lunes, 23 de noviembre de 2015

Perdón, el mensaje de Jacinto

Jacinto lo entendió en el mismo momento en el que Belinda le regaló su palabra. No en vano, Jacinto llevaba más de media vida buscando sin suerte aquellas seis letras.

Ocurrió como ocurren las cosas importantes: el día menos pensado.

El día menos pensado tuvo lugar un 25 de febrero; el día, en cual Jacinto celebraba que ya eran 72 primaveras las que cargaba a sus espaldas.

Como todos los años, se citó a comer con sus tres hijos, sus tres nueras y sus siete nietos en el mismo restaurante de los últimos cuarenta años. El mismo restaurante, la misma compañía, la misma ausencia y el mismo menú. Caldo y ternasco asado, vino tinto para los adultos y agua para los niños y para él; Jacinto dejó de beber vino el día que encontró muerta a su mujer hacía ya más de treinta años.

Sería el frío de Madrid, o serían los leves latidos del corazón de Jacinto, lo que invitó a Belinda Domenech a hacer un alto en el camino en aquel restaurante de la Calle Fuencarral.

Jacinto no sabría decir si estaba allí cuando llegó o llegó estando él ya acomodado. Pero el caso es que cuando levantó la vista en busca del recuerdo de aquella primera noche, allí estaba ella. Sentada en la misma mesa en la que cenó por primera vez con la que más tarde sería la madre de sus hijos, se hallaba una muchacha de escalofriante parecido con el de su difunta esposa Martina. El pelo castaño recogido en una trenza, la tez blanca, los ojos marrones, el jersey negro de cuello de pico, e incluso la bufanda roja que como siempre decía Martina impregnaba de color el invierno; las gestos, las miradas, las pausas entre sorbo y sorbo… todo en aquella joven evocaba a Martina con un sabor agridulce. 

Se cruzaron inmaculadas miradas de complicidad para confirmar que a través de Martina, Jacinto y Belinda se habían encontrado.

Belinda comprendió que una de las palabras de su maleta pertenecía a Jacinto. Metió la mano sin mirar y cogió la que le dictó el corazón. Sin leerla, se levantó y sin dejar de sonreír a Jacinto se acercó a su mesa:

-Disculpen, no he podido evitar escuchar que es su cumpleaños. Permítame regalarle esta palabra –añadió casi en el mismo momento que desaparecía del restaurante sin dejar rastro-.

Con el corazón latiendo con más fuerza que sus huesos podían soportar y las vísceras convertidas en hielo, le dio la vuelta a aquel trozo de papel ante la atenta mirada de su familia.   Sonrió y volvió a darle la vuelta, volvió a guardarlo para él.

-¿Qué pone? / ¿Quién era? / ¿La conoces abuelo? / La gente está fatal…

-Nada, no pone nada –mintió-.

Nadie entendió lo que había ocurrido. Nadie entendió que Justo, después de más de treinta años sin beber vino, tras leer aquel papel que una absoluta desconocida le había regalado, se sirviera una copa y la disfrutara con absoluta devoción.

Nadie lo entendió porque tan sólo él sabía que Martina, su esposa, había muerto de tristeza. Nadie más que él sabía que una tarde, Martina le había sorprendido en la habitación de un hotel en compañía de otra mujer y sin mayor atuendo que una copa de vino en la mano.

Nadie lo entendió porque nadie sabía que aquel 25 de febrero, Martina, a través de los ojos de Belinda, había conseguido que Jacinto por fin se perdonase.


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