domingo, 19 de abril de 2020

Todavía


El amor a la Tierra, se lo debo a mis padres. Con ellos, con su manera de estar en el mundo, comprendí cómo fluía la vida.


            Durante el tiempo que duraba la siega dormíamos en una casilla en el campo, él y yo. Mi madre nos subía cada día la comida desde el pueblo –unas tres horas entre subir y bajar-. Un día, mi padre me dijo: «Si quieres mañana te despertaré para que veas salir el Sol por La Modorra, luego te duermes otra vez.» Pero fue tan hermoso que ya no pude dormir.

Recuerdo la siega de los trigos con mucho cariño, mi padre segaba y yo jugaba con los saltamontes, observaba el trabajo de las hormigas, escuchaba el canto de las cigarras, las perdices con sus crías, percibía el aroma de las plantas que al amanecer soltaban sus perfumes, el canto de los pajaricos: la vida se ponía en marcha y yo formaba parte de esa magia.

Yo contaba los fajos que mi padre había segado, él me decía los kilos de trigo que llevaba cada fajo aproximadamente, y yo calculaba los kilos que llevábamos segados: así empezó, por ejemplo, mi interés por las matemáticas. También por el sentido de las cosas: de allí saldría el pan que tan bueno estaba con vino y azúcar para merendar en las tardes de invierno. Aquello tenía sentido y sabor, allí estaban las sales de la vida.

Pero en un descuido me hice mayor, y quise saber qué había más allá. Me fui a Barcelona, me volví. Me fui a Francia, me volví. Me fui a Alemania, allí casi hecho raíces, tuve a mi primera hija, pero también me volví. Es como si todas esas vivencias de mi infancia actuaran como un enorme imán que me atraían hacia el pueblo una y otra vez. En un pueblo, Burbáguena, llevo más de cuarenta años, he criado a mis hijos y he sacado adelante la vida.

Y lo he visto marchitarse.

            Tengo 76 años, mi vida no puede ser ya muy duradera, por lo cual, me esfuerzo en aceptar que no lo veré resurgir, ni a éste, ni a los demás. A mí me ha tocado vivir la decadencia. Así es la vida: también esto me lo ha enseñado la Tierra.

            Pero de repente aparece un virus que lo cambia todo, que en unas semanas paraliza al mundo y brota en mí de nuevo el optimista que siempre seré. Y la necesidad de decirle, a quien quiera escuchar: que la Tierra siempre estará, el agua siempre estará, el sol siempre estará.

Que hay un todavía.  

Pienso en las miles de personas, quizá millones, que están perdiendo sus empleos mientras veo yermos los campos y cerradas las casas. Pienso en la rapidez con la que se propaga el virus en las ciudades atestadas de gente, pienso en la lección que sin duda esto es. Y siento la necesidad de decir una de las pocas certezas que tengo: que la vida está en las pequeñas cosas que en su conjunto forman algo muy grande.

El futuro está ahí, en lo pequeño.

El que yo veo, el único que puedo imaginar, y esta pandemia me reafirma todavía más en ello, pasa por un modelo de agricultura diferente y el reparto de industrias en cabeceras de comarca. Equilibrio.

 El Valle del Jiloca es el lugar que yo conozco, pero sospecho que el remedio podría aplicarse a cualquier parte de la España vacía.

Agricultura diferente: poner freno a las grandes explotaciones dando paso y vida a las pequeñas y medianas explotaciones familiares. La unión, la recuperación de las cooperativas traídas a este siglo. Tenemos productos que se pueden presentar en cualquier parte del mundo: fruta, vino, azafrán…

Las ovejas y las cabras pastoreadas en pequeños rebaños, los cerdos en semilibertad.

Industria que aligere el peso de las ciudades que se asfixian y nos de aire a los pueblos que agonizamos.

Equilibrio.

Tejido social. Volver a mirar a nuestros vecinos, no solo a las ocho de la tarde, cada día.

Cuando todo esto pase, cuando puedan volver a viajar, vengan, regresen a las casas de sus padres y sus abuelos, abran las ventanas -como decía la canción de Labordeta que las limpie el aire-, asómense y miren al horizonte, miren más allá de donde habían mirado.

Y piensen en lo hermosa que es la palabra todavía.



José Rodrigo Rubio. 

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José Rodrigo Rubio es mi padre, autor de este hermoso artículo. Es el hombre que aparece en la fotografía junto a mi padre, su primera nieta y su burro. Nació en 1943 y ni siquiera pudor terminar los estudios primarios. Sin embargo, es una de las personas más sabias que conozco.