domingo, 15 de noviembre de 2015

Regresar: el mensaje de Julián.

Cuando Julián dejó la casa de sus padres no metió en el equipaje el sueño de una casa en Notting Hill, ni una oficina con vistas al Támesis.
No soñó con chimeneas, ni soñó con un vinilo de los Beatles sonando en una buhardilla enmoquetada. No soñó con encontrarse por sorpresa con ese músico al que tanto admiraba una tarde cualquiera en Camden Town, ni soñó con mañanas de domingo montando a caballo en High Park. 

Julián llegó a Londres con un cuarto de maleta cargada de esperanza pero más de la mitad cargada de realismo.

Consciente de la situación económica de su país y con la gélida intuición de que nunca podría poner en práctica todo aquello en lo que se había formado, Julián partió a Londres sin mayor pretensión que poder ganarse la vida.

Pero el realismo de Julián resultó ser una quimera cuando se enfrentó a las desgarradoras zarpas de una ciudad ambiciosa y feroz.

El primer baño de realidad llegó el día que empezó a buscar trabajo. Julián no tardó en descubrir que su alto nivel de inglés  de nada serviría mientras no consiguiera desprenderse del acento latino.

Pero Julián no había ido hasta allí para derrumbarse ante la primera piedra del camino, así que sacando un poco de esperanza de la maleta y haciéndole más hueco al realismo, decidió asumir que por el momento tendría que aceptar trabajos que nada tenían que ver con su bagaje.

Los siguientes baños de realidad llegaron en forma de compañeros de trabajo que con su desprecio poco o nada contribuían al mestizaje de su acento latino, de pilas de vasos fregados sólo para poder comprar el abono del metro, de aventuras matinales en el subsuelo de la ciudad para poder llegar al trabajo, de ensaladas y sándwiches engullidos en la soledad indiscreta de una habitación de albergue compartida con otras once personas, de apartamentos inalcanzables…

Sin darse cuenta, en cada albergue que visitó, Julián fue abandonando otro trozo de ilusión y llenando su maleta de una carga insoportable: la decepción.

Pero la esperanza y la desesperanza son dos plantas que crecen rápido, que se responden de inmediato en cuanto se las riega. Y después de siete meses, tomando una cerveza en Carbany Street, un anuncio en el periódico regó de ilusión y luz su tarde. Habitación en piso compartido a treinta minutos en metro de su trabajo por 500 Libras al mes.

Se acabó de un trago la cerveza, pidió la cuenta y salió corriendo dispuesto a coger al destino por los cuernos.

Llegó jadeando al número 5 de Logan Street. Por fuera era un edificio bonito y soleado. Subió hasta la tercera planta tal y como le habían indicado para descubrir que todo lo que tenían reservado para él era un hueco bajo una lúgubre escalera. 500 Libras por un espacio en el que apenas cabía un colchón y una mesilla y que daba paso a las habitaciones del cuarto y el quinto piso.

No pudo articular palabra, las lágrimas inundaban su garganta. Todo cuanto pudo hacer fue deshacer el camino andado barriendo el suelo con la mirada.

No pudo evitar comparar aquella estrecha escalera con la amplia escalinata de la casa que su abuela tenía en el pueblo. Una casa por la que ningún londinense pagaría más de 30 o 40 miles de Libras, pero que podía albergar a varias familias a la vez. Una casa  de grandes salas a la que nadie le negaba la luz de la mañana. Una casa rodeada de campos yermos; de tierra y de vida dormida.

Salió del portal abatido, cargando con una maleta en la que ya no quedaba espacio para la esperanza, y descubrió que la camarera del bar donde había estado hacia menos de una hora le estaba esperando.

Le había seguido porque se había olvidado algo, -le dijo-. Se había dejado su mensaje; con cada consumición ella, regalaba un mensaje y él se había ido sin el suyo.

Atónito, Julián recibió el trozo de papel que le ofrecía y lo desplegó incrédulo. Decía:

“Aprender a rendirse a tiempo”.

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