecuencias de levantarse a mitad de noche para ver si Martín y Valentina seguían bien la primera vez que durmieron solos. No midió las consecuencias de seguir haciéndolo cada noche hasta que fueron sus propios hijos los que le exigieron que dejara de hacerlo.

Sofía no valoró otra opción, quiso ser ella quien los llevara al colegio en su primer día de escuela; y quiso seguir haciéndolo cada día durante doce años aunque eso implicara tener que mendigar el favor de su jefe y soportar las críticas de sus compañeros. Sólo viéndolos entrar, solo viéndolo ella, podía pasar el día tranquila.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Perdón, el mensaje de Jacinto

Jacinto lo entendió en el mismo momento en el que Belinda le regaló su palabra. No en vano, Jacinto llevaba más de media vida buscando sin suerte aquellas seis letras.

Ocurrió como ocurren las cosas importantes: el día menos pensado.

El día menos pensado tuvo lugar un 25 de febrero; el día, en cual Jacinto celebraba que ya eran 72 primaveras las que cargaba a sus espaldas.

Como todos los años, se citó a comer con sus tres hijos, sus tres nueras y sus siete nietos en el mismo restaurante de los últimos cuarenta años. El mismo restaurante, la misma compañía, la misma ausencia y el mismo menú. Caldo y ternasco asado, vino tinto para los adultos y agua para los niños y para él; Jacinto dejó de beber vino el día que encontró muerta a su mujer hacía ya más de treinta años.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Regresar: el mensaje de Julián.

Cuando Julián dejó la casa de sus padres no metió en el equipaje el sueño de una casa en Notting Hill, ni una oficina con vistas al Támesis.
No soñó con chimeneas, ni soñó con un vinilo de los Beatles sonando en una buhardilla enmoquetada. No soñó con encontrarse por sorpresa con ese músico al que tanto admiraba una tarde cualquiera en Camden Town, ni soñó con mañanas de domingo montando a caballo en High Park. 

Julián llegó a Londres con un cuarto de maleta cargada de esperanza pero más de la mitad cargada de realismo.

lunes, 9 de noviembre de 2015

9 de noviembre, el mensaje de Cecilia

Si hubiera podido elegir, le hubiera gustado tener el pelo cano y una de esas melenas desairadas que tan bien sientan a algunos hombres.

No hubiera pedido ser más alto, ni más delgado, ni siquiera más guapo; pero sí hubiera elegido un rostro más amable y unas manos menos toscas.

También, habría cambiado el ceño fruncido por una espontánea sonrisa; sus torpes oídos por unos afinados; y aquella aséptica mirada por una capaz de disfrutar del arte.

Y puestos a pedir, hubiera pedido despojarse de su mal genio; desterrarlo de una vez por todas a las antípodas de su vida y de la su mujer.  

Pero lo cierto es que no pudo elegir y cada día convivía con una negra y rígida cabellera, unas  manos zafias y un pronto que anegaba cualquier rastro de paz.

No pudo elegir porque fue a nacer en un lugar y en un tiempo donde vivir no importaba, sólo importaba sobrevivir. Nadie le enseñó a hablar, no con el corazón. Nunca un abrazo, nunca un susurro, nunca un pedazo de amor improvisado en forma de palabra.

Por eso, cuando una mañana descubrió que alguien le había dejado en el limpia parabrisas un trozo de papel que decía “Escríbelo”, tuvo una revelación. Entendió que aquello era un regalo providencial, una señal divina; tal vez una obviedad, pero que él, no había sido capaz de descifrar solo.

No pudo esperar a la noche, comenzó a escribir en aquel mismo instante sentado en el coche, en cada semáforo en rojo; en el metro, en la fila para el ascensor, en la hora del café… Escribir en papeles nuevos, en papeles usados, en servilletas y hasta escribir sin papel.

Escribir para dar rienda suelta a la ternura, a la locura, a la luz. Escribir para llegar, por primera vez en más de veinte años, al corazón de su mujer.

Y así, dibujando las palabras que no sabía pronunciar, empezó a convertir la casa que habitaban en un hogar donde vivir; empezó a crear un mundo de gardenias y tangos para su esposa en forma de cartas y poemas.

Cartas escritas por un hombre que sufre en silencio, un hombre de pelo cano y ternura en las manos. Cartas llenas de poesía, que a ella, le han devuelto la alegría. Cartas acompañadas de flores cuando es primavera y flores sin tarjeta si es nueve de noviembre; si son violetas…

domingo, 1 de noviembre de 2015

Encender la vida: el mensaje de Daniela

Daniela conoció muy pronto las miserias de los seres humanos, las atrocidades que un hombre o una mujer pueden llegar a cometer. 

Por eso, Daniela, en lugar de guardar recuerdos amables guardaba un pedazo de cada herida en las baldas del cuarto de estar: una colilla, las cenizas de un ser querido, un perfume que evocaba agrias vivencias, una botella rota o el recorte un periódico en la sección de sucesos decoraban la estancia principal de su hogar.

No guardaba para recordar, guardaba para no olvidar. Para no olvidar que donde hay luz hubo oscuridad, que donde hay plenitud hubo ausencia, que donde hay vida hubo muerte…

Daniela no recordaba, pero para no olvidar: guardaba.

domingo, 25 de octubre de 2015

El mensaje de Paulina.

Paulina tardó varios años en entender el sentido de aquel regalo. Nunca lo relegó al cajón del olvido. Siempre presente, siempre intentando encontrar para él el lugar adecuado. Un protagonista omnipresente, un compañero de viaje impuesto por la vida sin mayor sentido que la mera intuición de una revelación definitiva.

Paulina, siempre se sintió hija del azar. De algún modo, la vida tenía sus planes y ella formaba parte de un gran engranaje universal donde su existencia cobraría sentido más tarde o más temprano. Confiaba en las señales del destino. Por eso, nunca se desprendió de aquel pedazo de papel que una joven desconocida le entregó sin mediar palabra en un mercado de Estambul.

Paulina confiaba: entendía la vida como un ser todopoderoso capaz de regir su destino con total maestría. Pero todo el que espera un día más de la cuenta acaba conociendo las desgarradoras zarpas de la desesperanza. Así que cuando Paulina comenzó a desesperar pensó que lo mejor que podía hacer era calzarse sus zapatillas más cómodas, coger una mochila ligera y salir al mundo a buscar a su camino, su lugar.

Buscó encontrar la paz del pasado en las ciudades donde había sido feliz; refugio en su tierra natal; buscó descubrir nuevos horizontes, conectarse y desconectarse de aeropuerto en aeropuerto: de Bangok a Tokyo y de Tokyo a Bali; de Bali a New York y de New York a otro aeropuerto…

Y así, buscando y enlazando vivencias; en alguna escala entre un propósito y un sueño, aterrizó en un recóndito pueblo de Teruel.

lunes, 19 de octubre de 2015

El mensaje de Sebastián

Cuando Sebastián abrió el álbum de fotos de su primer viaje a Londres y las encontró todas veladas pensó que alguien las había estropeado y no se había atrevido a decírselo.


Días más tarde, cuando regresó a por él esperando encontrar una manera de restaurar su pasado y encontró las fotos intactas, supo que algo no andaba bien. 

Sebastián descubrió el placer de parar el tiempo el día que cumplió dieciocho años. Con gran esfuerzo, sus padres habían logrado reunir las 45 pesetas que costaba la cámara que cada mañana, de camino al trabajo, Sebastian admiraba en el escaparte de la de la Calle Montera con la Gran Vía. Desde entonces, nunca dejó de inmortalizar las escenas de su vida: personajes protagonistas, personajes secundarios, extras, decorados, fondos, atrezo… Todo quedó encerrado en miles de pedazos de ciento cincuenta centímetros cuadrados.  Y todos aquellos retales ostentaban un lugar protagonista en la modesta casa que le había visto vivir.

lunes, 12 de octubre de 2015

El mensaje de Alfonso

Alfonso Traiz-Ocejo tenía agendadas demasiadas cosas importantes aquel lunes como para hacer caso a los consejos de una lunática cualquiera.

Cuando Belinda se acercó a él en la salida del metro, no reservó para ella ni un segundo de indiferencia. Leyó el papel que le entregaba aquella joven -de la que le separaban escasos años de edad pero un abismo vital-, y lo redujo en un rincón del bolsillo de la americana esperando encontrar una papelera donde tirarlo.

Avanzó los metros que le separaban de la oficina y se sumergió en el organizado primer día de la semana.  Llamadas, correos electrónicos, reuniones, una ensalada sin apartar la vista del ordenador; más llamadas, más reuniones, informes urgentes, informes para ya, informes para ayer... Y tras once horas y media en lo más alto de la montaña rusa del estrés: una hora ejercitando el grupo muscular que indica la tabla del gimnasio para los lunes, fibra y fruta para cenar, revisión de los whatsapp del día y vuelta a empezar.  

Martes, miércoles, jueves, viernes y fines de semana alterados y alternados entre recuperar trabajo acumulado y noches desproporcionadas en los locales y las alcobas más exclusivos de Madrid, llevan a Alfonso sin darse cuenta, al primero de agosto; y con éste, a las vacaciones.
Madrid - Moscú, Moscú-Ibiza, Ibiza-Málaga, Málaga-Madrid.

Así hubiera acontecido el verano si al intentar subir al avión sus pies no hubieran decidido desobedecer a su cabeza. No  le respondían, no le dejaban avanzar; por más que lo intentaba no conseguía articular movimiento alguno. Le faltaba aire, le sudaban las manos a pesar de que un helador escalofrío recorría su estómago, el corazón bombea sangre en un acto desesperado de supervivencia mientras miles de personas empezaron a girar a su alrededor, sonidos incomprensibles intentaban atravesar sin éxito los conductos nerviosos de su cerebro, las paredes comenzaron a devorarle… y de repente; todo se volvió blanco.

domingo, 4 de octubre de 2015

La maleta de Belinda

En el número 2 de la Rue Victor Hugo de París, en el séptimo piso, un ejemplar de la primera edición de Cuentos de Eva Luna preside la biblioteca de Guillaume y Matilde. En él se encontraron y en él se reencuentran cada  vez que se pierden: el uno, la otra, o lo dos.

Más que por admiración, la llamaron Belinda con el deseo de que su hija viajara por el mundo dejando una mágica estela a su paso. Pensaron, que si tejían en ella las asombrosas alas del universo de Isabel Allende conseguirían espantar la vulgaridad de su primogénita.

Pero los días pasaban y a medida que su hija se hacía mujer, Guillaume y Matilde comprobaban con resignación como su plan naufragaba antes de salir de puerto.  Belinda se convirtió en una persona normal y corriente con una única extravagancia: portaba unas enormes alas que no servían para volar pero que lastraban el camino que todavía no había sido emprendido.

sábado, 3 de octubre de 2015

Llega La maleta de Belinda

No suelo saltarme el protocolo, no suelo publicar nada otro día que no sea el lunes y no suelo usar el blog nada más que para contar "historias inspiradas en la vida real". Sin embargo, creo que merece la pena que os cuente que a partir del lunes llega La maleta de Belinda. 



La maleta de Belinda es una serie de doce cuentos unidos por los mensajes que Belinda va regalando a sus protagonistas. Belinda, por su parte, es una joven francesa que necesita deshacerse de la pesada mochila que le han cargado sus progenitores y decide emprender un viaje por el mundo.

La maleta de Belinda, como pronto advertiréis el lunes, nace y se nutre de la admiración a Isabel Allende y sus Cuentos de Eva Luna. Lejos de querer imitar a tan grande escritora, trato dar forma a mi creatividad y  rendirle un humilde homenaje. 

Cada lunes podréis leer un relato nuevo e independiente del resto donde como digo, el único nexo de unión es la aparición fugaz de Belinda; no os perderéis si una semana no podéis leer el post. Eso sí, Belinda acabará por vaciar su maleta y ese día querréis saber qué es de ella...

Espero, de todo corazón, que disfrutéis de este viaje...

domingo, 27 de septiembre de 2015

La biblioteca de Candela

Román entendió, de verdad entendió, que Candela se había marchado cuando vio sus zapatillas de casa debajo del butacón del dormitorio.

Sin ella, aquel par de zapatillas pasaban a ser eso, un par de minúsculas alpargatas carentes de sentido. En nadie más tenían razón de ser, sólo en ella, sólo en su pie...


Román tomo las zapatillas y las olió. Olían a limpio, a jabón de tajo; como todo en ella, como  toda ella. Candela tenía la virtud –o eso creía Román- de convertir todos los olores en uno solo: el de la pulcritud.

Y aquellas pulcras zapatillas le llevaron de viaje por las estaciones de una vida. Al tocador, a su colonia que sólo en ella olía a mar; a los cajones llenos de impoluta y blanca ropa interior; al armario, a sus vestidos, a los abrigos que olían siempre a ropa recién tendida en un día de primavera…

Le llevaron al baño, al olor del jabón de ducha, al pasillo donde treinta años de fotos le recordaron que se había ido, que estaba solo. La buscó en el lugar donde tantas horas había pasado cocinando para él; la buscó en el aroma de las especias,  en el olor de la cesta de los frutos secos, en el sabor de las uvas pasas; pero sólo halló otoño… Y se sentó.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Construirse y reconstruirse

 “A mí no me dan miedo las crisis, ni ésta ni las que te sacuden por dentro, ninguna. Las crisis son como las grietas en la pared o como las goteras, daños colaterales de la vida.”

Ya estaba jubilado, pero cuando le preguntaban a qué se dedicaba, respondía que era albañil. Decía que seguía siendo albañil, que lo sería hasta el último día, que cuando uno ama su profesión no se puede desprender de ella de un día para otro.

Le conocí hace tres años en un curso de construcción bioclimática; no he vuelto a verlo jamás pero nunca olvidaré aquella comida.

Fue el verano en el que la crisis se volvió sicótica, o nos volvió a nosotros, o nos volvimos nosotros sicóticos… El verano en el que nos despertábamos cada día con la amenaza de un rescate en forma de titular, en el que cada día la prima de riesgo alcanzaba un nuevo máximo y parecía que el mundo nunca más iba a ser el lugar que habíamos conocido. ¡Qué distinto se ve todo con la perspectiva de tres años...! En aquel momento, al final, todas las conversaciones acababan girando en torno al miedo y a la incertidumbre; la de aquel día también lo hizo.

Él nos escuchaba, nos observaba y seguía comiendo tranquilo; disfrutaba de cada bocado. Recuerdo como si fuera ahora como mojaba el pan en el aceite y entornaba los ojos al llevárselo a la boca como si fuera la primera vez que probaba ese manjar… Nos dejó navegar por nuestra catarsis hasta que hubo un momento de silencio, entonces intervino él:

-A mí no me dan miedo las crisis, ni ésta ni las que te sacuden por dentro, ninguna. Las crisis son como las grietas en la pared o como las goteras, daños colaterales de la vida.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Repartir la luz

Alberto Sierra es un artista que captura momentos de la vida y los acompaña de una historia para soñar. Alberto Sierra escribía en su cuenta de Instragram acompañando a esta fotografía: “Cada mañana cortaba la luz, la metía en cajas de metacrilato y la repartía entre sus amistades”.

Fotografía de Alberto Sierra. Instagram: @albertosierra 

Cuando lo leí pensé que sería maravilloso, sería una fortuna poder almacenar y conservar la luz.

Cajas guardadas en el cajón de la oficina para ser vertidas sobre tu jefe en el momento más agrio.

Cajas de luz para repartir entre tus ya compañeros de la cola del paro.

Cajas para cuando toca partir y cajas para cuando hay que regresar.

Cajas para los lunes, y para los lunes al sol.

Cajas para los diagnósticos que te hielan el alma.

Cajas para soportar las dudas y cajas para afrontar las certezas.

Cajas para las noches de insomnio y cajas para las noches de sábado que se convierten en tardes de domingo…

Cajas para llenar de luz las despedidas, las rupturas, las tardes de domingo raras…

Cajas para iluminar la soledad y cajas para vaciar el silencio.

Cajas para pedir perdón.

Cajas para decir “tenías razón”.

Cajas para decir GRACIAS.

Cajas llenas de tiritas para curar las heridas del alma…

lunes, 7 de septiembre de 2015

Un faro en el mar


Somos capaces de recordar el día que aprendimos a montar en bicicleta; el lugar exacto en el cual, por primera vez, nos soltamos, nos soltaron, nos dejamos llevar y recorrimos nuestros primeros metros solos.

Como si fuera una película a cámara lenta, somos capaces de revivir cada segundo de aquella tarde en la que el sol, ya cansado de esperar, no vio cómo nos sumergíamos en la piscina desafiando a la gravedad; por primera vez, sintiendo el agua primero en la cabeza, después en los hombros y poco a poco recorriendo todo nuestro cuerpo para invitar a los pies a experimentar la extraña sensación de ser los últimos en llegar. 

Podríamos acertar la temperatura exacta, la ropa que nos sobraba y las personas que se cruzaron en nuestro camino la tarde en la que nos dimos nuestro primer beso.

El primer viaje en avión, la primera entrevista de trabajo, el último examen, el primero.

La primera vez que nos desnudamos por amor, la primera que lo hicimos por sexo. La primera vez que vimos el mar o la nieve, la primera que nos bañamos sin ropa en aguas saladas. La primera despedida. 

viernes, 24 de julio de 2015

El día fuera del tiempo

A menudo me pregunto adonde irán los sentimientos que no nos atrevemos a transmitir; adonde esos besos que se quedan en una leve mueca, esas palabras que mueren en el suspiro o los abrazos que terminan atrapados en los bolsillos sin atreverse a ver la luz.


Muchas veces he pensado que necesariamente tienen que ir a parar a alguna playa desierta, o todo lo contrario, a alguna isla llena de gente falta de amor. Porque no puede ser que los seres humanos cometamos semejante torpeza; no podemos permitirnos tamaño derroche.

Ayer, me invitaron a una fiesta. La fiesta será mañana 25 de julio. Cuando pregunté que qué se celebraba, me dijeron que celebran el Día fuera del tiempo o el Día perdido en el tiempo.

Me explicaron que el calendario maya establecía 13 meses de 28 días –coincidiendo con el ciclo lunar, el ciclo menstrual y otra serie de ciclos de la Tierra…- lo cual hacía un total de 364 días. Para llegar a los 365 del calendario gregoriano que se impuso más tarde y que actualmente opera a nivel mundial sobra un día.

domingo, 12 de julio de 2015

Nunca jugué a fútbol

Nunca jugué a fútbol, nunca me atreví a intentarlo. Siempre encontré una excusa para quedarme sentado junto a la línea blanca.
Ya nunca sabré que hubiera ocurrido si por una vez, por una sola vez, me hubiera atrevido a cruzar la banda. 

Quizá hubiera disfrutado, quizá no.

Quizá hubiera sido bueno, quizá no.

Tal vez hubiese sido mediocre, tal vez lo suficiente para pasar desapercibido y no ser el que no jugaba a fútbol.

Pero de algún modo, por alguna incomprensible razón, todos habían dado por hecho que yo no podía jugar bien a fútbol. Y yo me lo creí.

No tuve valor para saltar al campo pero tampoco tuve ayuda. Nadie me tendió la mano, nadie me ofreció el balón desde dentro del campo. Nadie puso un poco de luz en aquellas mañanas grises.

Y yo, cometí la torpeza de pensar, de creer, que si no valía para jugar a fútbol tampoco para saltar al río desde la roca más alta, para colarme en la casa azul por la ventana, para cruzar la carretera por el estrecho túnel de la alcantarilla, para pasear por la cornisa de la iglesia con los ojos cerrados, para que mis zapatillas fuera las más bonitas de la clase…

lunes, 29 de junio de 2015

Orgullo

- Mamá, ¿qué significa Orgullo gay? –le preguntaba este sábado un niño a su madre al ver pasar a un coche lleno de banderas multicolor y rótulos reivindicativos.


No tuve tiempo de pararme a escuchar qué respondió aquella madre; llegaba tarde a una boda, pero me quedé dudando si yo sería capaz de definir qué es el orgullo. Explicarle a un niño que es ser gay es tremendamente fácil, pero explicar lo que significa el orgullo...

No tuve tiempo de pararme a escuchar pero sí de buscar en internet mientras daba mis últimos pasos hacia la iglesia el significado de la palabra Orgullo. Orgullo es,  según la RAE: arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.

Leí la definición, no me gustó y pensé que si fuera aquella madre no es lo que me gustaría transmitirle a mi hijo, pero tampoco tenía muy claro qué era para mí el orgullo en ese contexto. La ceremonia ya había empezado, no tuve tiempo para muchas más dilucidaciones.

Decidí quedarme en el último banco. Me senté junto a dos señores octogenarios. Iban ataviados de boda, vestidos con total pulcritud: traje oscuro, camisa blanca, discreta corbata que un día fue tendencia, zapatos relucientes… Di por hecho que eran familia de los novios. Imaginé –porque a mí me encanta imaginar-, que serían los hermanos solteros de algunos de los abuelos, y que como yo, habían llegado tarde y había decidido sentarse atrás.

La boda transcurría con total normalidad hasta que advertí que estaban cogidos de la mano. No era una actitud común para dos hombres de esa edad, mucho menos en un pueblo; ni siquiera si eran hermanos…

lunes, 15 de junio de 2015

El miedo al último viaje


Lo confieso, ésta es una historia robada; robada con nocturnidad y alevosía a un padre y una hija que viajaban frente a mí en un tren Madrid – Zaragoza. No pude evitar escuchar cuando desperté del sueño pero sí podría haber evitado fingir que seguía dormido; podría haber abierto los ojos y concederles así la oportunidad de proteger aquellas lágrimas de la mirada ajena de un fisgón al que le ha faltado tiempo para hacerlas públicas.

Debió ser el llanto desconsolado de ella lo que me despertó. No puede verlas, pero estoy seguro que brotaban de sus ojos verdes enormes lágrimas perfectamente formadas y definidas; porque cuando se llora desde el corazón, cuando el llanto tiene nombre y apellidos, fluye limpio e incesante.

Me costó unos segundos entender lo que ocurría; las lágrimas parecían estar inundando la garganta de aquella joven y las palabras sobrevivían como podían…  Aquella niña con cuerpo de mujer, o aquella mujer que se negaba a abandonar a la niña, había entendido, como lo entendemos todos en algún momento, que iba a desaparecer.

lunes, 1 de junio de 2015

La importancia de tener un nombre

Autor de la foto: Alberto Sierra. Visita su perfil en Instagram.

"Mi madre lo dice siempre... que existimos porque alguien piensa en nosotros y no al revés"
De algún modo, esta elocuente cita había quedado sepultada bajo los escombros de mi conciencia y justo anoche, un suceso de lo más fortuito la rescató del subconsciente.

Vi Princesas, la maravillosa cinta de Fernando León, hace diez años; me encantó. Durante estos años he vuelto a pensar en ella, en Caye, en Zulema, en ese móvil vibrando justo en el momento más inoportuno; he vuelto a escuchar la banda sonora de Manu Chao recordando como las protagonistas encuentran la manera de ser felices a pesar de todo… Pero jamás había recordado ni éste, ni ningún otro fragmento del guion. Ahora sé que forma parte de la película porque lo he buscado.

Anoche, estaba cenando junto a un grupo de amigos en la terraza de un restaurante, en una de las plazas más concurridas de la ciudad, cuando advertimos que un violinista amenizaba nuestra velada; no sabría decir si ya estaba allí o si apareció de repente. Era una delicia escucharle tocar, al menos para nosotros, y lo hacía a un volumen y distancia que bien podrían adjetivarse con la palabra: respeto.

No tocaba por dinero, tocaba para vivir -me contó después-.

lunes, 18 de mayo de 2015

El son de la vida

Cafetería La Bendita - Zaragoza
No sé si nos buscamos por empatía o por egoísmo. No sé si es la necesidad de sentirnos plenamente comprendidos la que nos une, o es la necesidad de sentirnos aliviados al comprobar que no sólo nuestras vidas están llenas de nubes negras…

Inexplicable e irrefrenablemente tendemos a acercarnos a aquellos que están en un punto del camino, al menos, tan angosto como el nuestro.

No recuerdo si lo llamé yo o si me llamó él, si fui yo el primero en ver los rayos de su tormenta o si fue él quien escucho los truenos de la mía; pero ahí estábamos, como tantas veces en los últimos meses, dispuestos a inventarnos una nueva perspectiva desde la que contarnos los mismos lamentos de siempre.

Nos sentamos sin apenas reparar en la persona con la que íbamos a compartir mesa; una anciana de pelo blanco y silueta delicada aparentemente atrapada entre las páginas de un libro.

martes, 12 de mayo de 2015

El drama del desencantado - Gabriel García Márquez



El drama del desencantado 
...el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida
que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas
tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas
noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de
reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción
del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para
siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.
FIN
Gabriel García Márquez

lunes, 4 de mayo de 2015

Hada Luz


Imagen del vídeo de "La fée" de la cantante francesa ZAZ, si lo veis sobran las explicaciones...

Hace unas semanas me presenté al concurso Mírame a los ojos de la Associació del Personal de "la Caixa". La asociación, este año, ponía el foco en la realidad social actual convocando éste concurso de relatos cortos y temática libre. Mi relato no ha sido seleccionado entre los finalistas, sin embargo, me siento muy feliz de haber colaborado con esta iniciativa, y de haber apoyado, de algún modo, a ASA, la asociación a la que pertenece Irene, el hada que inspiró mi relato.

Os dejo el relato; si os gusta, no dejéis de compartirlo en vuestras redes sociales, esta vez es por Irene, Hugo, Nacho...

Hada Luz

Mi profe me dice que no diga que lo vi con mis propios ojos, que eso es una redundancia, yo no me atrevo a preguntarle qué es una redundancia porque no quiero que piense que soy tonta, pero es que lo vi con mis propios ojos, por eso lo cuento, porque lo vi yo misma, con estos dos ojos verdes; bueno, mi tía Tina dice que los tengo azules, pero no es cierto, son verdes; los ojos azules son los de Luz, bueno los de Irene.

lunes, 27 de abril de 2015

Palabras heredadas


Mi abuela se fue hace ya casi diez años, se marchó dejándome un millar de recuerdos, un agujero en el corazón y un puñado de palabras atascadas entre mi garganta y el lugar donde habita la culpa.

Quiso dejarme al partir la caja donde ella guardaba las cartas que le enviaban sus hijos desde el extranjero; cartas que jamás pudo responder de su puño y letra. Fue una de las tantas personas que sufrieron los dramáticos acontecimientos del pasado siglo en España, era sólo una más entre los tantos millones de españoles que no sabían leer ni escribir. A decir verdad, ella sí sabía leer, pero tan sólo le enseñaron a replicar su nombre y su primer apellido.

Me dejó la caja llena de historias que yo devolví a cada uno de sus protagonistas, y durante diez años, creí que lo único que contenía era el segundo de sus regalos: una cinta azul de la Virgen del Pilar. Era su amuleto; decía, que como le ocurrió a la Virgen, no le libraba de las bombas de la vida pero sí hacía que no la hirieran de muerte.

lunes, 20 de abril de 2015

Caminar



A veces hay que parar para coger aliento, para respirar; para echar la vista atrás y viendo el camino recorrido decidir cual será el próximo paso.

Después de varios meses publicando cada lunes sobre la actualidad política, a partir de ahora publicaré cada dos semanas. Sobre si voy a continuar escribiendo de política o no, me lo reservo; lo descubriréis en el próximo post ;-)

Muchas gracias por ayudarme a construir este faro. 

¡Feliz lunes!

lunes, 23 de marzo de 2015

Nadie leyó a Miguel Hernández


Hace más de 37 años, Miguel Hernández escribió Aceituneros:

Andaluces de Jaén
Aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?
No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Mukhas: el poder de una Gema



Me salto el protocolo por una vez - o por primera vez-. Esta semana además del post del pasado lunes, quiero compartir con vosotros una grata experiencia que nada tiene que ver con las reflexiones habituales de este blog.

Hace unos días tuve el placer de pasar un rato con los creadores de Mukhas. Os cuento:

Mukhas es una tienda on line –por el momento- donde podemos encontrar mucho más que maravillosas pulseras y collares. En Mukhas  encontramos un nuevo concepto empresarial, un mundo de inspiración sostenible que comienza en la exótica isla de Bali. Mukhas no es sólo un lugar donde adquirir complementos diferentes, es un lugar de encuentro para todos los que compartimos una filosofía de vida

lunes, 16 de marzo de 2015

Mientras nos quede Salvados


Lo he entendido, creo por fin he entendido a Santiago Calatrava; es más, creo que incluso tengo el argumento clave para la defensa de sus múltiples causas abiertas.

Resulta que en la ciudad donde yo vivo hay un monumento a la Constitución; en el paseo que como no podía ser de otro modo lleva por nombre Paseo de la Constitución. Siempre he sentido una especial atracción hacia el mismo. Se trata de tres pirámides de  exactas dimensiones, de unos dos metros de altura,  que colocadas equidistantes simbolizan, con bastante acierto, los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. En el centro, una esfera notablemente inferior encarna a la ciudadanía.  Tal y como yo entiendo las cosas la ciudadanía debería ser una esfera alrededor de las tres pirámides, un círculo virtuoso de control y definición de los tres cuerpos. Pero lo cierto es que siempre he obviado este hecho, me he quedado con la imagen agradable y tranquilizadora de la perfecta armonía de las tres pirámides y lo que estas representan.

El gran problema de este monumento es que no fue ideado por Calatrava, y por tanto, permanece indemne al paso del tiempo, luciendo el mismo brillo y esplendor que hace veinticinco años.

lunes, 9 de marzo de 2015

La sonrisa de Albert Rivera

Foto: www.ondacero.es

No sé si el optimismo es un regalo, una buena fortuna, un preciado legado que algunos tienen la suerte de heredar en su testamento genético, o es una actitud ante la vidaPero lo cierto es que en un ejercicio extremo de simplificación, el mundo se podría separar en dos nuevos hemisferios: el de los optimistas y el de los pesimistas.

Cierto es que como todo en la vida, tampoco esto es blanco o negro: hay grises, blancos, blancos rotos e incluso blancos sucios… Es difícil encontrar una persona cuya piel permanezca impermeable al desánimo durante todo su caminar.  Es difícil porque el camino es impredecible y caprichoso, y a veces, pone ante nosotros piedras tan grandes que hasta el más campante mira con recelo y desdén desde abajo, dudoso de si saltarla o sentarse ahí y como en la poesía de Goytisolo decir: “no puedo más y aquí me quedo, aquí me quedo”.

Pero asumiendo el hecho incontestable de que existe toda gama de colores, y que incluso el blanco más puro puede parecer negro cuando la vida se empeña en apagar todas la luces, no es menos cierto que todos vivimos rodeados de personas que encuentran una salida en el hueco de una cerradura y personas que aun teniendo la llave en la mano, sólo ven una puerta cerrada.

El camino que como sociedad llevamos recorrido ha sido duro y angosto, y el que queda por recorrer no se antoja mucho más liviano. En este áspero paisaje resulta difícil, casi imposible,  mantener el optimismo en todo aquello que a la vida política concierne.

Sin embargo, como en la vida, o más propiamente dicho, dado que es parte de la vida, también en política el destino nos regala de vez en cuando una sonrisa infinita como la de Albert Rivera. Y como ocurre en nuestros círculos más íntimos, también esta sonrisa tiene defectos y también se puede llegar a encontrar en ella el reflejo del rostro más triste; y uno, dependiendo del hemisferio en el que viva, puede decidir obviar las imperfecciones o convertirlas en el centro de su análisis.

No deben convertirse en el centro del análisis: por egoísmo, por necesidad. Necesitamos, descansar, delegar, confiar… Necesitamos creer –y hoy va de citas- que no todo está perdido que Albert Rivera viene a ofrecer su corazón. No se puede vivir eternamente en la crítica, no se puede juzgar sin piedad, no se puede analizar todo con una lupa de aumento; en algún momento hay que parar porque a lo único que conduce tal agotador ejercicio es a la frustración.

Deben quedar a un lado las imperfecciones, porque hay algo que en mi opinión, y lo digo con total convencimiento, está por encima de un programa político o de una medida concreta: Albert Rivera forma parte del hemisferio de los optimistas. No es ninguna nimiedad que quien aspire a gobernar este país, o a convertirse en un elemento político clave, lo haga desde la esperanza; que levante a la gente del sofá, que ponga la maquinaría de la democracia a funcionar de nuevo, que recuerde a los ciudadanos quién legitima a quien, pero que lo haga construyendo ilusión. Bastante duro es lo que hemos vivido, y bastante duro será lo que nos quede por vivir como para infundir más odio, más rabia y más desesperanza en la población. Hay quien parece no haberse planteado la herida social que provoca al hacer del enfado su causa.  Afrontar el cambio y el drama con una sonrisa no es frivolidad, es supervivencia. 

Y por último, pero no por ello menos importante, hay que obviar las imperfecciones porque Ciudadanos merece ser el verdugo del PP. Podremos proclamarnos conservadores o progresistas, moderados o liberales; podremos inventar cualquier otro tipo de nomenclatura para que suene mejor en nuestros oídos, pero la realidad es que siempre ha habido y siempre habrá personas de derechas y personas de izquierdas. Es una obviedad y una necesidad –no puede ser de otro modo-, por tanto, dado que aunque a unos y a otros nos pese, tenemos que convivir con nuestras antípodas políticas, es el momento de que alguien entre en los aposentos de Rajoy y eche a latigazos a todos aquellos que han manchado con sus manos corruptas el nombre de la derecha. Es el momento de que sus fieles votantes les den la espalda y su indiferencia convierta en cenizas a esas aves de rapiña disfrazadas de gaviotas; devolviéndonos así al conjunto de los españoles, una ínfima parte de la dignidad que nos han robado.  

Es el momento de que Ciudadanos remate la faena, y que la herida que ya no puede esconder el Partido Popular, sea herida de muerte. 

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lunes, 23 de febrero de 2015

La pantomima del juez Castro


Una de las cosas positivas que trae consigo el paso del tiempo, además del regalo que en sí mismo es poder ver pasar el tiempo, es la percepción, más o menos serena, y más o menos objetiva de uno mismo. Con los años, comienzas a distinguir lo que eres de lo que creías ser y empiezas a reconocer, al menos ante la almohada, cual es la línea que define y marca donde empiezas y donde acabas.

El tiempo se lleva el brillo de la mirada, la luz de la piel y el color de las sienes, pero a cambio nos deja serenidad y aplomo. No sé si salimos muy bien parados de este inevitable trueque, pero gracias a él conseguimos pactar con nosotros mismos los términos en los que queremos ir viviendo el resto de nuestros días. Es la calma la que nos permite reconocer nuestras miserias y debilidades; ambas, semillas de las actuaciones más reprobables. Y sólo en calma podemos acordar las leyes que regirán en adelante.

Sólo con el paso de los años y las cicatrices de las heridas auto infligidas, entendemos que debemos ponernos límites, normas a nosotros mismos, normas de auto convivencia. Y sólo, las que nacen de nuestro pleno convencimiento son cumplidas y respetadas.

Como en el ámbito individual, en lo colectivo, las leyes no deberían ser otra cosa que nuestras reglas del juego, las que nosotros, los ciudadanos, decidiéramos  en un ejercicio maduro y sereno. Las leyes, deberían ser las bandas que delimitan el campo donde queremos jugar, pero dichas bandas, para que gocen de sentido, de legitimidad, deberían ser pintadas por los jugadores. Las leyes son nuestros límites como sociedad, son el reconocimiento expreso de nuestras miserias; son la asunción de las atrocidades que somos capaces de cometer cuando nos invade la ira, la euforia o la desesperanza.  

Probablemente por eso, porque las leyes deberían manar de nuestra esencia colectiva, porque deberían reflejar lo que somos; no hemos entendido que la Ley no lo contemple que el Juez Castro pueda concluir el caso Palma Arena.

Esta semana, el Tribunal Superior de Justicia de las Islas Baleares (TSJIB) ha dictado que el Juez Castro no puede posponer su jubilación –como tantos miles de españoles- y cerrar así uno de los casos de corrupción que más importan a los españoles. Argumentan que la Ley no contempla tal posibilidad.

Será verdad, será cierto que la Ley no contempla tal posibilidad y que el TSJIB dicta su sentencia única y exclusivamente amparándose en la legalidad; el problema es que nadie se lo cree. Lo dramático, es que al leer la noticia, lo que la inmensa mayoría del pueblo español siente –y lo siente en las vísceras- es que esto es otra argucia para evitar que se imparta justicia; que durante todos estos meses hemos sido víctimas de una pantomima en la que nos han dejado creer que el sistema todavía funciona pero que al final, cuando toca resolver la trama, la complican y enredan de un modo en el que nadie sabe si se encienden las luces porque se ha acabado la función o si se trata de un receso para acudir al escusado. Nos hemos sentido, una vez más, humillados.

Si el caso no fuera el que es y si los imputados no fueran quienes son, quizá nos creeríamos que el TSJIB actúa como actúa en un ejercicio de aplicación taxativa de la ley. Pero lo cierto es que el caso es el que es y los imputados son los que son. Por tanto, si el poder judicial ha actuado correctamente, si al amparo de la Ley no puede concluir sino como ha concluido, deberá entrar en escena el poder legislativo. Porque lo que se ha puesto de manifiesto, una vez más, es que los ciudadanos no nos sentimos amparados en el actual sistema judicial. Desconfiamos de algunos jueces, desconfiamos de la independencia del sistema judicial en su conjunto, desconfiamos incluso de los agonizantes tiempos de resolución de una causa -consecuencia directa de la falta de dotación presupuestaria a los juzgados-, y ahora además, recelamos de las propias leyes.

Las leyes pueden y deben ser cambiadas porque es peligroso, muy peligroso, que la inmensa mayoría de los ciudadanos sienta rabia, frustración o humillación al escuchar una sentencia judicial. Las leyes ni son ni deberían ser un cubo estático e inamovible; las leyes deberían dibujarse y desdibujarse para mostrar en todo momento nuestro principio y nuestro fin como sociedad.
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lunes, 16 de febrero de 2015

El engaño de Pedro Sánchez a Tomás Gómez


Tenemos, los seres humanos, la capacidad innata de detectar el peligro y todo lo que a éste le rodea. Tenemos, la habilidad de identificar el engaño antes de que se produzca.

Debe ser una cuestión de supervivencia; sin lugar a dudas, tiene que estar relacionado con nuestro pasado, con el pasado más remoto; aquel en el cual formábamos parte de la Tierra como una especie animal más. 

Y aunque los millones de años que acompañan nuestra historia han borrado la práctica totalidad de los rasgos que nos caracterizaban, el tiempo no ha podido con esa inexplicable fuerza que hace que se nos ericen los vellos, se afile la mirada y el corazón comience a bombear sangre hacia los rincones más inhóspitos de nuestro cuerpo. No hemos perdido, afortunadamente, la intuición que nos alerta de una mirada esquiva, de un quiebro en la voz o de unas manos sudorosas e impacientes.

Lejos de perderla, parece que con los años hemos desarrollado todavía más –o hemos aprendido a utilizar mejor- la habilidad de ponernos en guardia incluso cuando quien nos acecha se halla a cientos de kilómetros de distancia y no podemos si quiera notar el ritmo acelerado de su respiración. Debe ser que una legislatura de comparecencias del Presidente del Gobierno a través de un plasma hace que se desarrollen los sentidos más insospechados.

El líder del PSOE ha cesado al candidato a la presidencia del gobierno de Madrid, y al hacerlo lo ha acusado de manera velada de conductas de dudoso rigor; sin embargo, llevamos una semana sin ver ni oír a Pedro Sánchez hablar de la destitución de Tomas Gómez. Los ciudadanos, madrileños o no, no hemos tenido la oportunidad de escuchar ni la menor explicación al respecto. Llevamos días sin poder observar si sus manos tiemblan o no mientras habla de ello, si baja la mirada o si se le quiebra la voz mientras explica los motivos de su actuación. Sin embargo, es tal la habilidad que hemos desarrollado, que incluso sin necesidad de mirarle a los ojos, o tal vez porque no hemos podido verlos, tenemos los vellos como escarpias y las garras afiladas, preparadas para salir corriendo u atacar según se tercie.

Pedro Sánchez ha hecho lo que tanta gente llevamos tanto tiempo reclamando: dar un puñetazo encima de la mesa y señalar con el dedo a aquel que no es digno de representarnos; y sin embargo, cuando parece que por fin alguien hace aquello que llevamos años esperando, cuando alguien deja de negar lo evidente y reconoce que en su partido hay ovejas descarriadas que deben ser apartadas del rebaño, nadie nos creemos ni aplaudimos su decisión. ¿Por qué?

Sólo se me ocurre una respuesta: los seres humanos no hemos perdido la capacidad de detectar el peligro y todo lo que a éste rodea, no hemos perdido la habilidad de identificar el engaño antes de que se produzca. 

lunes, 9 de febrero de 2015

Monedero o como limpiar las manchas de duda


Es difícil, muy difícil, convivir con la duda; en ocasiones incluso insoportable. No con una duda en concreto, no con la ausencia de conocimiento acerca de un hecho o cuestión, sino con aquella que tiene que ver con la confianza, con la pérdida de confianza en alguien. En ocasiones los sucesos más banales, los más irrelevantes, desencadenan tormentas de incertidumbres que anegan en segundos lo construido en años de convivencia.  La duda es una mancha de difícil limpieza para la cual  el único remedio que funciona –y no siempre- es dejar pasar el tiempo; es una herida que paradójicamente, sólo la puede cerrar quien la abrió; es la  enfermedad convertida en enfermero.  

Peor suerte corre la mácula si la herida trasciende los límites de lo cotidiano, si quien nos ha defraudado no tiene la oportunidad de rescindir su honor cada día,  con cada nuevo gesto, con cada nueva mirada. Cuando la duda es vertida sobre la imagen pública, cuando lo que se pone en cuestión es la confianza en alguien como profesional o como figura pública; la mancha, incluso con tiempo, es casi imposible de borrar.

Si la vida te da la oportunidad de vivir de cerca el descrédito público de un ser querido, que además de querido –o por encima de querido- es inocente; y observar como a pesar de contar con la sentencia de un juez que así lo confirma, tiene que soportar seguir arrastrando una mochila llena de voces que entonan aquello del “cuando el río suena…”; si eso ocurre, aprendes a poner en entredicho cualquier tipo de información al respecto de posibles actuaciones reprobables por parte de figuras públicas, a cuestionar incluso que un juez haya admitido a trámite una demanda. Porque el jocoso refranero español, fiel reflejo de nuestra sociedad, está lleno de prejuicios. Y no, no siempre que el río suena lleva agua.

En estos momentos España está desbordada de ríos que suenan, y que llevando agua o sin llevarla, han convertido el país en una marisma de lodos en la que cuesta caminar con confianza, caminar sin prejuzgar.

Es difícil no dudar de Tania Sánchez  o de Juan Carlos Monedero, por ejemplo,  pero hay que hacerlo, hay que poner en entredicho todo lo que leemos y escuchamos porque en ocasiones viene sesgado, manipulado o incorrectamente explicado. Ya bien sea porque los medios de comunicación necesitan generar noticias impactantes fáciles de digerir y comprar, o porque los periodistas no tienen ni el tiempo ni los recursos para ahondar correctamente en lo que está ocurriendo; la realidad es que a menudo nos encontramos con informaciones que siendo ciertas -en algunos aspectos-, transmiten al receptor de la noticia una idea distorsionada de la realidad.

La comisión de investigación a Tania Sánchez concluye que no hubo irregularidades en su gestión, pero la duda ya planea sobre ella, la mancha ya está ahí, la mochila llena de voces escépticas ya pesa sobre su espalda para siempre. Porque siempre habrá alguien que la única lectura que haga de todo esto sea, que si la han investigado es porque hay algo que investigar.

Juan Carlos Monedero, por su parte, ya ha pagado sus deudas con Hacienda, ya ha regularizado su situación, sin embargo, nunca nadie sabremos si tributó a través de una empresa para ahorrarse un importante monto de dinero o si lo hizo porque desconocía la forma correcta de hacerlo. Resulta difícil de entender que un profesor universitario no tenga a su alcance medios para formarse e informarse de sus obligaciones tributarias, pero incluso eso hay que ponerlo en cuarentena. Porque Monedero pudo haber delegado su confianza en algún experto en materia fiscal que le  asesorara que ésta era la forma correcta de proceder.  Nunca lo sabremos, sólo él y su almohada tienen la respuesta a esa pregunta que para nosotros seguirá dando tumbos de un lado a otro de nuestras cabezas, hasta que otro asunto ocupe su lugar.

No podemos, o no debemos, juzgar a Monedero porque no sabemos si actuó o no de buena fe, pero si podemos discutir su forma de arremeter contra la casta ahora que sabemos que él también comete torpezas. Hoy que sabemos que su historial patrio no es inmaculado, hoy que tenemos la certeza de que él, por obra u omisión, también comete pecados, podemos cuestionar que ataque con tanta prepotencia al resto de la clase política, que los tilde de corruptos y los acuse sin compasión de no tener conciencia de Estado. Ahora, que sabemos que Monedero había regularizado sus cuentas pocos días antes de retar públicamente al ministro de Hacienda, sí podemos preguntarnos por su humildad y su honradez;  no porque haya podido intentar defraudar a Hacienda –y con ello a todos los españoles-, sino porque lo que se espera de alguien que ha tropezado y ha caído –y que además aspira a dirigir nuestro país-, es que se levante sabiéndose más humano, más humilde.


Parece que Monedero, a pesar de no parar de repetirlo, no ha entendido que este país está en una situación muy grave, dramática;  y que lo que España necesita no son líderes que lancen discursos envenenados intentando conectar con la rabia y la desesperanza de la población, lo que España precisa son líderes humildes, honrados y honestos que conecten con la esperanza y la ilusión de los ciudadanos, que de verdad comprendan que una nueva decepción sería insoportable. Líderes, que le den la vuelta a este país, pero que lo hagan sin partirlo en mil pedazos. 

lunes, 26 de enero de 2015

Rosas rojas para Susana Díaz


La vida está llena de finales que jamás habías sospechado –o algo así creo que decía el anuncio de un coche al respecto de la inverosímil historia de unos patitos de goma-; y lo cierto es que conforme avanzamos en el camino vamos comprobando empíricamente la realidad –a veces amable, a veces cruel- de esta afirmación.  Que la política forma parte de la vida nadie lo duda, por tanto, el silogismo es evidente: también la política está llena de finales que jamás habías sospechado.

De episodios que contrastan esta improvisada teoría está llena la historia. Tratar de hacer cualquier tipo de vaticinio al respecto de lo que ocurrirá el próximo otoño, de quién o quiénes gobernarán nuestro país en los próximos cuatro años, es un ejercicio de mera especulación.

Ahora bien, habida cuenta de los resultados electorales en Grecia –habrá que ver cómo evoluciona su economía de aquí a otoño y qué lectura hacen unos y otros de ello - y del terreno pantanoso en el que se mueven PP y PSOE; a día de hoy, desde este punto del camino, podemos vislumbrar que las luces del Congreso adquieren tintes violetas cada vez más definidos.

Que el Partido Popular camina en cortejo fúnebre hacia el cementerio es más que evidente, que aun así salvará los muebles gracias al miedo de unos y a la inmunidad ante la crisis de otros, también parece una obviedad de la que sería redundante seguir escribiendo. Que el PSOE anda dando tumbos en manos de un líder que no parece tener clara su postura política, ni cómo hacer frente a la campaña contra Podemos: más de lo mismo.

La novedad son las oscuras argucias de las elites del partido de los trabajadores –como ellos se empeñan en seguir llamándose-.  Esta semana hemos descubierto que el bueno de Zapatero y el patriota de Bono, se reunieron con Pablo Iglesias e Iñigo Errejón sin que el líder de los socialistas tuviera la menor idea. También esta semana, casualidades político-mediáticas, Susana Díaz comienza a plantearse el adelanto electoral en Andalucía, Zapatero la retrata como la mejor líder ejerciente y empiezan a filtrarse noticias postulándola como candidata a la Moncloa.

Pero en política y en comunicación poco hay de casual en pleno siglo XXI, así que en realidad todo parece responder a una campaña orquestada por el sector más poderoso del partido para apartar a Pedro Sánchez y colocar a la presidenta de Andalucía al timón de un barco que hace aguas. Aunque quién sabe, porque si la estrategia acabara ahí, sobraría de esta ecuación la incógnita del almuerzo entre las viejas glorias del PSOE y las noveles promesas de la política española.

Susana Díaz está en su derecho a querer ser la primera presidenta del gobierno español y los miembros del PSOE de manifestar apoyo a su candidatura, pero lo que no es legítimo es operar con nocturnidad y alevosía. Si Díaz tiene aspiraciones a la Moncloa que lo diga clara y llanamente, y si no las tiene que lo manifieste con rotundidad y haga público su apoyo a Pedro Sánchez. Si Zapatero y Bono se sienten hoy más próximos a Pablo Iglesias solo tienen que abandonar el PSOE, pero si siguen formando parte de la organización deberían hacerlo con modestia, lealtad y sentido del deber.

El problema es que modestia y ambición son dos palabras de difícil conjunción; y  al naufragio del PSOE se le suma ahora un nuevo embiste: el de la codicia de sus líderes; la de los presentes y la de los que no asumen que su momento ya pasó, y se dedican a maquinar a hurtadillas quien sabe qué. Ni los unos ni los otros tienen conciencia de Estado por muy patriotas que se autoproclamen. Es muy lícito ser ambicioso, es respetable buscar el crecimiento personal y profesional; de hecho, es hasta necesario para que el sistema económico capitalista funcione. Ahora bien, todo aquel que antepone sus intereses personales a los colectivos, todo aquel cuyo liderazgo y ambición no encuentra fin en la propia satisfacción que genera comprobar la mejora del bienestar colectivo, no debe dedicarse a la política. Un político debe anteponer los intereses del Estado a los suyos; debe vivir la política con dedicación, abnegación y sacrificio; aunque el sacrificio suponga apartarse del camino por el bien del partido, en aras del bien del país. 

Bono puede actuar como le plazca, Zapatero puede comer con quien considere y Díaz puede seguir hablando ambiguamente de trenes hasta el día que estime oportuno; ahora bien, habrán de asumir las consecuencias que sus actos tengan para el partido y por extensión, para el país. Porque lo que el PSOE no ha terminado de comprender es que ni siquiera el asesor político más lúcido de España es más hábil que el conjunto de los españoles, y que España en su conjunto está al límite de su paciencia –en lo que a rufianerías políticas se refiere-.

Los militantes del PSOE  no deberían perdonar que se menosprecie su voto colocando a un líder a dedo, ni cualquier tipo de manipulación que no nazca del deseo general de las bases. Los andaluces no deberían consentir elegir a una presidenta que unos meses más tarde ceda el mando de Andalucía para irse a probar fortuna a Madrid –salvo que la eligieran sabiendo de antemano que ese es el plan-, y los españoles no deberíamos encumbrar a ningún líder que no respete los valores democráticos. Tampoco debería quedar impune la ausencia de explicaciones al respecto de una reunión que a priori carece de toda lógica.

La soberbia de la élites de una las formaciones políticas más importantes de España –hasta el momento- les impide dar un paso atrás, les impide respetar el proceso democrático del propio partido; ver,  que la propia organización es una muestra del conjunto de la población y que no hay candidato más legítimo que el legitimado por los votos.


Ciegos de vanidad, no  advierten en el PSOE que militantes y simpatizantes están tirando al suelo las rosas que un día empuñaban con orgullo; y que los maltrechos pétalos van formando poco a poco la alfombra roja por la que Pablo Iglesias ascenderá al Congreso a recoger los pedazos que queden de España. 

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lunes, 12 de enero de 2015

La eterna batalla contra el miedo


Cuando 11 de septiembre de 2001 las Torres Gemelas fueron derribadas en un ataque terrorista sin precedente, produjeron una onda expansiva con más alcance que el de la bomba de Hiroshima; una onda que llega hasta nuestros días y parece no tener fin. Con la caída, no solo acababan dramáticamente las vidas de miles de personas, sino que empezaba un proceso de expansión del miedo a lo largo del mundo occidental contemporáneo sin parangón.

De algún modo, en la vida de todos nosotros hay un antes y un después de esas escalofriantes imágenes; y eso, que en aquel momento todavía no éramos conscientes que aquella sólo era la primera batalla de una guerra; una guerra lenta, silenciosa y cruel de difícil solución: la guerra del miedo.

No sé si quienes perpetraron los atentados de París el pasado miércoles eran o no largos de miras; cuesta entender que una persona con la cabeza bien amueblada pueda llevar a cabo una venganza tan desproporcionada y peligrosa para su persona en nombre de un dios. Pero sin lugar a dudas, los que orquestaron el asalto a la revista Charlie Hebdo son mentes lúcidas y preparadas. Son los mismos que conmocionaron a España el 11 de marzo de 2004, a Londres en 2005 o a Boston en 2013, y saben que no pueden empezar –al menos no ahora- una guerra al uso contra occidente, pero saben que en la batalla contra el miedo pueden salir victoriosos.

El miedo es como un gas que necesita expandirse y llenar todo el espacio. El miedo se cuela por debajo de las puertas para recorrer cada baldosa, acariciar cada cuadro, besar cada fotografía y acabar sentándose a nuestro lado en el sofá. El miedo  bebe de nuestra taza de café y come de nuestra porción de chocolate, se disfraza de aire puro para entrar en nuestros pulmones, en nuestra sangre, y conseguir así recorrer hasta el último rincón de nuestro cuerpo.

Desde el 11S nadie ha vuelto a viajar en un avión sin preguntarse si será su último vuelo, nadie se adentra en la boca del metro con la tranquilidad que antes lo hacía, nadie mira sin temor las mochilas olvidadas en un centro comercial o acude a un concierto sin pensar que quizá el final del concierto no lo decida la banda. La vida ha dejado de ser como era.

Pero fantasmas los ha habido siempre: el fantasma de ETA que se escondía en cada esquina del Corte Inglés; el fantasma de la Guerra Fría, el telón de acero y la amenaza de una tercera guerra mundial; el fantasma de Franco que se manifestaba en forma golpe de Estado; el propio Franco, Pinochet, la Argentina de Videla…

Los monstruos han estado siempre ahí, nos han acompañado en cada momento histórico que nos ha tocado vivir. Quizá ahora han cambiado de forma, han adquirido un aura de cotidianidad que los hace más  insoportables. Quizá la rapidez y transparencia con la que se propagan noticias e imágenes –algunas de dudosa necesidad informativa-, no ayuden a procesar sosegadamente los acontecimientos. O quizá, simple y llanamente, son los miedos que nos tocan vivir hoy, sufrir hoy, padecer hoy; y por tanto, los que sentimos y soportamos en primera persona del presente de indicativo; seguramente es una cuestión de perspectiva.

Pero a los monstruos de hoy, como a los monstruos de ayer, solo hay una manera de hacerlos pequeños: mirarles a los ojos. Al miedo, para vencerle, hay que mirarle a la cara y caminar hacia él con paso firme, no existe otro modo, no hay otra manera.

Desde París a Estocolmo, desde la revista Mongolia al New York Times; profesión, políticos y ciudadanos han demostrado valentía, han demostrado que tienen miedo –cómo no lo van a tener- pero que son capaces de seguir adelante. Ha sido estremecedor ver a tantas personas, de tantos colores y con tantos matices, salir a la calle con un bolígrafo en la mano como única armaHay tantas maneras de gestionar el miedo como personas sobre la faz de la tierra, por eso, ha sido alentador comprobar que la reacción al miedo -al menos por el momento- no ha sido ni la ira ni la rabia, sino la unión pacífica de un pueblo herido .

La plaza de la République, llena de cristianos, musulmanes y judíos, rebosante de agnósticos y ateos, atestada de liberales y conservadores;  ha vuelto a legitimar a Francia como el espejo de todo aquel que quiera poner a examen los pilares de su civilización: la libertad, la igualdad y la fraternidad. 


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