lunes, 5 de septiembre de 2016

¿A quién te llevarías contigo?

Juguemos a un juego. Yo te hago dos preguntas, tú sólo tienes que responder. Pero para que el juego sea divertido tienes que ser sincero, muy sincero; o sincera.  No te preocupes, no hace falta que respondas en voz alta, un ligero susurro bastará siempre y cuando tu corazón alcance a escuchar.

Ahí va la primera: si pudieras vivir una vida de ensueño, si te dieran una hoja en blanco sobre la que escribir tu presente, ¿a qué lugar del mundo te irías a vivirla?

Empiezo yo. Yo me iría a París. Si has estado en París me entenderás. Si no, yo te lo cuento. París es cama para los amantes y  refugio para los despechados. Es lienzo y es paisaje. Es la tinta fresca donde mojan la pluma seca los escritores y es el libro que aún no se ha escrito. Es pasado y es presente. Es contienda y es conquista. París es, luz que se abre poderosa a través de las nubes y convierte el gris en azul.

¿Y el tuyo? ¿Es París? ¿Tarifa? Tal vez el pueblo donde jugabas de pequeño, San Sebastian,  la casa de tu abuelo, esa masía abandonada que ves cada día de camino al trabajo, la floristería de la esquina…

No importa el lugar, lo importante es que lo tengamos claro para poder seguir jugando, para poder pasar a la segunda y última pregunta.

¿A quién te llevarías a vivir contigo a París?

¡Cuidado! Piénsalo bien antes de responder. ¡Es París! Es tu París. Es tu refugio. Es tu lugar único, la nube a la que vuelas cuando posas tu cabeza en la almohada cada noche. No habrá otro, ¿dónde soñarás perderte ahora si esta vez sale mal?

¿En quién has pensado? Él sí, ella sí. Si los has visto en París contigo sin haber cavilado mucho en ello: es que tienen que estar contigo. Pero cuidado con el resto; no metas en este vagón imaginario a nadie por deber. En este viaje no hay sitio para maletas llenas de culpa.  No en París, no en el París que te salva cuando no queda nada más que la esperanza. Quizá no hay sitio para tus padres, quizá tampoco para tus hijos. Tal vez tampoco para esos amigos que tanto te ayudaron en el pasado.  Podrán ir a verte, pero de visita. Este viaje no les pertenece, este lugar no les pertenece. Llénales los bolsillos de gratitud por todo lo que te dieron mientras formaron parte de tus estaciones de paso, pero déjalos aquí; en su lugar, o en la búsqueda de su lugar -esa es otra batalla, es su batalla-. En París no debes permitir el paso a nadie que no vea la misma luz y escuche la misma música; nadie a quien no se le ericen los vellos si al subir las escaleras del Sacré Coeur un acordeón entona los acordes de La vie en rose; aunque sea tu padre, aunque sea tu marido, aunque sea tu hija…

Porque París puede ser un lugar o un tiempo. Puede ser el sueño de una vida nueva, el proyecto que llevas años rumiando, el despertar de una pesadilla, la voz del niño al que habías silenciado.

¡Ponlo a salvo de hienas y mercaderes! Es tu tiempo, es tu rincón en el mundo.