lunes, 1 de junio de 2015

La importancia de tener un nombre

Autor de la foto: Alberto Sierra. Visita su perfil en Instagram.

"Mi madre lo dice siempre... que existimos porque alguien piensa en nosotros y no al revés"
De algún modo, esta elocuente cita había quedado sepultada bajo los escombros de mi conciencia y justo anoche, un suceso de lo más fortuito la rescató del subconsciente.

Vi Princesas, la maravillosa cinta de Fernando León, hace diez años; me encantó. Durante estos años he vuelto a pensar en ella, en Caye, en Zulema, en ese móvil vibrando justo en el momento más inoportuno; he vuelto a escuchar la banda sonora de Manu Chao recordando como las protagonistas encuentran la manera de ser felices a pesar de todo… Pero jamás había recordado ni éste, ni ningún otro fragmento del guion. Ahora sé que forma parte de la película porque lo he buscado.

Anoche, estaba cenando junto a un grupo de amigos en la terraza de un restaurante, en una de las plazas más concurridas de la ciudad, cuando advertimos que un violinista amenizaba nuestra velada; no sabría decir si ya estaba allí o si apareció de repente. Era una delicia escucharle tocar, al menos para nosotros, y lo hacía a un volumen y distancia que bien podrían adjetivarse con la palabra: respeto.

No tocaba por dinero, tocaba para vivir -me contó después-.

Ni yo, ni ninguna de las personas con las que compartía mesa entendimos lo que ocurrió. La ira convirtió la música en un estruendo cuando una bestia disfrazada de hombre se abalanzó sobre él, le empujó, le arrancó el violín de las manos y lo hizo astillas contra el suelo. Regresó a su mesa como si tal cosa; tan sólo respondió al silencio sepulcral y a nuestras gélidas miradas con un gutural “estaba mirando a mi hija”.

No lo sé, pero no lo creo. Tampoco debieron creerlo las decenas de personas que en un espontaneo gesto iniciaron una procesión de solidaridad. Los mismos que hacía unos minutos hubieran remunerado la sesión musical con escasas monedas, se levantaron decididos y comenzaron a darle billetes para comprar un nuevo violín con el que seguir ganándose la vida.

Fui el último en levantarme, le di todo lo que estimé que me iba a sobrar una vez pagada la cena y me ofrecí a acompañarle a la policía a poner una denuncia. Me dijo que no, pero que sí podía ayudarle a llevar los trozos del violín hasta su casa –creo que dijo casa-.

Vivía en una pensión a escasos metros de allí. Cuando abrió la puerta de su habitación un vendaval de soledad recorrió hasta el último reducto de mi cuerpo. La habitación era austera y excesivamente ordenada, sin ningún rastro de vida, ni presente ni pasada. Dejamos los retales de aquel suceso sobre la mesa camilla que había junto a la ventana y le pregunté si había algo más que pudiera hacer por él. Me respondió que no, pero que quería hacerme una pregunta.

Me preguntó cómo me llamaba; sorprendido le dije mi nombre y más por cortesía que por interés le pregunté el suyo.

-El mío no importa.

-¿Cómo no va a importar? –le dije.

-Porque ya no hay nadie que necesite nombrarme. Puede que cuanto tú nacieras ya no hubiera nadie que necesitara nombrarme…

No supe qué decir, me marché con el alma rota en más pedazos que las cenizas de su violín y los ojos llenos de lágrimas.

Y supongo que fue entonces, al salir a la calle, cuando el aire fresco removió los baúles de mi subconsciente para devolverme esas conmovedoras palabras:
“Mi madre lo dice siempre... que existimos porque alguien piensa en nosotros y no al revés” 

7 comentarios:

  1. Conmovedor relato, cada vez estamos más alienados. Vivimos en la era de la tecnología y la comunicación, y paradójicamente, la soledad y la falta de empatía, son mayores que nunca.
    http://elfarodeniel.com/

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    1. No te falta razón. Creo, además, que estamos viviendo un momento histórico complicado (desde el punto de vista social) y hay quien no ha sabido aceptarlo y canalizarlo.
      Saludos

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  2. Fantástico, Raúl.
    Un relato triste y emotivo, pero que deja un cierto poso de optimismo. Aislemos a los "rompecosas" y atendamos un poco más y mejor a quienes contribuyen a hacernos habitable este mundo.

    Un abrazo.

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    1. Cierto Paco. Si me animé a contar la historia fue precisamente por eso, porque me emocionó como la gente se levantó y empezó a darle una cantidad considerable de dinero; nadie dijo nada, nadie pronunció una palabra, pero todos sabíamos que lo hacíamos para ayudarle a volver a empezar.
      Un abrazo Paco!

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  3. Menos mal q hay mas gente buena q mala !!! Me acaba de emocionar !!!

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    1. Sí, es mejor hacer esa lectura, pensar que es inevitable que haya comportamientos incomprensibles, pero que afortunadamente al final la cordura y la bondad se imponen por encima de todo. Muchas gracias María Isabel por pasarte por aquí ;-)

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  4. ... te dejo por esta noche... no se si clasifiques como "cuento" estos textos pero la clasificación qué importa, lo importante es la capacidad que tienen (tienes) para conmover... escribes con el alma, con el corazón... muchas gracias!

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