domingo, 27 de noviembre de 2016

Donde habita la vida

Daniela se enfrentó a la gélida mirada de la vida cuando todavía no sabía que los dientes que portaba se caerían y llegarían otros nuevos para los que no habría segundas oportunidades. 
Una noche, mientras dormía, cuando aún le pertenecían centenas de cielos cubiertos de estrellas sin rastro de miedo, cuando el inevitable salto al vacío de la vida adulta debería haber estado a años de allí; su madre la tomó en brazos, la cubrió con una toquilla, y decidió para ella un viaje sin retorno. Despertó en un tren rumbo a un destino incierto, dejando atrás un lugar y un tiempo sin referencias ni señas para regresar.

A la temprana edad de seis años, Daniela tuvo que cambiar los lápices de colores por el mocho y el plumero; el olor a tiza por el rancio aroma a jabón de tajo; y el cálido patio del colegio por el lúgubre tragaluz de un edificio, en cuya portería, su madre había decidido que seguía la vida.

Solas. Sin su amiga Merceditas, sin su maestra Doña Benita, sin la yaya Leonor, sin la tía María, sin las magdalenas del horno de Ascensión, sin el regaliz del colmado de Constantino; sin papá... Solas: una madre transformada en madrastra y una niña convertida de un trompazo en mujer.

Arrodillada ante el destino impuesto por su progenitora, creció Daniela. Expatriada de una nación llamada infancia. Postrada ante los arrogantes zapatos que entraban y salían arruinando una y otra vez su trabajo. Creció mascando una bola de rabia por todas las tardes al sol que su madre le robó, por las que hubiera pasado sorbiendo la vida junto a Merceditas; por todas las castañas asadas que su abuela no pudo cocinarle, por todas las casas de muñecas que su padre no pudo construirle... Y cuando la bola se hizo tan grande que no le cabía dentro, encontró el arrojo necesario para enfrentarse a ella y conseguir que le devolviera el mapa de su pasado; le revelara el lugar que su tierna mente no había logrado retener. Emprendió, doce años después, el mismo viaje pero en sentido contrario.

Un hombre, con los días marcados en ríos de sangre en sus ojos, con los surcos de una vida baldía en la piel, con un velo de sombras oscuras cubriendo su rostro, le abrió la puerta cortejado por un vendaval de pasado.

Un tifón formado de olores de ayer le llevó en un vuelo a las noches que su alma había necesitado olvidar: al tufo a vino y tabaco, a los gritos, a los golpes, al llanto ahogado de su madre, a ella escondida bajo la mesa camilla apretando con fuerza los puños, los ojos y los dientes, rezando porque todo acabara, rezando porque volviera el silencio…

Y entonces, mirando frente a frente al monstruo de un pasado sepultado bajo los escombros de la supervivencia, comprendió: que su madre no le había arrebatado la infancia; le había salvado la vida.


lunes, 5 de septiembre de 2016

¿A quién te llevarías contigo?

Juguemos a un juego. Yo te hago dos preguntas, tú sólo tienes que responder. Pero para que el juego sea divertido tienes que ser sincero, muy sincero; o sincera.  No te preocupes, no hace falta que respondas en voz alta, un ligero susurro bastará siempre y cuando tu corazón alcance a escuchar.

Ahí va la primera: si pudieras vivir una vida de ensueño, si te dieran una hoja en blanco sobre la que escribir tu presente, ¿a qué lugar del mundo te irías a vivirla?

Empiezo yo. Yo me iría a París. Si has estado en París me entenderás. Si no, yo te lo cuento. París es cama para los amantes y  refugio para los despechados. Es lienzo y es paisaje. Es la tinta fresca donde mojan la pluma seca los escritores y es el libro que aún no se ha escrito. Es pasado y es presente. Es contienda y es conquista. París es, luz que se abre poderosa a través de las nubes y convierte el gris en azul.

¿Y el tuyo? ¿Es París? ¿Tarifa? Tal vez el pueblo donde jugabas de pequeño, San Sebastian,  la casa de tu abuelo, esa masía abandonada que ves cada día de camino al trabajo, la floristería de la esquina…

No importa el lugar, lo importante es que lo tengamos claro para poder seguir jugando, para poder pasar a la segunda y última pregunta.

¿A quién te llevarías a vivir contigo a París?

¡Cuidado! Piénsalo bien antes de responder. ¡Es París! Es tu París. Es tu refugio. Es tu lugar único, la nube a la que vuelas cuando posas tu cabeza en la almohada cada noche. No habrá otro, ¿dónde soñarás perderte ahora si esta vez sale mal?

¿En quién has pensado? Él sí, ella sí. Si los has visto en París contigo sin haber cavilado mucho en ello: es que tienen que estar contigo. Pero cuidado con el resto; no metas en este vagón imaginario a nadie por deber. En este viaje no hay sitio para maletas llenas de culpa.  No en París, no en el París que te salva cuando no queda nada más que la esperanza. Quizá no hay sitio para tus padres, quizá tampoco para tus hijos. Tal vez tampoco para esos amigos que tanto te ayudaron en el pasado.  Podrán ir a verte, pero de visita. Este viaje no les pertenece, este lugar no les pertenece. Llénales los bolsillos de gratitud por todo lo que te dieron mientras formaron parte de tus estaciones de paso, pero déjalos aquí; en su lugar, o en la búsqueda de su lugar -esa es otra batalla, es su batalla-. En París no debes permitir el paso a nadie que no vea la misma luz y escuche la misma música; nadie a quien no se le ericen los vellos si al subir las escaleras del Sacré Coeur un acordeón entona los acordes de La vie en rose; aunque sea tu padre, aunque sea tu marido, aunque sea tu hija…

Porque París puede ser un lugar o un tiempo. Puede ser el sueño de una vida nueva, el proyecto que llevas años rumiando, el despertar de una pesadilla, la voz del niño al que habías silenciado.

¡Ponlo a salvo de hienas y mercaderes! Es tu tiempo, es tu rincón en el mundo.






domingo, 24 de julio de 2016

Carta a Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera: sálvennos.

Querido Mariano, querido Pedro, querido Pablo y querido Albert:

                Llevo semanas rumiando esta carta, frenando el impulso de venir al ordenador y estampar con furia contra el teclado tres o cuatro cosas que me gustaría decirles. Me he resistido, entre otras cosas, porque hace tiempo que dejé de escribir de política, pero no puedo más.

No puedo más, del mismo modo que no pueden millones de españoles. Nos ahogamos. Y lo peor de todo, es que nos empieza a dar igual. Y yo no sé si ustedes han estado alguna vez en ese punto, en ese trance vital en el que te da igual seguir respirando que cerrar los ojos y desaparecer; porque si han estado sabrán –y si no ya se lo cuento yo-, que ahí, en el infierno, uno ya no tiene valores, ni principios, ni distingue la luz de la oscuridad. Y como te cuesta lo mismo abrir los ojos que cerrarlos para siempre, tanto te da, entrar, que salir del inframundo.

Sálvennos. Eso es lo que les vengo a pedir en esta carta, que nos salven; que no nos condenen a un futuro de tinieblas. Sí, ustedes, ustedes cuatro tienen la capacidad de salvarnos a todos nosotros. ¿Les sobrecoge?, ¿les intimida?, ¿les acobarda? Deberían haber pensado en ello antes de presentarse a las elecciones, ahora ya es tarde. Esto va en serio. Esto es serio.

Dejen de pensar en sí mismos. Desechen de una vez por toda la idea que tienen de sus partidos como empresas privadas donde los votantes somos sus clientes; donde lo único que importa es maximizar votos.

No se mueven de sus casillas porque temen que si se posicionan lejos de la etiqueta a la que se han aferrado para sobrevivir, desaparecerán. Se equivocan. Si nos salvan, nosotros les salvaremos después a ustedes. Se lo aseguro. Pero si nos abocan a enfrentarnos de nuevo en unas elecciones, si nos condenan a no saber entendernos, algunos de ustedes lograrán sobrevivir, pero todos habrán sido responsables de sembrar el principio del final. No nos pongan delante un espejo que nos devuelva la imagen insoportable de un pueblo condenado a no entenderse. Sálvennos.

¿Se han planteado el Señor Sánchez, el Señor Iglesias y el Señor Rivera que en unas terceras elecciones Mariano Rajoy podría ganar con mayoría absoluta? ¿Han pensado que en tal escenario ustedes ya no podrán hacer nada por nosotros? ¿De verdad están dispuestos a desperdiciar la oportunidad de que Rajoy les necesite? ¿Ninguno de ustedes se ha planteado el poder de negociación que tendrían en un Gobierno que les necesita? ¿Creen que los españoles no sabremos premiar su trabajo dentro de cuatro años? ¿Tan estúpidos nos consideran?

Señor Rajoy, ¿qué está Usted dispuesto a hacer por su patria? ¿Y usted Señor Sánchez?, ¿en qué trastero guarda ahora la desproporcionada bandera de España con la que se presentó al mundo? Sacrifíquense. Entiendan de una vez que no están ahí por méritos propios, están ahí por la inercia con la que millones de españoles votan al PP y al PSOE, del mismo modo que son del Madrid o del Barça. A ustedes les ha salvado su marca. Den un paso atrás si es precioso. Presidente, hay personas en su partido que saben hasta pasear del brazo de ancianas revolucionarias. No nos prive a los españoles de saborear algo tan delicioso. Pedro, con todo el respeto del mundo, quizá en otro momento, quizá en otro lugar…

Señor Iglesias, Señor Rivera, ustedes sí. Ustedes han construido el suelo por el que caminan, pero tampoco eso les concede carta blanca para hacer de su voluntad una cruzada. También tendrán que hacer sacrificios. Se me ocurre que pueden comenzar por convocar en Plaza Catalunya a sus electorados. Pero el mismo día, a la misma hora. Pueden subir al mismo estrado y explicar juntos que serán, que seremos, capaces de encontrar una solución. Pero juntos. Hablen y escuchen, pero no a los que han escuchado siempre; a los otros.

Sean ustedes –los cuatro- ejemplo de concordia. Porque lo que está en juego es mucho más que el incremento de las pensiones o de los sueldos de los funcionarios, es más incluso que los millones de personas que están en paro –y fíjense lo que digo, algo todavía más importante que el sustento económico de una parte de nuestro país-, lo que está en juego es la PAZ. Es el riesgo de fracturarnos, de no volvernos a entender nunca, de aferrarnos a fanatismos que nos devuelvan la esperanza.

Asómense al mundo si no me creen, si les parezco exagerado. Hagan el ejercicio de parar la vida por un instante y observar nuestros días desde el silencio, desde la calma. Pregúntense entonces si podemos arriesgarnos a más crispación, a más ruptura; si creen que podemos soportar más dolor.

Porque, ¿saben dónde conduce la desidia política?, ¿tienen idea cómo terminan los conflictos que no se resuelven?, ¿conocen el resultado de las heridas que no se curan? Miren a Europa y si nada de lo que está ocurriendo les resulta familiar, piensen en esta frase que tanto me gusta escuchar al profesor Casanova: <<la historia no se repite, pero de vez en cuando rima>>.

Atentamente,

@elfarodelmar