domingo, 25 de octubre de 2015

El mensaje de Paulina.

Paulina tardó varios años en entender el sentido de aquel regalo. Nunca lo relegó al cajón del olvido. Siempre presente, siempre intentando encontrar para él el lugar adecuado. Un protagonista omnipresente, un compañero de viaje impuesto por la vida sin mayor sentido que la mera intuición de una revelación definitiva.

Paulina, siempre se sintió hija del azar. De algún modo, la vida tenía sus planes y ella formaba parte de un gran engranaje universal donde su existencia cobraría sentido más tarde o más temprano. Confiaba en las señales del destino. Por eso, nunca se desprendió de aquel pedazo de papel que una joven desconocida le entregó sin mediar palabra en un mercado de Estambul.

Paulina confiaba: entendía la vida como un ser todopoderoso capaz de regir su destino con total maestría. Pero todo el que espera un día más de la cuenta acaba conociendo las desgarradoras zarpas de la desesperanza. Así que cuando Paulina comenzó a desesperar pensó que lo mejor que podía hacer era calzarse sus zapatillas más cómodas, coger una mochila ligera y salir al mundo a buscar a su camino, su lugar.

Buscó encontrar la paz del pasado en las ciudades donde había sido feliz; refugio en su tierra natal; buscó descubrir nuevos horizontes, conectarse y desconectarse de aeropuerto en aeropuerto: de Bangok a Tokyo y de Tokyo a Bali; de Bali a New York y de New York a otro aeropuerto…

Y así, buscando y enlazando vivencias; en alguna escala entre un propósito y un sueño, aterrizó en un recóndito pueblo de Teruel.

A sus más de treinta años, la casa de su amiga Marcela se convirtió en su primer y único vínculo con la vida rural. Cuando llegó al salón de sus anfitriones comenzó, con su beneplácito, a explorar sus vidas: libros, figuras, regalos, instrumentos musicales, fotografías, el retrato de la madre de Marcela… Todo suscitaba su interés y todo quería encajarlo en algún lugar, en algún pasado. Hasta que en el repaso gráfico de aquella familia, llegó a una de las fotografías más bonitas que conservan: la abuela materna.


Enmarcada, aparece una señora de pelo blanco, tez rosada y gesto amable sentada en una silla en la puerta de su casa, sola. Se intuye por la luz que es media tarde. Está sonriente y serena. Sus anfitriones no saben quién hizo la foto ni cómo llegó a ellos, porque sin lugar a dudas, aquella tarde la anciana estaba sola.

Paulina  no entendía aquella foto, no entendía qué hacía una señora sentada sola en la puerta de su casa; jamás había visto una estampa como esa. A ella le sorprendía aquello y a la familia de Marcela les parecía increíble que alguien no pudiera conocer esa forma de vivir.

Le explicaron que en los pueblos, al menos antes, las mujeres, cuando ya tenían todas las labores domésticas hechas y comenzaba a bajar el sol, salían a la puerta de su casa a hacer punto, a remendar alguna prenda, o simplemente a estar. Le contaron, que nadie avisaba a nadie. Poco a poco iban saliendo conforme se iban quedando libres y poco a  poco se iban congregando en torno a una u otra puerta sin responder a ninguna lógica más allá de la pared en la que daba más o menos el sol en aquella época del año; la que hubiera salido primero o simple y llanamente lo que les pidiera el cuerpo. Así pasaban las tardes y los días, sin esperar nada de la vida más allá de lo que ésta tuviera guardado para ellas.

-Pero eso es muy triste –dijo-, eran mujeres resignadas y sin aspiraciones.

-Depende –le dijo el padre de su amiga-. Puedes pensar que era resignación o puedes pensar que era un ejercicio natural e innato de aceptación; de lo que ahora llamáis fluir. Viviendo de esta manera, la gente asumía mucho mejor cualquier contratiempo, cualquier varapalo.

Volvió a mirar la fotografía o la fotografía le pidió que la mirara de nuevo, con esmero esta vez. Paulina advirtió algo que había pasado desapercibido para ella, y seguramente para aquella familia.

Aquella señora, la abuela de su amiga, llevaba un papel doblado entre sus manos que sin lugar a dudas era igual que el papel que le había entregado aquella joven en Estambul. Nunca sabría que ponía en aquel papel encerrado en aquella instantánea, ni qué tipo de conexión había entre la joven y la abuela de su amiga Marcela.

Pero en cuestión de segundos había comprendido que aquella fotografía se había cruzado en su camino para hacerle comprender algo. Para revelarle  el mensaje que llevaba  intentando descifrar desde aquel día en aquel mercado de Estambul: “El placer de aprender a sentarse a esperar”.

4 comentarios:

  1. Enhorabuena, amigo. Cada vez me gusta más lo que escribes, y cómo lo escribes.
    Estoy enganchado a esta "maleta", siempre repleta de emociones y de acertadas reflexiones.
    ¡Gracias!

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    1. ¡Gracias Paco! Gracias por seguir el blog desde el principio, desde los desvelos políticos hasta esta nueva etapa...¡Gracias!

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  2. Nostálgicas emociones de un tierno y dulce pasado. Gracias!!!

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    1. Gracias a ti por captar la esencia del relato. ¡Feliz tarde de domingo!

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