domingo, 20 de septiembre de 2015

Construirse y reconstruirse

 “A mí no me dan miedo las crisis, ni ésta ni las que te sacuden por dentro, ninguna. Las crisis son como las grietas en la pared o como las goteras, daños colaterales de la vida.”

Ya estaba jubilado, pero cuando le preguntaban a qué se dedicaba, respondía que era albañil. Decía que seguía siendo albañil, que lo sería hasta el último día, que cuando uno ama su profesión no se puede desprender de ella de un día para otro.

Le conocí hace tres años en un curso de construcción bioclimática; no he vuelto a verlo jamás pero nunca olvidaré aquella comida.

Fue el verano en el que la crisis se volvió sicótica, o nos volvió a nosotros, o nos volvimos nosotros sicóticos… El verano en el que nos despertábamos cada día con la amenaza de un rescate en forma de titular, en el que cada día la prima de riesgo alcanzaba un nuevo máximo y parecía que el mundo nunca más iba a ser el lugar que habíamos conocido. ¡Qué distinto se ve todo con la perspectiva de tres años...! En aquel momento, al final, todas las conversaciones acababan girando en torno al miedo y a la incertidumbre; la de aquel día también lo hizo.

Él nos escuchaba, nos observaba y seguía comiendo tranquilo; disfrutaba de cada bocado. Recuerdo como si fuera ahora como mojaba el pan en el aceite y entornaba los ojos al llevárselo a la boca como si fuera la primera vez que probaba ese manjar… Nos dejó navegar por nuestra catarsis hasta que hubo un momento de silencio, entonces intervino él:

-A mí no me dan miedo las crisis, ni ésta ni las que te sacuden por dentro, ninguna. Las crisis son como las grietas en la pared o como las goteras, daños colaterales de la vida.

Se convirtió en el centro de todas nuestras miradas, tan sólo los dos niños que nos acompañaban se mantuvieron ajenos, inmersos en su ciber-mundo.

Eran sus primera palabras en lo que llevábamos de comida y sonaban con más fundamento que cualquiera de los planteamientos económicos que la mayoría de los licenciados en Economía allí sentados habíamos puesto sobre la mesa.

-Para mí la vida es como construir una casa. Sólo se construye una  vez en la vida, lo demás son reconstrucciones, añadidos, arreglos o lavados de cara. Y cuando uno termina de construir una casa, sabe, o debería saber, que no durará para siempre, que ese momento dura un instante, que cuando te giras a mirarla de nuevo ya ha pasado…. Sabe, o debería saber -insistió-, que con el paso de los años aparecerán gritas, goteras, humedades; que algunas de esas casas habrá que partirlas en dos, que otras nunca serán lo que vaticinaba los planos, que llegarán vecinos insoportables o que sin saber cómo nuestro barrio se habrá convertido en un suburbio… Es el precio que hay que pagar por ver pasar el tiempo.

Las heridas –continuó-, son las grietas que nos causa el paso del tiempo, es el precio que hay que pagar por estar vivo.  Y no hay que tenerle miedo, hay que saberlo desde el mismo momento que uno pone la última teja en el tejado; saber, que desde ese mismo instante quedamos expuestos a los caprichos del tiempo, pudiendo ser objetos de todo tipo de  inclemencias o afortunados observadores ajenos a las adversidades. Pero siempre, sabiéndonos elementos en reconstrucción.  Y es precisamente la capacidad de reconstruirnos la que debe ahuyentar el miedo al caos.

Siguió hablando con maestría de su trabajo, de la vida, de la vida en el campo… nos tenía a todos maravillados, pero siempre hay quien cuestiona todo lo que escucha:

-¿Y qué pasa con los terremotos? Hay sacudidas tan fuertes que te dejan la casa echa escombros.

-Aquí no hay de eso –bromeo-, pero puedes reconstruir tu casa utilizando parte de los materiales que se han derribado. Eso tiene dos cosas buenas: partes con ventaja respecto del que la tiene que construir de cero y además,  las nuevas paredes estarán hechas de ti y de ese terremoto; y así, siempre podrás recordar que un día el suelo tembló bajo tus pies, que incluso tú puedes derrumbarte: ese aprendizaje te hará único…

Seguimos hablando, o más bien escuchando las palabras de aquel sabio de manos toscas y ropajes estampados de pegotes de yeso hasta que la puesta del sol nos recordó que teníamos que volver a nuestras rutinas.

Al despedirnos, se acercó a los niños que nos acompañaban, les quito con cariño las tablets, se las dio a sus padres invitándoles a guardarlas y les dijo -nos dijo a todos-:
-Eso sí, que nadie desprecie la importancia de forjar unos buenos cimientos. 

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