domingo, 27 de septiembre de 2015

La biblioteca de Candela

Román entendió, de verdad entendió, que Candela se había marchado cuando vio sus zapatillas de casa debajo del butacón del dormitorio.

Sin ella, aquel par de zapatillas pasaban a ser eso, un par de minúsculas alpargatas carentes de sentido. En nadie más tenían razón de ser, sólo en ella, sólo en su pie...


Román tomo las zapatillas y las olió. Olían a limpio, a jabón de tajo; como todo en ella, como  toda ella. Candela tenía la virtud –o eso creía Román- de convertir todos los olores en uno solo: el de la pulcritud.

Y aquellas pulcras zapatillas le llevaron de viaje por las estaciones de una vida. Al tocador, a su colonia que sólo en ella olía a mar; a los cajones llenos de impoluta y blanca ropa interior; al armario, a sus vestidos, a los abrigos que olían siempre a ropa recién tendida en un día de primavera…

Le llevaron al baño, al olor del jabón de ducha, al pasillo donde treinta años de fotos le recordaron que se había ido, que estaba solo. La buscó en el lugar donde tantas horas había pasado cocinando para él; la buscó en el aroma de las especias,  en el olor de la cesta de los frutos secos, en el sabor de las uvas pasas; pero sólo halló otoño… Y se sentó.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Construirse y reconstruirse

 “A mí no me dan miedo las crisis, ni ésta ni las que te sacuden por dentro, ninguna. Las crisis son como las grietas en la pared o como las goteras, daños colaterales de la vida.”

Ya estaba jubilado, pero cuando le preguntaban a qué se dedicaba, respondía que era albañil. Decía que seguía siendo albañil, que lo sería hasta el último día, que cuando uno ama su profesión no se puede desprender de ella de un día para otro.

Le conocí hace tres años en un curso de construcción bioclimática; no he vuelto a verlo jamás pero nunca olvidaré aquella comida.

Fue el verano en el que la crisis se volvió sicótica, o nos volvió a nosotros, o nos volvimos nosotros sicóticos… El verano en el que nos despertábamos cada día con la amenaza de un rescate en forma de titular, en el que cada día la prima de riesgo alcanzaba un nuevo máximo y parecía que el mundo nunca más iba a ser el lugar que habíamos conocido. ¡Qué distinto se ve todo con la perspectiva de tres años...! En aquel momento, al final, todas las conversaciones acababan girando en torno al miedo y a la incertidumbre; la de aquel día también lo hizo.

Él nos escuchaba, nos observaba y seguía comiendo tranquilo; disfrutaba de cada bocado. Recuerdo como si fuera ahora como mojaba el pan en el aceite y entornaba los ojos al llevárselo a la boca como si fuera la primera vez que probaba ese manjar… Nos dejó navegar por nuestra catarsis hasta que hubo un momento de silencio, entonces intervino él:

-A mí no me dan miedo las crisis, ni ésta ni las que te sacuden por dentro, ninguna. Las crisis son como las grietas en la pared o como las goteras, daños colaterales de la vida.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Repartir la luz

Alberto Sierra es un artista que captura momentos de la vida y los acompaña de una historia para soñar. Alberto Sierra escribía en su cuenta de Instragram acompañando a esta fotografía: “Cada mañana cortaba la luz, la metía en cajas de metacrilato y la repartía entre sus amistades”.

Fotografía de Alberto Sierra. Instagram: @albertosierra 

Cuando lo leí pensé que sería maravilloso, sería una fortuna poder almacenar y conservar la luz.

Cajas guardadas en el cajón de la oficina para ser vertidas sobre tu jefe en el momento más agrio.

Cajas de luz para repartir entre tus ya compañeros de la cola del paro.

Cajas para cuando toca partir y cajas para cuando hay que regresar.

Cajas para los lunes, y para los lunes al sol.

Cajas para los diagnósticos que te hielan el alma.

Cajas para soportar las dudas y cajas para afrontar las certezas.

Cajas para las noches de insomnio y cajas para las noches de sábado que se convierten en tardes de domingo…

Cajas para llenar de luz las despedidas, las rupturas, las tardes de domingo raras…

Cajas para iluminar la soledad y cajas para vaciar el silencio.

Cajas para pedir perdón.

Cajas para decir “tenías razón”.

Cajas para decir GRACIAS.

Cajas llenas de tiritas para curar las heridas del alma…

lunes, 7 de septiembre de 2015

Un faro en el mar


Somos capaces de recordar el día que aprendimos a montar en bicicleta; el lugar exacto en el cual, por primera vez, nos soltamos, nos soltaron, nos dejamos llevar y recorrimos nuestros primeros metros solos.

Como si fuera una película a cámara lenta, somos capaces de revivir cada segundo de aquella tarde en la que el sol, ya cansado de esperar, no vio cómo nos sumergíamos en la piscina desafiando a la gravedad; por primera vez, sintiendo el agua primero en la cabeza, después en los hombros y poco a poco recorriendo todo nuestro cuerpo para invitar a los pies a experimentar la extraña sensación de ser los últimos en llegar. 

Podríamos acertar la temperatura exacta, la ropa que nos sobraba y las personas que se cruzaron en nuestro camino la tarde en la que nos dimos nuestro primer beso.

El primer viaje en avión, la primera entrevista de trabajo, el último examen, el primero.

La primera vez que nos desnudamos por amor, la primera que lo hicimos por sexo. La primera vez que vimos el mar o la nieve, la primera que nos bañamos sin ropa en aguas saladas. La primera despedida.