domingo, 31 de diciembre de 2017

Guardar la savia

Tengo la suerte de tener un rincón del que poder apearme del mundo de vez en cuando. La suerte, de poder estar en él en menos de una hora y la suerte de que mis padres todavía lo custodien para que nadie lo profane, para que cuando yo me asomo siga encontrando la vida tal como fue; no la mía, sino la vida hecha con las manos, ésa que hemos cedido y que ahora tanto nos asusta no tener.


Tengo la suerte de que allí, todavía se ven las estrellas cuando salimos a pasear después de cenar. La suerte, de no tener que andar mucho más de cien metros para que ningún neón se interponga entre ellas y  nosotros.

Y tengo la suerte, de seguir aprendiendo en cada paseo cosas que quizá nunca me hagan falta, pero que el mero hecho de saber me tranquiliza. La fortuna, de que mi padre le dé una bofetada a mi humilde arrogancia y me enseñe, a estas alturas del partido, que la madera debe cortarse en invierno, cuando los árboles se encuentran en ese trance vital que los deja, al menos en apariencia, más cerca de la muerte que de la vida.

Es lógico, una vez que te lo han explicado, es del todo lógico. De este modo, resulta más sencillo terminar de secar la parte cortada del árbol y además, es más difícil que la madera esté llena de vida, llena de agentes que puedan atacarla después cuando ya se ha convertido en silla, en aparador o en la viga que soporta tus pasos...

Tampoco sabía que, al menos antes así lo hacían, cuando las circunstancias requieren cortar durante la primavera o el verano, cuando no se puede esperar, lo que se hace es prender fuego alrededor del árbol. Así, éste siente que está en peligro y  comienza el mismo proceso que cuando llega el invierno: recoge toda su savia y la empieza a guardar en las raíces más profundas, hasta que pase el peligro, hasta que pase el invierno.

Sin saberlo, mi padre me regaló la manera de deciros que ha llegado mi invierno creativo, que ha llegado el momento de recoger toda mi savia. Voy a parar de publicar semanalmente durante unos meses. Lo hago porque empiezo con un proyecto que requiere toda mi energía y atención. No me marcho, sólo me voy de viaje, porque como dice la canción: “solo viaja quien regresa”, y yo, regresaré. Espero poder contaros pronto y haceros partícipes de todo ello. Hasta que llegue ese momento prometo enviar alguna carta de vez en cuando.

Muchas gracias por todo lo que me dais. Una vez más, yo, escribiendo, carezco de sentido sin vosotros leyendo. 

Esta entrada fue publicada el 5 de enero de 2016. Posteriormente he publicado nuevas entradas que puedes encontrar a continuación, pero me gusta que ésta sea la primera que encuentres si te asomas por primera vez a este blog. Es importante que sepas que no he dejado de escribir, sólo que he estado tejiendo una historia para la que éste no es el lugar. Espero poder compartirla contigo muy pronto. Mientras tanto, te invito a que visites mi cuenta de Instragram @elfarodelmar, es el lugar en el que ahora puedo estar en contacto diario y compartir pequeñas reflexiones con la mayoría de mis fotografías -espero ser mejor escritor que fotógrafo ;-).  Finalmente, te doy las gracias por llegar aquí y sobre todo, por saber comprender que, como digo en la descripción del blog, este ha sido mi taller de escritura. Hoy leo cosas escritas hace tiempo y siento la tentación de cambiarlas, corregirlas, mejorarlas; pero eso sería ser muy cruel conmigo mismo. 

viernes, 1 de septiembre de 2017

Aguamarina


Julia Cerrada amaneció a la vida con unos ojos verdes aguamarina abiertos de par en par, que anticipaban su capacidad de comprender todo cuanto había a su alrededor en un solo pestañeo. 


Después, el tiempo, sumó a aquellos ojos que intimidaban y atraían por igual, una tez clara y un cabello oscuro y brillante, para hacer de ella una criatura hermosa. Pero Julia, por encima de hermosa, era un prodigio.
Comenzó a andar a las de veinte semanas. Dijo sus primeras palabras en el séptimo mes de vida. Todavía no había alcanzado la edad de ir a la escuela y ya había hecho suyas, sin que nadie se lo hubiera explicado ni encargado, las tareas de levantar la cama, encender el fuego y aviar los animales.
Cuando llegó a los pupitres de Doña Aurelia quedó constatado lo que para todo el pueblo de Las Suertes era ya más que evidente: Julia era un genio. Aprendió el abecedario en un par de mañanas, a sumar y a restar en cuestión de días, y a mitad del primer curso, cuando las demás apenas sabíamos juntar la Ma con la má, ella leía recortes del periódico sin atascarse. Una tarde, la maestra mandó recado a su madre para que acudiera a la escuela.
—Deberían plantearse enviarla a estudiar a Teruel.
—Con todos los respetos, Doña Aurelia, hay días que no tengo ni apaño para la col —respondió entre avergonzada y herida.
—Comprendo. Pero es una lástima, va a ser un talento desperdiciado. Y yo no sé cuánto más voy a poder enseñarle aquí —se sinceró.
—Con que aprenda la mitad de lo que usted sabe, ya sabrá más del doble de lo que sabemos su padre y yo. Haga con ella lo que pueda.
Lo que pudo y más. Con cinco años ya sabía las cuatro reglas. Con seis, dos años antes de lo que le correspondía, tomó la primera comunión. Con siete, era capaz de ubicar todos los países del mundo, con ocho, todos los ríos, con nueve todas las cordilleras. Con diez, había leído todos y cada uno de los libros de la escuela, con once los de la casa del cura.  Con doce, Doña Aurelia dijo que no podía enseñarle nada más, con trece comenzó a ayudarle a dar clase, con catorce se acabó la escuela primaria y el futuro de Julia se convirtió en el de todas nosotras, el de la espera a ser desposadas.
Julia Cerrada fue la última de cinco hermanos, tres varones y dos mujeres. La que hacía pareja con ella era fea sin paliativos. Tenía los ojos del mismo color que su hermana, pero en ella para lo único que servían era para poner de relieve su fealdad. Eran pequeños, tan juntos que casi eran uno. La nariz, estrecha en su nacimiento, alcanzaba proporciones disparatadas a lo largo de su recorrido y competía en protagonismo con unos pómulos tan prominentes que cuando sonreía dejaban totalmente sepultados los diminutos candiles por los que se asomaba al mundo. La sonrisa era generosa como generosos eran los dientes que apenas cabían en su boca. El pelo, oscuro como el de Julia, carecía del brillo que gozaba el de su hermana, y se encrespaba con tanta facilidad que no encontraba otro remedio que sepultarlo bajo un pañuelo.
Pero era lista.
No alcanzaba hazañas tan valerosas como las de Julia, pero sin duda era una de las jóvenes más rápidas y vivas de Las Suertes.   Por eso, cuando llegaron los vientos de cambio de la República, nadie dudó que ambas hermanas serían dos de las elegidas.
La República trajo consigo la aparición de tres mujeres, por primera vez, en las Cortes. La irrisoria cifra no guardaba proporción con la fuerza y el brío que les secundaba. El movimiento feminista se había despertado en España y con él, institucionalizado ya en el Gobierno, comenzaron las primeras medidas en la búsqueda de igualdad. Alguien debió acordarse del mundo rural y llegó a Las Suertes la convocatoria a una prueba para acceder a una beca de estudios superiores en Madrid. Doña Aurelia debía convocar a las cinco chicas más lúcidas entre los catorce y los dieciocho años a unas pruebas que determinarían cuál de ellas viajaría a la capital para comenzar el bachiller, primero, e ir a la Universidad, después. Las hermanas Cerrada fueron llamadas junto con otras tres muchachas que ni lo valían, ni lo necesitaban, pero a las que Doña Aurelia no tuvo más remedio que presentar como si de niñas prodigio se tratara. Todo el pueblo aplaudió que alguien del Ministerio viniera para supervisar las pruebas, y el servilismo no pusiera en juego la beca que merecía Julia. Tuvieron que responder doscientas preguntas de cultura general, resolver cinco problemas de planteamiento, escribir un dictado, leer un texto  y contestar de viva voz a las cuestiones que el responsable del Ministerio estimó oportunas. Siete días más tarde, por correo certificado, Doña Aurelia recibió el resultado de las pruebas junto con toda la documentación que los padres de la agraciada deberían firmar. Enriqueta Cerrada había obtenido la mayor puntuación con sobrada diferencia de las otras cuatro candidatas. La noticia puso a prueba la inteligencia de Las Suertes.
Que se le habían nublado las entendederas, se dijo en el pueblo. Mas hubimos quienes, comprendimos que Julia por encima de lista era buena; y que, sabedora de que su hermana no encontraría hombre que la desposara, le entregó el billete a una vida mejor.
Era España, 1932, una mujer todavía valía el matrimonio que fuera capaz de convenir.

martes, 22 de agosto de 2017

Curar la desesperanza


Una persona que se quita la vida, es una persona para la que la luz se apagó hace mucho tiempo, que nadie lo dude. Tanto importa que sea en nombre de un dios en medio de una multitud, que en el más pudoroso anonimato. Pero quien renuncia a este milagro que es vivir, hace mucho que perdió la esperanza. Su herida es tan grande que se le desborda por los costados, que no le cabe entre las aristas de su cuerpo, y no le queda más que desvanecerse como pólvora en el espacio. Que nadie tenga la menor duda.



Se va, porque no se le arrasan los ojos de lágrimas al ver a su hija dar sus primeros pasos, porque no estalla en una carcajada al ver que su hijo ha aprendido a ir en bicicleta sin ruedines, porque no siente nada al acariciar el lomo de su perro Pistolo.

Se marcha, porque el lunes no cambia de color al recordar que junto a la cama, en la mesita de noche, espera un nuevo capítulo de Patria. Porque el olor a café y tostadas no son la alfombra roja a un nuevo día, el aroma que borra cualquier rastro del fracaso del día anterior. Porque el estreno de Juego de Tronos no es suficiente para que un reguero de hormigas vuelva a recorrer su estómago.

Se apea del mundo porque no basta con un botellín helado de cerveza en un Barça-Madrid para que la noche del jueves se tiña de cálidos destellos. Porque no merece la pena llegar, al menos, hasta el 12 de septiembre para leer lo nuevo de Almudena Grandes. Mucho menos dar un paso más, quién sabe, hasta el próximo concierto de Justin Bieber en España, hasta que Madonna vuelva de nuevo; hasta que florezcan los tulipanes.
Pensar en algo más, en ver a esa niña que empieza andar licenciarse en Medicina, a ese niño que hace malabarismos sobre dos ruedas subir el Tourmalet, es tener muchos arrestos.

Y quien decide retirarse de esta aventura, no los tiene. Y esa es una grave enfermedad que nos toca curar a todos.

Hoy nos toca llorar, porque a los muertos hay que llorarlos, y recordarlos; eso siempre. Nos toca hacer un profundo y sentido duelo, nos toca agradecer seguir vivos. Nos toca castigar. ¡Eso que tampoco nadie lo dude! Porque no cabe duda que uno se puede marchar sin hacer ruido, como un señor, como una señora. De modo que sobre quien se va dejando dolor a su paso, que caiga toda la ley sobre sus espaldas, toda la justicia: la ortodoxa y la divina. Bien están donde están aquellos que yacen bajo tierra por haber intentado llevarse la vida de los que sí queremos vivir. No merecen otro lugar, no merecen otra oportunidad. No en mi opinión.

Pero los que nos quedamos, tenemos a su vez la difícil tarea de dar aliento a quien no lo tiene, de invitar a la fiesta de la vida a quien está pensando en marcharse, de seducirle con lo bello que es vivir. Pero vivir en paz, en armonía, en concordia.

Qué nadie piense que no es nuestra labor porque la es. Los que hemos optado por vivir en sociedad, hemos renunciado a una parte importante de lo que somos como individuos para entregarlo a un ente superior y etéreo del que formamos parte. Y ese ente, que somos todos y que tanto importa si se llama Sociedad, Patria o Estado, tiene una serie de funciones y responsabilidades; las tenemos todos.

En su función paternalista, el Estado, la Sociedad, o como convengamos llamarle, deberá revisar el concepto de integración y deberá sentarse a pensar qué puede hacer para curar la desesperanza de sus hijos. No puede seguir obviando que algo pasa, no podemos seguir fingiendo que todo marcha bien, no podemos mirar hacia otro lado, decir que son rabietas puntuales de la edad que el tiempo calmará. Porque no lo son. Una parte de lo que somos, de lo que hemos construido está enferma. Gravemente enferma. Suyos son los actos y suyas las consecuencias. Ellos y sólo ellos son responsables de sus pasos, pero  nuestra es la tarea de velar por nuestros hijos descarriados, de encender una vela que ilumine el camino del regreso a casa para así protegerla y salvarla; a ella y a quienes habitamos dentro.

Curarnos de  la desesperanza es tan urgente como lo fue en su día curarnos de la peste o como lo es hoy curarnos del cáncer. Porque ambos males son el mismo mal: el final de la vida para quien ya tenía los tulipanes sembrados, su libro de Almudena Grandes encargado y las cervezas enfriando en la nevera, para quien sí quería vivir.

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Nunca pido que compartáis mis publicaciones pero esta vez versa sobre una cuestión urgente. Asistimos a un momento complejo. La parte más oscura del mundo se está aprovechando de las personas perdidas para sembrar el terror. Pero también la parte más oscura del mundo se está sirviendo del miedo para fragmentarnos y hacernos olvidar los valores fundamentales de nuestra Sociedad. Se tambalean los cimientos de la casa en la que vivimos, todos y cada uno debemos hacer nuestra parte. Es responsabilidad de todos hacer que la luz que somos, se haga más y más grande. Si has resonado con las palabras que has leído, te pido que las compartas y las difundas. Se lo debemos a nuestros ancestros, a los que lucharon, sufrieron o murieron para dejarnos un mundo mejor. Se lo debemos a nuestros hijos. Nos lo debemos a nosotros mismos. Gracias