viernes, 1 de septiembre de 2017

Aguamarina


Julia Cerrada amaneció a la vida con unos ojos verdes aguamarina abiertos de par en par, que anticipaban su capacidad de comprender todo cuanto había a su alrededor en un solo pestañeo. 


Después, el tiempo, sumó a aquellos ojos que intimidaban y atraían por igual, una tez clara y un cabello oscuro y brillante, para hacer de ella una criatura hermosa. Pero Julia, por encima de hermosa, era un prodigio.
Comenzó a andar a las de veinte semanas. Dijo sus primeras palabras en el séptimo mes de vida. Todavía no había alcanzado la edad de ir a la escuela y ya había hecho suyas, sin que nadie se lo hubiera explicado ni encargado, las tareas de levantar la cama, encender el fuego y aviar los animales.
Cuando llegó a los pupitres de Doña Aurelia quedó constatado lo que para todo el pueblo de Las Suertes era ya más que evidente: Julia era un genio. Aprendió el abecedario en un par de mañanas, a sumar y a restar en cuestión de días, y a mitad del primer curso, cuando las demás apenas sabíamos juntar la Ma con la má, ella leía recortes del periódico sin atascarse. Una tarde, la maestra mandó recado a su madre para que acudiera a la escuela.
—Deberían plantearse enviarla a estudiar a Teruel.
—Con todos los respetos, Doña Aurelia, hay días que no tengo ni apaño para la col —respondió entre avergonzada y herida.
—Comprendo. Pero es una lástima, va a ser un talento desperdiciado. Y yo no sé cuánto más voy a poder enseñarle aquí —se sinceró.
—Con que aprenda la mitad de lo que usted sabe, ya sabrá más del doble de lo que sabemos su padre y yo. Haga con ella lo que pueda.
Lo que pudo y más. Con cinco años ya sabía las cuatro reglas. Con seis, dos años antes de lo que le correspondía, tomó la primera comunión. Con siete, era capaz de ubicar todos los países del mundo, con ocho, todos los ríos, con nueve todas las cordilleras. Con diez, había leído todos y cada uno de los libros de la escuela, con once los de la casa del cura.  Con doce, Doña Aurelia dijo que no podía enseñarle nada más, con trece comenzó a ayudarle a dar clase, con catorce se acabó la escuela primaria y el futuro de Julia se convirtió en el de todas nosotras, el de la espera a ser desposadas.
Julia Cerrada fue la última de cinco hermanos, tres varones y dos mujeres. La que hacía pareja con ella era fea sin paliativos. Tenía los ojos del mismo color que su hermana, pero en ella para lo único que servían era para poner de relieve su fealdad. Eran pequeños, tan juntos que casi eran uno. La nariz, estrecha en su nacimiento, alcanzaba proporciones disparatadas a lo largo de su recorrido y competía en protagonismo con unos pómulos tan prominentes que cuando sonreía dejaban totalmente sepultados los diminutos candiles por los que se asomaba al mundo. La sonrisa era generosa como generosos eran los dientes que apenas cabían en su boca. El pelo, oscuro como el de Julia, carecía del brillo que gozaba el de su hermana, y se encrespaba con tanta facilidad que no encontraba otro remedio que sepultarlo bajo un pañuelo.
Pero era lista.
No alcanzaba hazañas tan valerosas como las de Julia, pero sin duda era una de las jóvenes más rápidas y vivas de Las Suertes.   Por eso, cuando llegaron los vientos de cambio de la República, nadie dudó que ambas hermanas serían dos de las elegidas.
La República trajo consigo la aparición de tres mujeres, por primera vez, en las Cortes. La irrisoria cifra no guardaba proporción con la fuerza y el brío que les secundaba. El movimiento feminista se había despertado en España y con él, institucionalizado ya en el Gobierno, comenzaron las primeras medidas en la búsqueda de igualdad. Alguien debió acordarse del mundo rural y llegó a Las Suertes la convocatoria a una prueba para acceder a una beca de estudios superiores en Madrid. Doña Aurelia debía convocar a las cinco chicas más lúcidas entre los catorce y los dieciocho años a unas pruebas que determinarían cuál de ellas viajaría a la capital para comenzar el bachiller, primero, e ir a la Universidad, después. Las hermanas Cerrada fueron llamadas junto con otras tres muchachas que ni lo valían, ni lo necesitaban, pero a las que Doña Aurelia no tuvo más remedio que presentar como si de niñas prodigio se tratara. Todo el pueblo aplaudió que alguien del Ministerio viniera para supervisar las pruebas, y el servilismo no pusiera en juego la beca que merecía Julia. Tuvieron que responder doscientas preguntas de cultura general, resolver cinco problemas de planteamiento, escribir un dictado, leer un texto  y contestar de viva voz a las cuestiones que el responsable del Ministerio estimó oportunas. Siete días más tarde, por correo certificado, Doña Aurelia recibió el resultado de las pruebas junto con toda la documentación que los padres de la agraciada deberían firmar. Enriqueta Cerrada había obtenido la mayor puntuación con sobrada diferencia de las otras cuatro candidatas. La noticia puso a prueba la inteligencia de Las Suertes.
Que se le habían nublado las entendederas, se dijo en el pueblo. Mas hubimos quienes, comprendimos que Julia por encima de lista era buena; y que, sabedora de que su hermana no encontraría hombre que la desposara, le entregó el billete a una vida mejor.
Era España, 1932, una mujer todavía valía el matrimonio que fuera capaz de convenir.