domingo, 1 de noviembre de 2015

Encender la vida: el mensaje de Daniela

Daniela conoció muy pronto las miserias de los seres humanos, las atrocidades que un hombre o una mujer pueden llegar a cometer. 

Por eso, Daniela, en lugar de guardar recuerdos amables guardaba un pedazo de cada herida en las baldas del cuarto de estar: una colilla, las cenizas de un ser querido, un perfume que evocaba agrias vivencias, una botella rota o el recorte un periódico en la sección de sucesos decoraban la estancia principal de su hogar.

No guardaba para recordar, guardaba para no olvidar. Para no olvidar que donde hay luz hubo oscuridad, que donde hay plenitud hubo ausencia, que donde hay vida hubo muerte…

Daniela no recordaba, pero para no olvidar: guardaba.

Así, no olvidaba que una noche de San Juan junto a la hoguera; una joven solitaria que decía llamarse Belinda, se acercó a ella y le regaló, escrita en un trozo de papel, la llave de su futuro.

Así, no olvidaba que durante 2.635 días, cada tarde, al ponerse el sol recorría los 1.163 pasos que separaban su casa del puerto. Cada tarde contaba las barcas que estaban ya amarradas y calculaba las que quedaban en el mar. Cada día, durante 2.635 atardeceres:

-60 amarradas y 5 en el mar

-20 amarradas y 45 en el mar

-59 amarradas y 6 en el mar…

Así, no olvidaba que  contando barcas pasaba la vida...

Daniela guardaba para no olvidar que un día, después de 2.635 tardes y más de 6 millones de pasos dados, llegó al puerto y tan sólo faltaba una barca, tan sólo la barca que por un lado rezaba su nombre y por el otro el nombre de sus hijos.

El corazón comenzó a bombear más rápido de lo normal y los pulmones parecían los de un bebe que necesita recordar que sigue vivo en cada segundo.

Abrió la puerta del faro y comenzó el ascenso de los 383 escalones todo lo rápido que aquellas piernas maltrechas le dejaban. Ayudada de unos brazos magullados de humillación arrastró un cuerpo sin alma por los últimos peldaños hasta alcanzar la cúpula.

No fue el corazón, fueron las heridas recientes, los moratones y las cicatrices las que bombearon la sangre que movió a las manos que sentenciaron el último paso del plan trazado por Belinda: cerrar el paso del gas y apagar la luz del faro. 

Daniela guarbaba para no olvidar; para no olvidar que una noche tuvo que elegir entre dejar la barca que llevaba su nombre varada en el mar y vivir.



No hay comentarios:

Publicar un comentario