miércoles, 16 de diciembre de 2015

El final

Belinda abandonó su casa París porque no soportaba el peso de los sueños frustrados de Guillaume y Matilde. Cargada con una maleta repleta de palabras comenzó a recorrer el mundo sin sueños ni ambiciones; sin mayor pretensión que encontrar el modo de honrar a sus padres y desprenderse por fin del pesado lastre del fracaso.

Recorrió los lugares más insólitos del planeta. Rincones, en los que llegó a dudar si se encontraba en esta Tierra. Puentes, plazas, calles, puertas, mares, caminos, desiertos, ríos… Cada palabra le llevó a un lugar y cada lugar a una nueva palabra.

Regaló palabras que dejaron mudos a quienes las recibieron; palabras que cayeron olvidadas al fondo de un cajón; palabras para comenzar y palabras para terminar. Palabras de vida y palabras de muerte; de dicha y desdicha, de amor y de fracaso…

Nunca regaló una palabra a quien no la necesitaba; nunca una palabra si no lo sentía desde el corazón.

Con cada palabra regalada, Belinda perdía peso por fuera y lo ganaba por dentro, era un poco menos Guillaume y Matilde y un poco más Belinda. No se sentía especial ni mágica como habían pretendido, pero con el tiempo comprendió, que sin darse cuenta había encontrado su camino, su manera de estar en el mundo, su manera de vivir.

Y así, caminando y regalando, llegó el día en el que Belinda comprobó que en su maleta solo quedaba un trozo de papel, un último regalo.

Había llegado el final. Entregaría aquel mensaje y volvería a casa: sin alas, sin maleta y sin rastro del olor a fracaso y mediocridad con el que abandonó la Rue Victor Hugo hacía ya más de diez años.

Caminó sin tregua durante semanas enteras. Se paró en cada persona que se cruzó en su camino esperando encontrar al dueño de aquel último mensaje, pero no halló a quien entregarlo. Nadie a quien su corazón le dijese “Aquí; es aquí. Entre estas manos es donde debe acabar tu viaje”.

Tantos pasos dio, tantos ojos miró, tantas manos estrechó sin fortuna, que por primera vez en todos aquellos años se sintió abatida.

Resignada, comenzó a aceptar que quizá nunca encontraría a quien debiera pertenecer aquel último pedazo de papel; que quizá su sino era vagar por el mundo sin rumbo cargando una maleta ocupada por un huérfano mensaje.

A punto estuvo de rendirse, a punto de volver a casa sin cerrar aquel círculo vital. Pero una noche de verano, después de siete días y siete noches sin parar de caminar, cayó rendida al borde del camino.

Unos tímidos rayos de luz le despertaron tan sólo unas horas después para invitarle a descubrir que se hallaba al lado de un enorme lago de aguas cristalinas. Libró los pasos que le separaban de la orilla para lavarse la cara y disfrutar de aquel regalo antes de continuar su andadura sin sospechar, que allí acabaría su viaje.  Al agacharse, se cruzó con alguien a quien no reconocía: su reflejo. En cuestión de segundos comprendió que llevaba más de diez años sin mirarse en un espejo. 

Y allí, sentada junto al lago, se encontró con sus primeras canas, conoció a sus primeras arrugas y comprobó que su tez ya no lucía tersa, que ya no brillaba su frente al sonreír.

Aquel reflejo que le invitaba a descubrir a una nueva Belinda, también le invitó a cambiar las reglas; a meter la mano en la maleta y leer aquel último encargo:

“Ahora tú”. 

FIN

2 comentarios:

  1. Enhorabuena, amigo.
    Muchísimas gracias por regalarnos estos momentos de felicidad con la lectura de tus historias. Y un beso para Belinda, por si te la encuentras por ahí.

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    1. Gracias a ti Paco por tu incondicional apoyo.
      Disfruta de estos días y ten un feliz comienzo de año.
      Nos leemos ;-)

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