lunes, 23 de febrero de 2015

La pantomima del juez Castro


Una de las cosas positivas que trae consigo el paso del tiempo, además del regalo que en sí mismo es poder ver pasar el tiempo, es la percepción, más o menos serena, y más o menos objetiva de uno mismo. Con los años, comienzas a distinguir lo que eres de lo que creías ser y empiezas a reconocer, al menos ante la almohada, cual es la línea que define y marca donde empiezas y donde acabas.

El tiempo se lleva el brillo de la mirada, la luz de la piel y el color de las sienes, pero a cambio nos deja serenidad y aplomo. No sé si salimos muy bien parados de este inevitable trueque, pero gracias a él conseguimos pactar con nosotros mismos los términos en los que queremos ir viviendo el resto de nuestros días. Es la calma la que nos permite reconocer nuestras miserias y debilidades; ambas, semillas de las actuaciones más reprobables. Y sólo en calma podemos acordar las leyes que regirán en adelante.

Sólo con el paso de los años y las cicatrices de las heridas auto infligidas, entendemos que debemos ponernos límites, normas a nosotros mismos, normas de auto convivencia. Y sólo, las que nacen de nuestro pleno convencimiento son cumplidas y respetadas.

Como en el ámbito individual, en lo colectivo, las leyes no deberían ser otra cosa que nuestras reglas del juego, las que nosotros, los ciudadanos, decidiéramos  en un ejercicio maduro y sereno. Las leyes, deberían ser las bandas que delimitan el campo donde queremos jugar, pero dichas bandas, para que gocen de sentido, de legitimidad, deberían ser pintadas por los jugadores. Las leyes son nuestros límites como sociedad, son el reconocimiento expreso de nuestras miserias; son la asunción de las atrocidades que somos capaces de cometer cuando nos invade la ira, la euforia o la desesperanza.  

Probablemente por eso, porque las leyes deberían manar de nuestra esencia colectiva, porque deberían reflejar lo que somos; no hemos entendido que la Ley no lo contemple que el Juez Castro pueda concluir el caso Palma Arena.

Esta semana, el Tribunal Superior de Justicia de las Islas Baleares (TSJIB) ha dictado que el Juez Castro no puede posponer su jubilación –como tantos miles de españoles- y cerrar así uno de los casos de corrupción que más importan a los españoles. Argumentan que la Ley no contempla tal posibilidad.

Será verdad, será cierto que la Ley no contempla tal posibilidad y que el TSJIB dicta su sentencia única y exclusivamente amparándose en la legalidad; el problema es que nadie se lo cree. Lo dramático, es que al leer la noticia, lo que la inmensa mayoría del pueblo español siente –y lo siente en las vísceras- es que esto es otra argucia para evitar que se imparta justicia; que durante todos estos meses hemos sido víctimas de una pantomima en la que nos han dejado creer que el sistema todavía funciona pero que al final, cuando toca resolver la trama, la complican y enredan de un modo en el que nadie sabe si se encienden las luces porque se ha acabado la función o si se trata de un receso para acudir al escusado. Nos hemos sentido, una vez más, humillados.

Si el caso no fuera el que es y si los imputados no fueran quienes son, quizá nos creeríamos que el TSJIB actúa como actúa en un ejercicio de aplicación taxativa de la ley. Pero lo cierto es que el caso es el que es y los imputados son los que son. Por tanto, si el poder judicial ha actuado correctamente, si al amparo de la Ley no puede concluir sino como ha concluido, deberá entrar en escena el poder legislativo. Porque lo que se ha puesto de manifiesto, una vez más, es que los ciudadanos no nos sentimos amparados en el actual sistema judicial. Desconfiamos de algunos jueces, desconfiamos de la independencia del sistema judicial en su conjunto, desconfiamos incluso de los agonizantes tiempos de resolución de una causa -consecuencia directa de la falta de dotación presupuestaria a los juzgados-, y ahora además, recelamos de las propias leyes.

Las leyes pueden y deben ser cambiadas porque es peligroso, muy peligroso, que la inmensa mayoría de los ciudadanos sienta rabia, frustración o humillación al escuchar una sentencia judicial. Las leyes ni son ni deberían ser un cubo estático e inamovible; las leyes deberían dibujarse y desdibujarse para mostrar en todo momento nuestro principio y nuestro fin como sociedad.
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lunes, 16 de febrero de 2015

El engaño de Pedro Sánchez a Tomás Gómez


Tenemos, los seres humanos, la capacidad innata de detectar el peligro y todo lo que a éste le rodea. Tenemos, la habilidad de identificar el engaño antes de que se produzca.

Debe ser una cuestión de supervivencia; sin lugar a dudas, tiene que estar relacionado con nuestro pasado, con el pasado más remoto; aquel en el cual formábamos parte de la Tierra como una especie animal más. 

Y aunque los millones de años que acompañan nuestra historia han borrado la práctica totalidad de los rasgos que nos caracterizaban, el tiempo no ha podido con esa inexplicable fuerza que hace que se nos ericen los vellos, se afile la mirada y el corazón comience a bombear sangre hacia los rincones más inhóspitos de nuestro cuerpo. No hemos perdido, afortunadamente, la intuición que nos alerta de una mirada esquiva, de un quiebro en la voz o de unas manos sudorosas e impacientes.

Lejos de perderla, parece que con los años hemos desarrollado todavía más –o hemos aprendido a utilizar mejor- la habilidad de ponernos en guardia incluso cuando quien nos acecha se halla a cientos de kilómetros de distancia y no podemos si quiera notar el ritmo acelerado de su respiración. Debe ser que una legislatura de comparecencias del Presidente del Gobierno a través de un plasma hace que se desarrollen los sentidos más insospechados.

El líder del PSOE ha cesado al candidato a la presidencia del gobierno de Madrid, y al hacerlo lo ha acusado de manera velada de conductas de dudoso rigor; sin embargo, llevamos una semana sin ver ni oír a Pedro Sánchez hablar de la destitución de Tomas Gómez. Los ciudadanos, madrileños o no, no hemos tenido la oportunidad de escuchar ni la menor explicación al respecto. Llevamos días sin poder observar si sus manos tiemblan o no mientras habla de ello, si baja la mirada o si se le quiebra la voz mientras explica los motivos de su actuación. Sin embargo, es tal la habilidad que hemos desarrollado, que incluso sin necesidad de mirarle a los ojos, o tal vez porque no hemos podido verlos, tenemos los vellos como escarpias y las garras afiladas, preparadas para salir corriendo u atacar según se tercie.

Pedro Sánchez ha hecho lo que tanta gente llevamos tanto tiempo reclamando: dar un puñetazo encima de la mesa y señalar con el dedo a aquel que no es digno de representarnos; y sin embargo, cuando parece que por fin alguien hace aquello que llevamos años esperando, cuando alguien deja de negar lo evidente y reconoce que en su partido hay ovejas descarriadas que deben ser apartadas del rebaño, nadie nos creemos ni aplaudimos su decisión. ¿Por qué?

Sólo se me ocurre una respuesta: los seres humanos no hemos perdido la capacidad de detectar el peligro y todo lo que a éste rodea, no hemos perdido la habilidad de identificar el engaño antes de que se produzca. 

lunes, 9 de febrero de 2015

Monedero o como limpiar las manchas de duda


Es difícil, muy difícil, convivir con la duda; en ocasiones incluso insoportable. No con una duda en concreto, no con la ausencia de conocimiento acerca de un hecho o cuestión, sino con aquella que tiene que ver con la confianza, con la pérdida de confianza en alguien. En ocasiones los sucesos más banales, los más irrelevantes, desencadenan tormentas de incertidumbres que anegan en segundos lo construido en años de convivencia.  La duda es una mancha de difícil limpieza para la cual  el único remedio que funciona –y no siempre- es dejar pasar el tiempo; es una herida que paradójicamente, sólo la puede cerrar quien la abrió; es la  enfermedad convertida en enfermero.  

Peor suerte corre la mácula si la herida trasciende los límites de lo cotidiano, si quien nos ha defraudado no tiene la oportunidad de rescindir su honor cada día,  con cada nuevo gesto, con cada nueva mirada. Cuando la duda es vertida sobre la imagen pública, cuando lo que se pone en cuestión es la confianza en alguien como profesional o como figura pública; la mancha, incluso con tiempo, es casi imposible de borrar.

Si la vida te da la oportunidad de vivir de cerca el descrédito público de un ser querido, que además de querido –o por encima de querido- es inocente; y observar como a pesar de contar con la sentencia de un juez que así lo confirma, tiene que soportar seguir arrastrando una mochila llena de voces que entonan aquello del “cuando el río suena…”; si eso ocurre, aprendes a poner en entredicho cualquier tipo de información al respecto de posibles actuaciones reprobables por parte de figuras públicas, a cuestionar incluso que un juez haya admitido a trámite una demanda. Porque el jocoso refranero español, fiel reflejo de nuestra sociedad, está lleno de prejuicios. Y no, no siempre que el río suena lleva agua.

En estos momentos España está desbordada de ríos que suenan, y que llevando agua o sin llevarla, han convertido el país en una marisma de lodos en la que cuesta caminar con confianza, caminar sin prejuzgar.

Es difícil no dudar de Tania Sánchez  o de Juan Carlos Monedero, por ejemplo,  pero hay que hacerlo, hay que poner en entredicho todo lo que leemos y escuchamos porque en ocasiones viene sesgado, manipulado o incorrectamente explicado. Ya bien sea porque los medios de comunicación necesitan generar noticias impactantes fáciles de digerir y comprar, o porque los periodistas no tienen ni el tiempo ni los recursos para ahondar correctamente en lo que está ocurriendo; la realidad es que a menudo nos encontramos con informaciones que siendo ciertas -en algunos aspectos-, transmiten al receptor de la noticia una idea distorsionada de la realidad.

La comisión de investigación a Tania Sánchez concluye que no hubo irregularidades en su gestión, pero la duda ya planea sobre ella, la mancha ya está ahí, la mochila llena de voces escépticas ya pesa sobre su espalda para siempre. Porque siempre habrá alguien que la única lectura que haga de todo esto sea, que si la han investigado es porque hay algo que investigar.

Juan Carlos Monedero, por su parte, ya ha pagado sus deudas con Hacienda, ya ha regularizado su situación, sin embargo, nunca nadie sabremos si tributó a través de una empresa para ahorrarse un importante monto de dinero o si lo hizo porque desconocía la forma correcta de hacerlo. Resulta difícil de entender que un profesor universitario no tenga a su alcance medios para formarse e informarse de sus obligaciones tributarias, pero incluso eso hay que ponerlo en cuarentena. Porque Monedero pudo haber delegado su confianza en algún experto en materia fiscal que le  asesorara que ésta era la forma correcta de proceder.  Nunca lo sabremos, sólo él y su almohada tienen la respuesta a esa pregunta que para nosotros seguirá dando tumbos de un lado a otro de nuestras cabezas, hasta que otro asunto ocupe su lugar.

No podemos, o no debemos, juzgar a Monedero porque no sabemos si actuó o no de buena fe, pero si podemos discutir su forma de arremeter contra la casta ahora que sabemos que él también comete torpezas. Hoy que sabemos que su historial patrio no es inmaculado, hoy que tenemos la certeza de que él, por obra u omisión, también comete pecados, podemos cuestionar que ataque con tanta prepotencia al resto de la clase política, que los tilde de corruptos y los acuse sin compasión de no tener conciencia de Estado. Ahora, que sabemos que Monedero había regularizado sus cuentas pocos días antes de retar públicamente al ministro de Hacienda, sí podemos preguntarnos por su humildad y su honradez;  no porque haya podido intentar defraudar a Hacienda –y con ello a todos los españoles-, sino porque lo que se espera de alguien que ha tropezado y ha caído –y que además aspira a dirigir nuestro país-, es que se levante sabiéndose más humano, más humilde.


Parece que Monedero, a pesar de no parar de repetirlo, no ha entendido que este país está en una situación muy grave, dramática;  y que lo que España necesita no son líderes que lancen discursos envenenados intentando conectar con la rabia y la desesperanza de la población, lo que España precisa son líderes humildes, honrados y honestos que conecten con la esperanza y la ilusión de los ciudadanos, que de verdad comprendan que una nueva decepción sería insoportable. Líderes, que le den la vuelta a este país, pero que lo hagan sin partirlo en mil pedazos.