martes, 5 de enero de 2016

Guardar la savia

Tengo la suerte de tener un rincón del que poder apearme del mundo de vez en cuando. La suerte, de poder estar en él en menos de una hora y la suerte de que mis padres todavía lo custodien para que nadie lo profane, para que cuando yo me asomo siga encontrando la vida tal como fue; no la mía, sino la vida hecha con las manos, ésa que hemos cedido y que ahora tanto nos asusta no tener.


Tengo la suerte de que allí, todavía se ven las estrellas cuando salimos a pasear después de cenar. La suerte, de no tener que andar mucho más de cien metros para que ningún neón se interponga entre ellas y  nosotros.

Y tengo la suerte, de seguir aprendiendo en cada paseo cosas que quizá nunca me hagan falta, pero que el mero hecho de saber me tranquiliza. La fortuna, de que mi padre le dé una bofetada a mi humilde arrogancia y me enseñe, a estas alturas del partido, que la madera debe cortarse en invierno, cuando los árboles se encuentran en ese trance vital que los deja, al menos en apariencia, más cerca de la muerte que de la vida.