lunes, 19 de octubre de 2015

El mensaje de Sebastián

Cuando Sebastián abrió el álbum de fotos de su primer viaje a Londres y las encontró todas veladas pensó que alguien las había estropeado y no se había atrevido a decírselo.


Días más tarde, cuando regresó a por él esperando encontrar una manera de restaurar su pasado y encontró las fotos intactas, supo que algo no andaba bien. 

Sebastián descubrió el placer de parar el tiempo el día que cumplió dieciocho años. Con gran esfuerzo, sus padres habían logrado reunir las 45 pesetas que costaba la cámara que cada mañana, de camino al trabajo, Sebastian admiraba en el escaparte de la de la Calle Montera con la Gran Vía. Desde entonces, nunca dejó de inmortalizar las escenas de su vida: personajes protagonistas, personajes secundarios, extras, decorados, fondos, atrezo… Todo quedó encerrado en miles de pedazos de ciento cincuenta centímetros cuadrados.  Y todos aquellos retales ostentaban un lugar protagonista en la modesta casa que le había visto vivir.
Aquella casa había  albergado a la vida en su total plenitud: el amor, la pasión, las bienvenidas, las despedidas, el primer llanto en este mundo, y hasta el último suspiro… Pero ahora no, ahora en aquel hogar ya sólo vivía Sebastián.

Por eso, cuando encontró el álbum intacto supo que nadie había entrado a profanar sus recuerdos; supo, que era su mente la que había empezado a velarse y no las fotos.

No pudo evitar pensar en lo absurdo que había sido acumular instantes en un montón de estanterías. Pensó, que en unos meses, quizá en unas semanas, ojear aquellas fotos sería como mirar la publicidad del supermercado y decidió vaciar los estantes de recuerdos carentes de sentido. Se deshizo de todas las fotos salvo de una: la foto que una joven francesa le pidió que le hiciese a los pies de la Torre Eiffel portando un mensaje en un trozo de papel. Se deshizo del pasado para hacer hueco al presente.

No quiso perder tiempo, no quiso arriesgarse a que mañana fuera tarde y ya no recordara como se arrancaba el coche. Llenó el maletero de botes de cristal y partió rumbo a los lugares que un día vivió detrás de una cámara.

Viajo a pasear descalzo en el mar, a arrancar la hierba con los dedos de los pies, a oler a café y tostadas, a sentir la sal en las heridas,  a oler a lluvia, a escuchar el silencio del amanecer….

Y llenó los botes con lo más parecido que encontró a la vida; reservando uno vacío para meter la foto de la joven francesa que portaba un cartel que decía “Aquí y ahora”.


Guardó para cuando llegaran las frías noches de enero -que llegarían-, poder abrir el bote de arena, cerrar los ojos, hundir la mano y perderse en el mar…
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Este relato pertenece a la serie La maleta de Belinda; si te ha gustado no dejes de compartirlo en tus redes sociales. Recuerda que cada lunes llegan nuevas entregas al blog.

2 comentarios:

  1. Fulminante. Terapéutico sin duda alguna. Gracias!!

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    1. Gracias a ti por pasarte por aquí y dejar unas palabras tan bonitas. Espero que sigas disfrutando cada lunes con las próximas entregas. Un fuerte abrazo.

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