lunes, 15 de junio de 2015

El miedo al último viaje


Lo confieso, ésta es una historia robada; robada con nocturnidad y alevosía a un padre y una hija que viajaban frente a mí en un tren Madrid – Zaragoza. No pude evitar escuchar cuando desperté del sueño pero sí podría haber evitado fingir que seguía dormido; podría haber abierto los ojos y concederles así la oportunidad de proteger aquellas lágrimas de la mirada ajena de un fisgón al que le ha faltado tiempo para hacerlas públicas.

Debió ser el llanto desconsolado de ella lo que me despertó. No puede verlas, pero estoy seguro que brotaban de sus ojos verdes enormes lágrimas perfectamente formadas y definidas; porque cuando se llora desde el corazón, cuando el llanto tiene nombre y apellidos, fluye limpio e incesante.

Me costó unos segundos entender lo que ocurría; las lágrimas parecían estar inundando la garganta de aquella joven y las palabras sobrevivían como podían…  Aquella niña con cuerpo de mujer, o aquella mujer que se negaba a abandonar a la niña, había entendido, como lo entendemos todos en algún momento, que iba a desaparecer.


A nadie se nos escapa, desde muy niños, que la vida existe porque existe la muerte. Y como si de un camino se tratase, vemos a lo lejos, prácticamente en el infinito, el final. Pero lo vivimos en tercera persona, como si nosotros no fuéramos a pasar por semejante vulgaridad hasta que un día, el día menos pensado,  comprendemos, de verdad comprendemos, lo que morir significa: desaparecer, dejar de vivir.  Ese día terrible.

Desperté en un tren justo en el momento en el que una niña con la vida por delante le confesaba a su padre que estaba asustada, que no quería irse de este mundo, y que lo que era más importante, necesitaba encontrar algo o alguien que le arrancara esa lapa que se había apoderado de todos su ser: el miedo a morir.

Lloraba, lanzaba y enlazaba preguntas que no encontraban puerto donde anclar. El padre no decía nada, apenas asentía o le sacaba las lágrimas –no lo vi, tenía los ojos cerrados, pero lo supe después-. La dejó llorar, la dejó buscar sin éxito hasta que por fin escuché su voz:

-¿Cuándo tienes la fiesta de fin de curso? –preguntó.

- El  viernes. ¿Pero eso qué más da? –respondió contrariada por aquella aparente banalidad.

- ¿Quieres que vaya a buscarte a  una?

- Papá, la fiesta empieza a las doce, ¿cómo vas a venir a la una? Mamá me dijo que el viernes puedo volver cuando quiera. Ya volveré yo en taxi o andando…

- Si voy a la una a buscarte –continuó- te vas a enfadar, voy a arruinarte la noche. Si voy a las dos, va a ser incomprensible para ti. Si voy a las cuatro, no me recibirías con los brazos abiertos pero el enfado no sería tan grande. Ahora bien, estoy seguro que si aparezco en el momento justo, quizá a partir de las ocho, cuando ya hayas bailado todo lo que tienes que bailar, cuando ya te hayas hartado de reír con tus amigos, cuando ya le hayas contado a todo el mundo cómo va a ser tu colegio mayor en Madrid, cuando tus labios estén cansados de besar, cuando tus pies ya no soporten más los tacones, cuando te hayas bebido la noche sorbos… Estoy seguro, que si aparezco justo entonces, hasta agradecerás que llegue a buscarte.

No hubo más palabras, tampoco hubo más lágrimas. Esperé lo suficiente para que no pudieran sospechar que había profanado un momento tan íntimo y desperté.

Unos enormes ojos verdes ya serenos y tranquilos fueron lo primero que vieron los míos. Vi un rostro lleno de vida y esperanza que había encontrado respuesta a la pregunta más complicada que jamás se había planteado.

Después miré al padre, sus ojos estaban aguardando a los míos para pedirme que fuera su cómplice; acepté, no pronuncié una palabra y como él, bajé de aquel tren esperando que aquella niña, o aquella mujer, tardara muchos años en descubrir que los padres de algunas de sus amigas sí irán a buscarlas antes de que haya acabado la fiesta.

Algunos, irán justo cuando la fiesta no haya hecho nada más que empezar...

4 comentarios:

  1. Enhorabuena amigo.
    He de reconocer que en una primera lectura la historia me dejó algo perplejo. No es que me disgustase, pero entre la idea de la muerte y la cercanía de la fiesta no conseguí entrar en el fondo. El problema no era del texto, sino más bien de este torpe lector que sin duda no tenía su mejor día.
    Ahora la he vuelto a leer y tengo que decirte que, tras dejarla reposar y releerla con más tranquilidad ha cambiado mi percepción. Y lo ha hecho para bien, cómo no.
    ¡Hay que ver cuanto se aprende escuchando a los demás!
    Lo dicho. Felicidades.

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    1. Gracias Paco, siempre tan generoso...

      Creo que lo mismo que a ti le ha ocurrido a otras personas, o algo parecido... Pero ya sabes como es esto de escribir, uno saca lo que lleva dentro; aunque a veces no resulte muy agradable de leer... Quizá por eso nunca llegaremos a ser "estrellas de rock" jeje

      Un abrazo!!!!

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  2. RR,He leido dos de tus textos y esto me ha invitado a seguir leyendo más adelante... sólo te llamo la atención sobre algo: una de las mayores gracias de las narración es separar el lengauje del narrador del de los personajes; creo que debes atender a eso; me perdonas el atrevimiento y, por otra parte, si me parece que son muy buenos textos.

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  3. RR,He leido dos de tus textos y esto me ha invitado a seguir leyendo más adelante... sólo te llamo la atención sobre algo: una de las mayores gracias de las narración es separar el lengauje del narrador del de los personajes; creo que debes atender a eso; me perdonas el atrevimiento y, por otra parte, si me parece que son muy buenos textos.

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