domingo, 29 de noviembre de 2015

Volar: el mensaje de Sofía

Antes de que llegaran, Sofía se juró que sería una madre paciente, una madre tranquila, una madre serena. Se juró, que escucharía a sus hijos y se dejaría llevar ligera por el cauce de la vida como una compañera de viaje, un apoyo, una mano a la que agarrase si ellos lo estimaban oportuno.

Pero Sofía, no midió las consecuencias de levantarse a mitad de noche para ver si Martín y Valentina seguían bien la primera vez que durmieron solos. No midió las consecuencias de seguir haciéndolo cada noche hasta que fueron sus propios hijos los que le exigieron que dejara de hacerlo.

Sofía no valoró otra opción, quiso ser ella quien los llevara al colegio en su primer día de escuela; y quiso seguir haciéndolo cada día durante doce años aunque eso implicara tener que mendigar el favor de su jefe y soportar las críticas de sus compañeros. Sólo viéndolos entrar, solo viéndolo ella, podía pasar el día tranquila.


Sofía no dio lugar a que eligieran su merienda cuando llegaban del colegio, ellos no sabían lo que era saludable; ni  quiso dejarles que la preparan ellos cuando ya alcanzaban a hacerlo, ellos podrían lastimarse.

No se separó ni una sola tarde de ellos mientras hacían las tareas del colegio. No dejó sin revisar una sola suma, un solo dictado.

No les dejo elegir su ropa, no iba a dejar que nadie se riera de ellos en el recreo.

No supo esperar a que llegaran a casa después de su primer examen, necesitó preguntarles por Whatsapp.

No pudo dormir la primera noche que salieron de fiesta ni quiso fingir que dormía cuando les escuchó llegar; tuvo que levantarse para verles a salvo. Tampoco quiso la segunda, ni la tercera, ni la cuarta…

Y así, controlando todo cuanto sus alas alcanzaban, quiso controlar que sus hijos no cometían ningún error uno de los días más importantes de su vida. Les acompaño a hacer la matrícula de la universidad.

Al entrar al recinto universitario, Sofía empezó a cruzarse con cientos de ojos vibrantes, ojos ambiciosos, ojos osados, ojos desafiantes, ojos que encerraban la vida por delante y que nada tenían que ver con la abnegada mirada de Martín y Valentina. Miro a sus hijos, volvió a mirar a su alrededor: era la única madre.  De repente entendió las quejas y los enfados que años más tarde dieron lugar a suspiros y a excusas, y que ahora se habían convertido en tristeza: sus hijos estaban avergonzados de ella.

No sabía qué hacer o donde refugiarse, y se refugió en los ojos de otra mujer. Debía ser profesora, era mayor para ser estudiante y demasiado joven para ser madre de un universitario. Se acercó a Sofía, le dio un abrazo, le secó las lágrimas y poniéndole algo entre las manos se marchó.
Cuando abrió la mano se encontró un papel que decía:

“Sólo quieren que les dejes caerse, sólo quieren saber que son capaces de levantarse”. 

6 comentarios:

  1. Precioso relato, cuantas madres son así incluida la mía, y no se dan cuenta del daño, no sólo del que hacen a sus hijos, sino a ellas mismas

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    1. Y cada día más...No sé donde nace la necesidad de controlar todo pero lo que sí tengo claro es que flaco favor se hace a esos niños.

      Muchas gracias por dejar tu comentario, tu opinión.

      Saludos

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  2. Estupendo, Raúl.
    El otro día leí algo sobre este tema. Me llamó la atención que las llaman madres "helicóptero", porque son incapaces de dejar solos a los hijos ni un momento y siempre andan sobrevolando para evitar peligros. Lo malo es que, aunque ellas no lo saben, tambien les evitan oportunidades de crecimiento.
    También se hablaba de madres "apisonadora", que son aquellas que se dedican a allanar el terreno, para que los niños no encuentren ni una sola dificultad.
    ¡Que difícil es todo y como lo complicamos todavía más!
    Saludos compañero.

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    1. Lo cierto es que es una cuestión muy compleja; como le dije a una amiga, que ha sido madre recientemente: a mí me ha tocado la parte fácil, la de escribir...
      Un abrazo!

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  3. Creo qué bien has dicho es un tema muy complicado...Sólo se necesita ser madre para sentir todos esos miedos y mucho coraje para dejar qué los comprueben por sí mismos,y no tenemos las cantidades necesarias cada uno de nosotros.La cuestión es relajarse y aprender de ellos que lo ven todo con sencillez y naturalidad.Bonito relato aunque triste...Enhorabuena!!!
    Os invito de todos modos a criar un bebé, amamantarlo,besarlo,olerlo...las experiencias nos cambian la visión. Un abrazo

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    1. Muchas gracias por tus palabras. No te falta razón. Por mucho que lo intentemos, siempre acabamos emitiendo juicios sobre cuestiones que no siempre conocemos con certeza. Por suerte, la vida suele brindarnos la oportunidad de poner a examen todas nuestras convicciones...Creo que ser madre, o padre, tiene que ser una de las experiencias más apasionantes de la vida.
      Nos leemos.
      Saludos

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