lunes, 12 de enero de 2015

La eterna batalla contra el miedo


Cuando 11 de septiembre de 2001 las Torres Gemelas fueron derribadas en un ataque terrorista sin precedente, produjeron una onda expansiva con más alcance que el de la bomba de Hiroshima; una onda que llega hasta nuestros días y parece no tener fin. Con la caída, no solo acababan dramáticamente las vidas de miles de personas, sino que empezaba un proceso de expansión del miedo a lo largo del mundo occidental contemporáneo sin parangón.

De algún modo, en la vida de todos nosotros hay un antes y un después de esas escalofriantes imágenes; y eso, que en aquel momento todavía no éramos conscientes que aquella sólo era la primera batalla de una guerra; una guerra lenta, silenciosa y cruel de difícil solución: la guerra del miedo.

No sé si quienes perpetraron los atentados de París el pasado miércoles eran o no largos de miras; cuesta entender que una persona con la cabeza bien amueblada pueda llevar a cabo una venganza tan desproporcionada y peligrosa para su persona en nombre de un dios. Pero sin lugar a dudas, los que orquestaron el asalto a la revista Charlie Hebdo son mentes lúcidas y preparadas. Son los mismos que conmocionaron a España el 11 de marzo de 2004, a Londres en 2005 o a Boston en 2013, y saben que no pueden empezar –al menos no ahora- una guerra al uso contra occidente, pero saben que en la batalla contra el miedo pueden salir victoriosos.

El miedo es como un gas que necesita expandirse y llenar todo el espacio. El miedo se cuela por debajo de las puertas para recorrer cada baldosa, acariciar cada cuadro, besar cada fotografía y acabar sentándose a nuestro lado en el sofá. El miedo  bebe de nuestra taza de café y come de nuestra porción de chocolate, se disfraza de aire puro para entrar en nuestros pulmones, en nuestra sangre, y conseguir así recorrer hasta el último rincón de nuestro cuerpo.

Desde el 11S nadie ha vuelto a viajar en un avión sin preguntarse si será su último vuelo, nadie se adentra en la boca del metro con la tranquilidad que antes lo hacía, nadie mira sin temor las mochilas olvidadas en un centro comercial o acude a un concierto sin pensar que quizá el final del concierto no lo decida la banda. La vida ha dejado de ser como era.

Pero fantasmas los ha habido siempre: el fantasma de ETA que se escondía en cada esquina del Corte Inglés; el fantasma de la Guerra Fría, el telón de acero y la amenaza de una tercera guerra mundial; el fantasma de Franco que se manifestaba en forma golpe de Estado; el propio Franco, Pinochet, la Argentina de Videla…

Los monstruos han estado siempre ahí, nos han acompañado en cada momento histórico que nos ha tocado vivir. Quizá ahora han cambiado de forma, han adquirido un aura de cotidianidad que los hace más  insoportables. Quizá la rapidez y transparencia con la que se propagan noticias e imágenes –algunas de dudosa necesidad informativa-, no ayuden a procesar sosegadamente los acontecimientos. O quizá, simple y llanamente, son los miedos que nos tocan vivir hoy, sufrir hoy, padecer hoy; y por tanto, los que sentimos y soportamos en primera persona del presente de indicativo; seguramente es una cuestión de perspectiva.

Pero a los monstruos de hoy, como a los monstruos de ayer, solo hay una manera de hacerlos pequeños: mirarles a los ojos. Al miedo, para vencerle, hay que mirarle a la cara y caminar hacia él con paso firme, no existe otro modo, no hay otra manera.

Desde París a Estocolmo, desde la revista Mongolia al New York Times; profesión, políticos y ciudadanos han demostrado valentía, han demostrado que tienen miedo –cómo no lo van a tener- pero que son capaces de seguir adelante. Ha sido estremecedor ver a tantas personas, de tantos colores y con tantos matices, salir a la calle con un bolígrafo en la mano como única armaHay tantas maneras de gestionar el miedo como personas sobre la faz de la tierra, por eso, ha sido alentador comprobar que la reacción al miedo -al menos por el momento- no ha sido ni la ira ni la rabia, sino la unión pacífica de un pueblo herido .

La plaza de la République, llena de cristianos, musulmanes y judíos, rebosante de agnósticos y ateos, atestada de liberales y conservadores;  ha vuelto a legitimar a Francia como el espejo de todo aquel que quiera poner a examen los pilares de su civilización: la libertad, la igualdad y la fraternidad. 


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4 comentarios:

  1. Fenomenal entrada, Rodrigo. Como siempre.

    Tan solo desear que esa unanimidad en la repulsa, esa unión pacífica frente a la barbarie no sea tan solo flor de un día; que nadie pretenda obtener réditos políticos de ellas, y que todos unidos, día tras día, logremos vencer a la intolorencia y a la intransigencia, con las palabras como única arma y la libertad por bandera.

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    1. ¡Qué razón tienes Paco! Por el momento la reacción ha sido ejemplar pero habrá que ver como deriva todo esto... Ejemplos históricos de las barbaridades y las atrocidades que el ser humano puede hacer no nos faltan... Como escuché decir al profesor Julian Casanova "La historia no se repite, pero de vez en cuando rima".

      Poniendo nombres y apellidos, a mi me preocupa la actitud que pueda tener ahora Le Pen y lo que pueda arrasar con ella. Habrá que confiar en el sentido común de los ciudadanos (que por el momento han estado más que a la altura)

      Saludos

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  2. ¿Qué habría ocurrido si una masacre como la de la escuela de Peshawar del mes pasado (con más de 150 niños y adolescentes muertos) hubiera tenido lugar en España o Francia? ¿O si un padre inmolara a su hija de diez años haciendo estallar su cinturón de bombas en medio de un mercado europeo causando más de veinte víctimas, como ocurrió la pasada semana en Nigeria? Creo que Occidente aun no sabe bien a lo que se enfrenta. No tenemos que olvidar que lo terrible de estos hechos es que ocurran, no dónde lo hagan, y no lo digo sólo por nuestra falta de solidaridad con las víctimas "lejanas", sino también porque la libre circulación de mercancías y capitales que conlleva la globalización tiene algunos efectos secundarios negativos, como la mundialización del miedo y del terror. Y otros que "ahora no toca", pero que me gustaría que comentaras en alguna ocasión con tu afilada pluma (o mejor dicho, teclado).

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    1. En primer lugar, ¡bienvenido! Me encanta la idea de que este blog no sea un lugar donde yo escriba cada semana lo que pienso o necesito -esta semana necesitaba procesar lo ocurrido-, sino un lugar de debate donde todos aportemos y nos nutramos los unos a los otros; así que me alegra enormemente leer tu comentario y espero que así sea en adelante.
      Dicho esto, "No tenemos que olvidar que lo terrible de estos hecho es que ocurran, no dónde lo hagan" ¡Qué gran frase!, ¡qué gran verdad! Quizá puede parecer incluso obvio, pero el problema -y el peligro- es que nadie parece acordarse de tal obviedad. Se está librando una batalla (me asusta la palabra guerra) a nivel internacional y parece que sólo nos importa, o solo nos acordamos cuando lo que está en amenaza es la estabilidad de la vieja Europa.
      Incluso desde un punto de vista egoísta, si queremos acabar con esta amenaza - que como tu dices "Occidente aún no sabe bien a lo que se enfrenta"- debemos hacerlo de una manera global.

      Te dejo un artículo de Arturo Pérez Reverte, escrito en septiembre, que quizá ya hayas leído, que creo te gustará.

      http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/938/es-la-guerra-santa-idiotas/

      Saludos

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